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Las Hipnopómpicas

Territorio Poppins

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Pavana para una infanta difunta

El Prisionero

 

16:05 h.

Unos días después de que Patrick y yo regresáramos desde Londres y no mucho antes de morirse, -lo que terminó de hacer el 12 de febrero de 1984-, Albertina me contó que hubo dos grandes pasiones en su (extensa y mutante) vida. Al instante suavizó tal afirmación: bueno, hablo de pasiones hacia personas, lo cual no equivale siempre a pasiones amorosas o eróticas. Por otro lado, añade Albertina, también he tenido grandes pasiones intelectuales y emocionales. Albertina es una mujer muy complicada, tanto por carácter, como por el perfeccionado desarrollo que ha conseguido de su capacidad hipnopómpica, algo que nunca igualaré (hace falta bastante valor para ello). Es verdad que ya he logrado ubicarme casi a voluntad en distintos momentos temporales – lo cual no es exactamente viajar por el tiempo, es más bien algo así como vivir en primera persona la redifusión de un hecho real (no representación). Dentro de esa reposición histórica soy como otro personaje más: una habilidad que aprendí soñando, y que la hipnopompia me ha permitido ejercitar durante los momentos de tránsito entre sueño y vigilia, debido a la naturaleza dubitativa e híbrida de estos instantes. Pero esta destreza mía, con ser importante, no es comparable con los logros de Albertina, que incluso podía ser otras sin dejar de ser ella. No acostumbró a usar de esta habilidad maravillosa, sin embargo. Muy al contrario que Rose Mary Taylor, la Poppins, quien ha encarnado decenas y decenas de personas y personajes, tanto contemporáneos como no, pues ya digo que la hipnopompia vivida en perfección provoca vidas transformables. He dedicado mucho tiempo de la mía a investigar, a estudiar cuantos datos y pistas encuentro acerca de la multiplicada e indeterminada vida de la Poppins.  Insisto, no estamos hablando de fenómenos teatrales. No lo puedo explicar bien. Tiene más que ver con algo así como una personalidad cuántica, por aplicar un término objetivo (muy popular últimamente) que me ayude a hacerme entender.  Aunque, tomado el asunto en un sentido estrictamente práctico:  ¿quién no tuvo que someterse a brutales cambios de todo tipo en el enloquecido siglo 20? Algún día tal vez podré revelar al respecto hechos sorprendentes, tan insólitos como para trastocar la propia interpretación histórica de algunos momentos de ese siglo 20, cien años en verdad neuróticos. Dos grandes pasiones, decíamos, anunció Albertina, y dejó caer estos nombres: Marcel Proust y León Ponce. Mis ojos, al escucharla, se abrieron como los de un muñeco animado.

            – No he hablado de estas cosas con nadie; respecto a Marcel porque nadie de por aquí iba a creerme –ya me entiendes, la hipnopompia es lo que tiene: no da confianza a los demás y te desdibuja ante ellos-, y respecto a León, porque sencillamente no podía hacerlo. Fue convertido en un fuera de la ley, y aludir, siquiera mínimamente a él, hubiera sido demasiado arriesgado para mí y para todos vosotros.

            – ¿Prousssttt? ¿¿¿Marcel Prouuussst???, acerté sólo a preguntar, como boba, sin respetar para nada su emoción y su discurso un poco enternecido. Por entonces ya había yo leído La récherche du temps perdu (leído, anotado y copiado fragmentos en un cuaderno de hojas cuadriculadas cosidas con espiral, bastante gordo), y había leído igualmente cuanto encontré en la biblioteca de la Facultad de Letras y en la Librería Pórtico sobre la vida y la obra de Proust: jamás, nunca jamás, pero ni por lo más remoto de mi normalmente disparada imaginación,  se me habría ocurrido relacionar a Proust con mi Albertina. Ni por toda la hipnopompia del mundo. ¡Por favor!

            – ¿Y con León Ponce sí que me hubiera relacionado tu imperfecta intuición hipnopómpica, querida Helia, si no hubiera sido porque  la Poppins  te ha hablado de su existencia? Además, sí que mencioné una vez a Proust. Exactamente el mismo día que conociste a la Poppins. Aunque eras una niña, cierto, y si no te acuerdas es como si no te hubiera dicho nada. Está bien. No cuenta.

            Noté que Albertina quería ponerme en mi sitio y rebajé el tono:

            – Tienes razón, casi susurré. No sabía nada de León Ponce, evidentemente, hasta que conocí a Mary Taylor, ya que tú (golpe de voz intencionado) nunca me habías contado nada.

            – Insisto, Helia. No conociste a Mary Taylor Poppins hace unos meses, como crees. Ya veo que ella no te puso al día de todas las vicisitudes,  y  no sé si tampoco te explicaría que también León Ponce fue un hombre importante.  ¿Tú me sigues, Helia?

            -Me contó Rose Mary Taylor que León Ponce fue un dirigente destacado del anarcosindicalismo en Zaragoza. Supongo que eso era importante. Pero no me parece comparable con Marcel Proust.

            – Para ti y para mí, sobre todo para ti, fue más importante León Ponce que Proust, como ella ya se ha encargado de revelarte. En realidad, yo quería hablarte de Mary Taylor, – volvía Albertina sobre tu tema.

            – Háblame de Proust, le dije con petulancia, me interesa más. Segundo error, por mi parte, en todo lo que se refiere a Albertina y a Mary Taylor. El primero fue, en efecto,  no haber grabado en alguna de mi neuronas la primera mención que Albertina había hecho de toda esta historia, ahora lo sé, aquel día de mi infancia en que fuimos a ver Mary Poppins, la película, quiero decir, luego supe que con toda la intención por parte de Albertina, para intentar hilar alguna pista sobre nuestra verdadera (o no) historia. Ella no se explicó bien, todo hay que decirlo. Y, aunque tampoco sea excusa ciertamente,  en mi descargo debo aducir mi propia ignorancia en sí, mis pocos años en cualquier caso,  y también, en esta segunda ocasión de error, mi ávida rendición  en aquel momento al hipnopómpico mundo proustiano, que me hizo no ver lo que realmente era importante de aquella conversación con Albertina.

            A veces, siguió Albertina -dejándome así, por culpa mía, a mi propia suerte respecto a ciertos acontecimientos importantes para mi vida-, la muerte de alguien muy amado puede ser tan dolorosa como liberadora. Nadie lo expresa nunca así de crudamente. No se atreven. No resulta elegante. Yo te lo digo, porque lo sé. Dos veces por lo menos lo he experimentado. Con la muerte de Proust y con la de León, y no porque no haya amado a Basilio (¿de cuántas formas de amar somos capaces?, seguramente tantas como necesitemos), sino porque a esta edad que yo ya tengo la muerte de Basilio no me ha traído nada, sólo me ha quitado la parte de mi vida que él vivió. De todas formas ni uno solo de los hombres que dijeron amarme fue justo conmigo. Proust, querías saber… Bien … su entierro fue muy sonado. No digo que me alegrara su muerte, pero había sido muy injusto conmigo. Yo me sentí, durante el no mucho tiempo que viví en París, deslumbrada por él. De hecho, fue a su muerte cuando adopte este nombre, Albertina. No tiene mucho sentido guardar un mismo nombre durante toda la vida, aunque yo haya permanecido fie al de Albertina desde entonces. Es mejor ir cambiándolo según nosotros cambiamos. Cuando murió Proust, Celeste – no tengo que decirte quién era- abrió por fin ventanas y postigos, dejó que entrara el aire en aquella habitación repleta de fantasmas mentales; Proust era un condenado en vida, una especie de espectro neurasténico, aprisionado bajo la ineficacia de sus pulmones. Proust era hipnopómpico y un cobarde, mala combinación. Su enfermedad y los medicamentos le emparedaban durante días enteros entre el sueño y la vigilía. Muchos críticos, –leo bastante, querida Helia,- (lo sé, Albertina, no tienes que estar reivindicándote siempre) hablan de aventuras mentales. Lo son. Cien por cien. Aventuras hipnopómpicas. Sólo que para nosotros las aventuras hipnopómpicas, como bien sabes, son muy verdaderas. Si me hubiera dejado dominar por Proust, él hubiese acabado por conseguir que me convirtiera exclusivamente en un personaje literario. La vida no le interesaba, no estaba hecho para vivir. Siempre estaba quieto. Tan quieto como le fotografió Man Ray. Muerto. Eso es amistad: Man Ray (que era el artista de la luz y el movimiento, lo único que existe, decía siempre) inmortalizando el no transcurso en el rostro muerto de Proust. La memoria busca lo quieto. Pero no hay tiempo perdido. Luz y movimiento, eso es el tiempo, decía Ray. Todo lo que hacemos es pues simulación, representación. Eres buena actriz, Helia querida. Esa Poppins moderna del teatro que te has inventado te va como anillo al dedo, será un éxito, ya verás.[*]

El entierro de Proust también fue muy exitoso: vinieron todos, o casi; quiero decir todos los literatos y la alta sociedad. Los primeros casi no le conocían (yo raramente le vi con ninguno) y los segundos no podían faltar para que no se les notara el miedo a lo que Proust hubiera escrito de ellos o en la simulación de ellos (quedaban casi todos los tomos de La Récherche sin publicar). Su entierro parecía una de las soirées que solía organizar el conde Étienne de Beaumont. Proust habrá estado encantado en su ataúd. ¿Sabes, Helia, que Joyce, James Joyce, ni siquiera se quedó hasta el final del funeral? El estirado irlandés se largó en cuanto arrancó la Pavana para una infanta difunta de Ravel, que sonó en el funeral. Lo cierto es que asistió al funeral por pura y empachosa cortesía social -realmente no se conocían él y Proust-: un acto publicitario, diría yo, de sí mismo y de su Ulises, recién publicado (ya ves, las cuestiones sociales – no importa la época- se parecen siempre más de lo que creemos, porque en realidad siempre estamos haciendo el mismo tipo de elecciones). La Pavana la escuché entera, pero yo tampoco me quedé hasta el final del funeral. Qué mierda, y cuánta mierda me quedaba por vivir todavía. Pero ahora ya no resta mucho. Te veo preparada. Los hipnopómpicos no podemos morirnos hasta que alguien como nosotros y ligado a nosotros se encuentre en condiciones de ocupar nuestro lugar. Es una ley física de compensación natural entre lo real y lo posiblemente real. Cuando te fuiste a Londres creí que aún tendría que aguantar mucho tiempo: esta cría no sabe lo que quiere, pensé, y va a tardar mucho en enterarse. Pero ya estás aquí, y has madurado. Mejor.

Me decía estas cosas Albertina en 1984, ella tenía más de ochenta años, y yo no muchos más de veinte, más o menos los mismos que ella tendría cuando lo de París; en cambio yo acababa de regresar de Londres.

            – Estoy contenta. Estoy muy vieja y, como el pobre Proust, cansada, no de vivir sino de imaginar lo que no he vivido.

                -Joder, Albertina, qué mierda – yo no sabía muy bien qué responderle.

            – No hables mal. ¿Qué vas a hacer con Patrick? Es frágil Patrick. Piensa demasiado en los hechos. Para sobrevivir a orillas del Mediterráneo no se puede ser tan positivista. La gran cárcel del mundo, querida Helia, el gran teatro. Patrick siempre tiene un Rover detrás y me recuerda mucho al chico que acompañaba a Mary Gilberta Swann Poppins en el funeral de Proust. Era un espía secreto demasiado vehemente. Acabaron por descubrirle. Hay que medir muy bien el peso de la realidad; no es tan importante la realidad como creemos. Cabe en una habitación: Proust lo demostró. París era entonces la capital mundial tanto del arte como del espionaje, -que se habían instalado en la ciudad con la Primera Guerra Mundial, claro-, así que imagina que cantidad de historias pululaban por sus calles… Pero a Proust no le hacía falta más que una habitación. Parece imposible que yo estuviera allí entonces. Me hace sentirme muy culpable. No debí regresar a España. No es tan importante la realidad, ahora lo sé. No me hubiera ido mal siendo solamente un personaje. Muy tarde. Quizás tendrías que hacerle caso a Patrick y volver a Londres.

            – Albertina, ¿estás bien? – yo no tenía ni asomo de intuición de que estuviera pensando en quitarse la vida.

            – A mí tampoco me cae bien tu madre, pero la quiero. Ten paciencia… La Sección Femenina ha sido mucho peor que todos los Rover del universo juntos: hay consignas que colapsan el cerebro; nada que pensar, nada que temer. Nada que decir. La dictadura fue feroz con las mujeres. Y fue algo peor, fue perversa al convertirlas a ellas mismas en las principales mantenedoras de las costumbres que las aniquilaban. ¿Te acuerdas de que veíamos juntas aquella serie tan buena, El Prisionero? Patrick MacGoohan era el Número 6, un espía desafecto y cabreado, confinado dentro de los muros invisibles de La Villa.

            – Me fascinaba el aspecto de La Villa. No sé lo que daba más terror si que La Villa fuera una cárcel, o que no supiéramos en qué lugar del planeta se encontraba. ¿Albertina, qué te pasa?

            – He fracasado, hija, he fracasado. Y temo por ti.

            – Cuéntame lo de París, lo de Proust.

            – Me acuerdo más de León Ponce.

            – A mamá tampoco le han gustado nunca las series de televisión.

            – Debí haber hecho algo respecto a eso. Debí haberla enviado a Inglaterra. Y a ti, Helia, también. Creo que no lo hice por despecho. Qué mal me siento por ello, incluso después de morir.

            – No importa (le contesto ahora a Albertina, casi treinta años tarde, de nuevo en Londres: pienso mejor desde Londres; espero mejor en Londres), al final siempre regreso a Londres, ya ves.

            – Yo no estaría muy segura de que finalmente venga Patrick (me advierte Albertina –sentada a mi lado-, y apostilla: tu deseo de verle ha podido engañar tu visión hipnopómpica).

            – No importa, escribo aquí. Le esperaré.

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[*] Debo aclarar que Poppins nunca llegó a representarse entonces. Era inviable. Posiblemente incomprensible. Es ahora cuando la estamos preparando con mi pequeña compañía. Se llamará Territorio Pop-pins, y será una especie de Poppins reload, pero menos pretenciosa: al fin y al cabo todos sabemos que escribir literatura, cualquier forma de literatura, siempre ha sido reordenar los códigos que generan realidades. Hay un punto mágico ineludible. En realidad, está usted, lector, ante una versión paralela en forma novelada de esa realidad, una simulación de la simulación propia que es la vida.

 
 
 

 

(FALL OUT) El Prisionero  ——>ES un capítulo que aparecen en «Territorio Pop-Pins», libro

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