Buscar

Las Hipnopómpicas

Territorio Poppins

Etiqueta

Número 6

El Prisionero

 

16:05 h.

Unos días después de que Patrick y yo regresáramos desde Londres y no mucho antes de morirse, -lo que terminó de hacer el 12 de febrero de 1984-, Albertina me contó que hubo dos grandes pasiones en su (extensa y mutante) vida. Al instante suavizó tal afirmación: bueno, hablo de pasiones hacia personas, lo cual no equivale siempre a pasiones amorosas o eróticas. Por otro lado, añade Albertina, también he tenido grandes pasiones intelectuales y emocionales. Albertina es una mujer muy complicada, tanto por carácter, como por el perfeccionado desarrollo que ha conseguido de su capacidad hipnopómpica, algo que nunca igualaré (hace falta bastante valor para ello). Es verdad que ya he logrado ubicarme casi a voluntad en distintos momentos temporales – lo cual no es exactamente viajar por el tiempo, es más bien algo así como vivir en primera persona la redifusión de un hecho real (no representación). Dentro de esa reposición histórica soy como otro personaje más: una habilidad que aprendí soñando, y que la hipnopompia me ha permitido ejercitar durante los momentos de tránsito entre sueño y vigilia, debido a la naturaleza dubitativa e híbrida de estos instantes. Pero esta destreza mía, con ser importante, no es comparable con los logros de Albertina, que incluso podía ser otras sin dejar de ser ella. No acostumbró a usar de esta habilidad maravillosa, sin embargo. Muy al contrario que Rose Mary Taylor, la Poppins, quien ha encarnado decenas y decenas de personas y personajes, tanto contemporáneos como no, pues ya digo que la hipnopompia vivida en perfección provoca vidas transformables. He dedicado mucho tiempo de la mía a investigar, a estudiar cuantos datos y pistas encuentro acerca de la multiplicada e indeterminada vida de la Poppins.  Insisto, no estamos hablando de fenómenos teatrales. No lo puedo explicar bien. Tiene más que ver con algo así como una personalidad cuántica, por aplicar un término objetivo (muy popular últimamente) que me ayude a hacerme entender.  Aunque, tomado el asunto en un sentido estrictamente práctico:  ¿quién no tuvo que someterse a brutales cambios de todo tipo en el enloquecido siglo 20? Algún día tal vez podré revelar al respecto hechos sorprendentes, tan insólitos como para trastocar la propia interpretación histórica de algunos momentos de ese siglo 20, cien años en verdad neuróticos. Dos grandes pasiones, decíamos, anunció Albertina, y dejó caer estos nombres: Marcel Proust y León Ponce. Mis ojos, al escucharla, se abrieron como los de un muñeco animado.

            – No he hablado de estas cosas con nadie; respecto a Marcel porque nadie de por aquí iba a creerme –ya me entiendes, la hipnopompia es lo que tiene: no da confianza a los demás y te desdibuja ante ellos-, y respecto a León, porque sencillamente no podía hacerlo. Fue convertido en un fuera de la ley, y aludir, siquiera mínimamente a él, hubiera sido demasiado arriesgado para mí y para todos vosotros.

            – ¿Prousssttt? ¿¿¿Marcel Prouuussst???, acerté sólo a preguntar, como boba, sin respetar para nada su emoción y su discurso un poco enternecido. Por entonces ya había yo leído La récherche du temps perdu (leído, anotado y copiado fragmentos en un cuaderno de hojas cuadriculadas cosidas con espiral, bastante gordo), y había leído igualmente cuanto encontré en la biblioteca de la Facultad de Letras y en la Librería Pórtico sobre la vida y la obra de Proust: jamás, nunca jamás, pero ni por lo más remoto de mi normalmente disparada imaginación,  se me habría ocurrido relacionar a Proust con mi Albertina. Ni por toda la hipnopompia del mundo. ¡Por favor!

            – ¿Y con León Ponce sí que me hubiera relacionado tu imperfecta intuición hipnopómpica, querida Helia, si no hubiera sido porque  la Poppins  te ha hablado de su existencia? Además, sí que mencioné una vez a Proust. Exactamente el mismo día que conociste a la Poppins. Aunque eras una niña, cierto, y si no te acuerdas es como si no te hubiera dicho nada. Está bien. No cuenta.

            Noté que Albertina quería ponerme en mi sitio y rebajé el tono:

            – Tienes razón, casi susurré. No sabía nada de León Ponce, evidentemente, hasta que conocí a Mary Taylor, ya que tú (golpe de voz intencionado) nunca me habías contado nada.

            – Insisto, Helia. No conociste a Mary Taylor Poppins hace unos meses, como crees. Ya veo que ella no te puso al día de todas las vicisitudes,  y  no sé si tampoco te explicaría que también León Ponce fue un hombre importante.  ¿Tú me sigues, Helia?

            -Me contó Rose Mary Taylor que León Ponce fue un dirigente destacado del anarcosindicalismo en Zaragoza. Supongo que eso era importante. Pero no me parece comparable con Marcel Proust.

            – Para ti y para mí, sobre todo para ti, fue más importante León Ponce que Proust, como ella ya se ha encargado de revelarte. En realidad, yo quería hablarte de Mary Taylor, – volvía Albertina sobre tu tema.

            – Háblame de Proust, le dije con petulancia, me interesa más. Segundo error, por mi parte, en todo lo que se refiere a Albertina y a Mary Taylor. El primero fue, en efecto,  no haber grabado en alguna de mi neuronas la primera mención que Albertina había hecho de toda esta historia, ahora lo sé, aquel día de mi infancia en que fuimos a ver Mary Poppins, la película, quiero decir, luego supe que con toda la intención por parte de Albertina, para intentar hilar alguna pista sobre nuestra verdadera (o no) historia. Ella no se explicó bien, todo hay que decirlo. Y, aunque tampoco sea excusa ciertamente,  en mi descargo debo aducir mi propia ignorancia en sí, mis pocos años en cualquier caso,  y también, en esta segunda ocasión de error, mi ávida rendición  en aquel momento al hipnopómpico mundo proustiano, que me hizo no ver lo que realmente era importante de aquella conversación con Albertina.

            A veces, siguió Albertina -dejándome así, por culpa mía, a mi propia suerte respecto a ciertos acontecimientos importantes para mi vida-, la muerte de alguien muy amado puede ser tan dolorosa como liberadora. Nadie lo expresa nunca así de crudamente. No se atreven. No resulta elegante. Yo te lo digo, porque lo sé. Dos veces por lo menos lo he experimentado. Con la muerte de Proust y con la de León, y no porque no haya amado a Basilio (¿de cuántas formas de amar somos capaces?, seguramente tantas como necesitemos), sino porque a esta edad que yo ya tengo la muerte de Basilio no me ha traído nada, sólo me ha quitado la parte de mi vida que él vivió. De todas formas ni uno solo de los hombres que dijeron amarme fue justo conmigo. Proust, querías saber… Bien … su entierro fue muy sonado. No digo que me alegrara su muerte, pero había sido muy injusto conmigo. Yo me sentí, durante el no mucho tiempo que viví en París, deslumbrada por él. De hecho, fue a su muerte cuando adopte este nombre, Albertina. No tiene mucho sentido guardar un mismo nombre durante toda la vida, aunque yo haya permanecido fie al de Albertina desde entonces. Es mejor ir cambiándolo según nosotros cambiamos. Cuando murió Proust, Celeste – no tengo que decirte quién era- abrió por fin ventanas y postigos, dejó que entrara el aire en aquella habitación repleta de fantasmas mentales; Proust era un condenado en vida, una especie de espectro neurasténico, aprisionado bajo la ineficacia de sus pulmones. Proust era hipnopómpico y un cobarde, mala combinación. Su enfermedad y los medicamentos le emparedaban durante días enteros entre el sueño y la vigilía. Muchos críticos, –leo bastante, querida Helia,- (lo sé, Albertina, no tienes que estar reivindicándote siempre) hablan de aventuras mentales. Lo son. Cien por cien. Aventuras hipnopómpicas. Sólo que para nosotros las aventuras hipnopómpicas, como bien sabes, son muy verdaderas. Si me hubiera dejado dominar por Proust, él hubiese acabado por conseguir que me convirtiera exclusivamente en un personaje literario. La vida no le interesaba, no estaba hecho para vivir. Siempre estaba quieto. Tan quieto como le fotografió Man Ray. Muerto. Eso es amistad: Man Ray (que era el artista de la luz y el movimiento, lo único que existe, decía siempre) inmortalizando el no transcurso en el rostro muerto de Proust. La memoria busca lo quieto. Pero no hay tiempo perdido. Luz y movimiento, eso es el tiempo, decía Ray. Todo lo que hacemos es pues simulación, representación. Eres buena actriz, Helia querida. Esa Poppins moderna del teatro que te has inventado te va como anillo al dedo, será un éxito, ya verás.[*]

El entierro de Proust también fue muy exitoso: vinieron todos, o casi; quiero decir todos los literatos y la alta sociedad. Los primeros casi no le conocían (yo raramente le vi con ninguno) y los segundos no podían faltar para que no se les notara el miedo a lo que Proust hubiera escrito de ellos o en la simulación de ellos (quedaban casi todos los tomos de La Récherche sin publicar). Su entierro parecía una de las soirées que solía organizar el conde Étienne de Beaumont. Proust habrá estado encantado en su ataúd. ¿Sabes, Helia, que Joyce, James Joyce, ni siquiera se quedó hasta el final del funeral? El estirado irlandés se largó en cuanto arrancó la Pavana para una infanta difunta de Ravel, que sonó en el funeral. Lo cierto es que asistió al funeral por pura y empachosa cortesía social -realmente no se conocían él y Proust-: un acto publicitario, diría yo, de sí mismo y de su Ulises, recién publicado (ya ves, las cuestiones sociales – no importa la época- se parecen siempre más de lo que creemos, porque en realidad siempre estamos haciendo el mismo tipo de elecciones). La Pavana la escuché entera, pero yo tampoco me quedé hasta el final del funeral. Qué mierda, y cuánta mierda me quedaba por vivir todavía. Pero ahora ya no resta mucho. Te veo preparada. Los hipnopómpicos no podemos morirnos hasta que alguien como nosotros y ligado a nosotros se encuentre en condiciones de ocupar nuestro lugar. Es una ley física de compensación natural entre lo real y lo posiblemente real. Cuando te fuiste a Londres creí que aún tendría que aguantar mucho tiempo: esta cría no sabe lo que quiere, pensé, y va a tardar mucho en enterarse. Pero ya estás aquí, y has madurado. Mejor.

Me decía estas cosas Albertina en 1984, ella tenía más de ochenta años, y yo no muchos más de veinte, más o menos los mismos que ella tendría cuando lo de París; en cambio yo acababa de regresar de Londres.

            – Estoy contenta. Estoy muy vieja y, como el pobre Proust, cansada, no de vivir sino de imaginar lo que no he vivido.

                -Joder, Albertina, qué mierda – yo no sabía muy bien qué responderle.

            – No hables mal. ¿Qué vas a hacer con Patrick? Es frágil Patrick. Piensa demasiado en los hechos. Para sobrevivir a orillas del Mediterráneo no se puede ser tan positivista. La gran cárcel del mundo, querida Helia, el gran teatro. Patrick siempre tiene un Rover detrás y me recuerda mucho al chico que acompañaba a Mary Gilberta Swann Poppins en el funeral de Proust. Era un espía secreto demasiado vehemente. Acabaron por descubrirle. Hay que medir muy bien el peso de la realidad; no es tan importante la realidad como creemos. Cabe en una habitación: Proust lo demostró. París era entonces la capital mundial tanto del arte como del espionaje, -que se habían instalado en la ciudad con la Primera Guerra Mundial, claro-, así que imagina que cantidad de historias pululaban por sus calles… Pero a Proust no le hacía falta más que una habitación. Parece imposible que yo estuviera allí entonces. Me hace sentirme muy culpable. No debí regresar a España. No es tan importante la realidad, ahora lo sé. No me hubiera ido mal siendo solamente un personaje. Muy tarde. Quizás tendrías que hacerle caso a Patrick y volver a Londres.

            – Albertina, ¿estás bien? – yo no tenía ni asomo de intuición de que estuviera pensando en quitarse la vida.

            – A mí tampoco me cae bien tu madre, pero la quiero. Ten paciencia… La Sección Femenina ha sido mucho peor que todos los Rover del universo juntos: hay consignas que colapsan el cerebro; nada que pensar, nada que temer. Nada que decir. La dictadura fue feroz con las mujeres. Y fue algo peor, fue perversa al convertirlas a ellas mismas en las principales mantenedoras de las costumbres que las aniquilaban. ¿Te acuerdas de que veíamos juntas aquella serie tan buena, El Prisionero? Patrick MacGoohan era el Número 6, un espía desafecto y cabreado, confinado dentro de los muros invisibles de La Villa.

            – Me fascinaba el aspecto de La Villa. No sé lo que daba más terror si que La Villa fuera una cárcel, o que no supiéramos en qué lugar del planeta se encontraba. ¿Albertina, qué te pasa?

            – He fracasado, hija, he fracasado. Y temo por ti.

            – Cuéntame lo de París, lo de Proust.

            – Me acuerdo más de León Ponce.

            – A mamá tampoco le han gustado nunca las series de televisión.

            – Debí haber hecho algo respecto a eso. Debí haberla enviado a Inglaterra. Y a ti, Helia, también. Creo que no lo hice por despecho. Qué mal me siento por ello, incluso después de morir.

            – No importa (le contesto ahora a Albertina, casi treinta años tarde, de nuevo en Londres: pienso mejor desde Londres; espero mejor en Londres), al final siempre regreso a Londres, ya ves.

            – Yo no estaría muy segura de que finalmente venga Patrick (me advierte Albertina –sentada a mi lado-, y apostilla: tu deseo de verle ha podido engañar tu visión hipnopómpica).

            – No importa, escribo aquí. Le esperaré.

————————————

[*] Debo aclarar que Poppins nunca llegó a representarse entonces. Era inviable. Posiblemente incomprensible. Es ahora cuando la estamos preparando con mi pequeña compañía. Se llamará Territorio Pop-pins, y será una especie de Poppins reload, pero menos pretenciosa: al fin y al cabo todos sabemos que escribir literatura, cualquier forma de literatura, siempre ha sido reordenar los códigos que generan realidades. Hay un punto mágico ineludible. En realidad, está usted, lector, ante una versión paralela en forma novelada de esa realidad, una simulación de la simulación propia que es la vida.

 
 
 

La ley del desierto

13:10 h.

 

Albertina se suicidó el mismo día en que murió Julio Cortázar. Y el mismo día en el que miles de personas murieron.  ¿Cuántos muertos, pues, al día, cada día? Febrero es el mes de la muerte por agua. No lo es en las calles azotadas y vapuleadas por el viento de Zaragoza, en las calles temerosas: en Zaragoza, febrero es el mes del Cierzo. Mucha gente se suicida por culpa del viento que no cesa. Ya sé, Albertina, que no te gusta que hable de ello. No hay más remedio ahora, sin embargo. Siempre llega un momento inevitable para hablar de lo que nunca se habla. Debemos hablar de la ley del desierto. No viene el viento desde el desierto, al este de la ciudad. Por el contrario fue el viento frío del norte quien labró el desierto que nos rodea. Después de que te quitaras la vida, el teatro fue mi salvación. Suicidarse al cabo de tantos años de empeñarse en vivir, Albertina, no parece demasiado coherente. Pensé que estarías enferma y habías preferido, por una vez en tu vida, tomarle la delantera a lo que ha de ser. Pero el forense lo negó. Después de tu suicidio, adopté la ironía como forma de vida.  Decidí fingir con convicción, que viene a ser lo mismo. El teatro fue mi salvación.  Y cuidar de Patrick, mientras él quiso ser cuidado, mientras se quedó a mi lado. Le cuidaba procurando que pareciera que no lo hacía. Los seres melancólicos tienden a escapar y a menudo aparentan un orden y una fortaleza excesivos. Lo hacen para no andar cambiando de naturaleza todo el tiempo.  Por el contrario, a los hipnopómpicos cambiar de naturaleza nos sienta bien; alivia la presión y el estrés de cada día. Siempre supe que Patrick regresaría a la bruma de Inglaterra y que yo no iría con él.  Supe -inteligencia emocional-, desde el principio, que me abandonaría.  Pero eso no tiene nada que ver con que yo ahora  haya acudido sin pensar  a su llamada.  He venido porque ante la muerte todo otro dolor cede. Hay una profunda corriente entre los dos que nunca desaparecerá.  Ni siquiera con la muerte se diluye.  Cuidar a Patrick, siempre tentado por la melancolía inglesa, era la única forma en que podía amarle sin abrirles la puerta a las sombras. El teatro fue mi salvación, y el pequeño Macintosh 128K, al que llamábamos cabezón, -se le ocurrió a Patrick-,  y al que tratábamos como a un habitante más de la casa.

 – Patrick no vendrá, Helia.

Ya  me decías entonces, Albertina, que los ojos de Patrick sufrirían mucho con la luz implacable de España, con el resplandeciente desierto. Los desiertos obligan a las sombras a concentrarse en puntos muy concretos del mapa y del tiempo. Las sombras concentradas producen, cuando estallan, guerras interminables de guerrilla. En este país -España, digo-  es imposible ordenar los paisajes, por eso los habitantes de este país -digo España-  no somos melancólicos. Somos coléricos. No hay ley en el desierto, pero el desierto invade la ciudad e impone su no ley, las tormentas de arena llegan cíclicamente y el desierto ocupa hasta el más escondido rincón de los armarios, de las trastiendas y de los corazones. Es más fácil gobernar un pueblo bajo la bruma y la melancolía. No somos gente de gobiernos razonables la gente colérica a la que rodean los desiertos. Y mientras me intentaba inculcar estas cosas, Albertina se suicidaba. Por culpa mía. Por culpa de la bruma de Portmeirion. Por culpa de Rose Mary Taylor, la Poppins. ¿Qué hora es? Londres es un lugar sin horas. Un no lugar. Un no tiempo.  Agujero de gusano. He citado a todas las dimensiones de mi pensamiento en Picadilly. Van viniendo. Es alrededor del mediodía. Ellas, Albertina y Rose Mary, vendrán a la hora del té; Patrick a la hora de las cervezas. La vida en los bares es a menudo la salvación. Estoy en St. James Tavern y no actúo, no soy actriz ahora porque no oculto nada: escribo.

Otras veces, muchas veces, he estado en otros bares. Creíamos en 1984 que hasta los bares no alcanzaba la ley del desierto,  sólo la ley del mar. Pon la radio, por favor, le decía siempre a un camarero que, cuando yo era niña, trabajaba en un bar de la Plaza Real de Barcelona: alguna vez íbamos a tomar calamares y cerveza. Íbamos todos, antes de que ella se desvaneciera.  Ella ha sido mi madre. A Albertina no le gusta que hable así de mi madre. A Albertina no le gusta que hable así de nada.  Me dice que, aunque tenga razón, no debo ser cruel. Pero yo no hablo. Sólo actúo. Ahora no, ahora cuento. Y lo que cuento, quién sabe si ocurrió, dónde, cómo. Todo, lo ocurrido, lo pensado, lo imaginado está ya solamente disponible en mi pensamiento. ¿Quién distingue? Todo está ya bajo la ley del desierto. Los bares, decía, el mar.

 

Parecía una  epidemia. El suicidio, digo.  Los suicidios parecían una plaga. Una maldición. Y el sida. La ley del desierto. Pero decíamos que en el desierto no hay ley… Albertina, falta mucho aún para la hora del té, no debes llegar todavía, déjame sola, déjame ahora hipnopómpicamente sola, déjame a mí, sola un rato. Te aguantas si no te gusta lo que escribo. El día que compramos el Mac 128 K, se suicidó M.H. Lo compramos a plazos. Era un lujo para nosotros ese Mac, pero no sabíamos Patrick y yo que fuera a ser tan importante en nuestras vidas. Hicimos muchas cosas con  el cabezón: escribimos mucho, diseñamos unas cuantas escenografías que nunca salieron de su pantalla, empezamos nuestras tesis que nunca  terminamos. Intuimos con perspicacia de actores que lo importante de comprar aquel Mac 128 K era que él tenía mucho más futuro que nosotros; quizás podría arrastrarnos. Era una esperanza. En cambio, a M.H. lo encontraron un viernes por la mañana junto a la barra del Modo.  El Modo era un bar forrado por entero de blanco y plata, precedido de un largo túnel. Si lo piensas, el Modo terminó siendo un largo pasillo hacia la muerte. A mi me hacía pensar en Kubrick y Lorca, La Casa de Bernarda Hal, exclamaba yo cuando quería llamar la atención. Hacíamos muchos ejercicios de improvisación en la Escuela de Teatro, pero no estábamos preparados para el suicidio de M.H., y él no estaba preparado para el sida; aunque desde siempre era como si ya supiésemos que todo sucedía por encima de nuestras cabezas. Para el suicidio de Albertina nunca he estado preparada. Ni siquiera ahora, casi treinta años después de que ocurriera.

–       Ya pasó, hace mucho, Helia; hasta yo misma lo he olvidado.

Cualquier cosa sucede en todo tiempo, Albertina. Y algunas cosas es como si no hubieran llegado a ocurrir, especialmente si otro hecho tuvo tanta importancia para nosotros que no dejó ya espacio para casi nada más. Pero las cosas y sus acontecimientos se quedan suspendidos, detenidos, en alguna recámara del tiempo y a veces de repente surgen proyectados. Del año en el que tú te suicidaste recuerdo melodías y canciones y bares y el desierto. Me daba miedo ir hacia el mar porque para llegar al mar desde Zaragoza siempre hay que cruzar antes  un desierto. Cuando pienso en ti, suicidándote, Albertina, suicidándote a los ochenta años, pienso siempre en el desierto. Tengo un sueño hipnopómpico, cuando pienso en ti suicidándote: estás en Portmeirion, en casa de Número 6, y tomas  tus pastillas (¿quién te dio las pastillas, Albertina?) con el té, y dices con voz profunda que nunca fuiste un número, que siempre tienes miedo y que ya no puedes responder a nada; pasas la mano por el reverso del tablero de mármol de la mesa y lees tu nombre, y al volver tu cabeza para mirarme es mi rostro el que veo; no mi rostro de ahora, sino el que se habrá ido quedando en los espejos de los bares de Zaragoza durante 1984, rotos-detenidos contigo.

 

Escucha, escucha: Cuatro Rosas, Escuela de Calor, Deseo carnal, Tonight, Lobo-hombre, On love… Bailábamos Patrick y yo, porque yo no podía dormir y las noches eran inacabables y dolían. La música había cambiado tanto en unos años. La música flotaba sin más. Todos flotábamos bajo la tierra de repente. Todos flotábamos, autopropulsados, como los astronautas en el Espacio: recuerdo esa imagen en televisión, pero no recuerdo las del hambre horrible en Etiopía ni las de la muerte en Bhopal. Tampoco recuerdo las Olimpiadas de Los Ángeles, y si recuerdo a los astronautas flotando en el Espacio quizás sea porque ellos regresaron a tierra firme justo el día anterior a que Albertina se suicidara.

 

Ha sido un acto de amor, recuerdo que me dijo Patrick, a los pocos días, aunque yo no lo entendí. Rose Mary me escribió. Patrick le había telefoneado para contarle lo tuyo, Albertina. Decía sentirlo mucho, y también entenderte; insistía en que ahora que era como si yo ya no tuviera más familia que a Patrick y a ella misma (eso lo decía aunque mi padre y mi madre vivían en alguna parte), y que ella me acogía como su nieta. Cuenta siempre pues conmigo, un beso, firmado, Rose Mary. Pero no lo hice. Y eso que Rose Mary me entendía bien.

 

 –       Era difícil, lo sé, querida Helia.

Por favor, Rose Mary, tú tampoco puedes venir aún. Falta mucho para la hora del té. ¿No habrás visto a Patrick?

La Villa

 

12:25 h.

 

Portmeirion me tenía atrapada en una cruelísima contradicción, subyugadoramente misteriosa para una niña.

– Me hablabas de ese pueblo, -me dice Albertina-, como si se tratara de una ciudad encantada

(A menudo es una voz que llega nítidamente desde el sueño, y que conozco y reconozco, la que me trae a la vigilia; el sonido, la voz,  no necesitan variar su densidad ni su apariencia para hacerse perceptibles, esté dormida o despierta).

 

 – Te hablaba de La Villa, contesto, el escenario imprescindible de la serie El Prisionero. Que La Villa es Portmeirion lo supe años después. Solamente contigo podía hablar de las series de televisión que tanto me gustaban, y de cine. A mi madre no le gustaba el cine y mi hermana nunca me escuchaba.

– No deberías hablar tanto conmigo, querida: estoy muerta hace mucho tiempo.

– Ya, pero mi ser hipnopómpico puede transitar sin ningún problema entre los distintos estados de mi conciencia – tú me lo enseñaste, tú eres en realidad un estado de mi conciencia, Albertina. Hablar contigo no es muy diferente para mí a escribir, leer o ver series de televisión, -ya que hablamos de una-, o películas, o transitar por cualquier otra forma de realidad, como un antiguo palacio o una calle de Zaragoza.

– El Prisionero no era un programa para niños, no debí dejar que lo vieras.

– Qué tontería. Mira, ahora te puedo mostrar en Internet las fotos de Portmeirion, el lugar de rodaje; La Villa era para mí como una casa de muñecas. Me hubiera gustado tener una maqueta idéntica a La Villa para jugar con todos los personajes. Ni siquiera los niños son inocentes.

-¿Dónde estás, Helia? De repente, me he despistado.

 – En Londres, Albertina, ya lo sabes: espero a Patrick.

– Por eso a lo mejor has recordado ahora El Prisionero; como es una serie inglesa, y Portmeirion está en Gales y el protagonista siempre te había gustado mucho…

– Albertina, Gales e Inglaterra no son lo mismo. Ten cuidado aquí con lo que dices. Nos montarán un pollo. Patrick Macgoohan, se llamaba el actor.

– Patrick, ¿ya murió no hace mucho, no?, Patrick Macloquesea, digo…

– Murió. Sabes decir su nombre. No te hagas la tonta. Le has nombrado intencionadamente. Me gustaba, aunque no escapó de La Villa, ya lo sé, Albertina; nadie escapa de sí mismo. Ni los hipnopómpicos. Un aburrimiento. La Villa era una casa de muñecas. Yo ya sabía entonces, siendo niña, que era una representación, La Villa. Nada más real, Albertina, que el teatro. Las casas de muñecas son mausoleos. Nada mejor que el nomadismo. La vida sedentaria, Albertina, nos está matando.

 – Hablas como la Poppins, Helia, y no me parece mal, no crea

 – Pues mi madre siempre decía que Mary Poppins era una soberana tontería.

– Es culpa mía que ella pensara de esa manera y que sea como es. Teníamos que habernos ido  de España cuando la Guerra. Tenía que haber pensado menos en el porvenir y más en la vida.

 – Es posible, no lo sé, pero tampoco la disculpes, Albertina. La vida es difícil; la vuestra, además, estuvo llena de injusticias. Hay que decirlo, no lo hemos dicho bastante. Tú te resignaste; ella prefirió el convencimiento, la ignorancia. Déjame sola, ahora.  Quiero estar sola en Londres, en este bar, en este mínimo punto de exilio y exorcismo. Lejos.

 – Nunca estás sola, Helia, nadie está solo y cada uno acaba siendo su propio controlador, su Número 1. ¿Ves? Yo también me acuerdo de la serie. Número 1, el poder invisible aunque omnipresente. Por tu propio bien hubiera preferido que tus referencias infantiles, las que ya nunca escapan de nuestros personales agujeros negros, estuvieran más próximas a Mary Poppins y a DisneyWorld que a El Prisionero.

 Quizás Albertina tiene razón y pienso en La Villa, en El Prisionero, simplemente por algo así como un resorte simpático: llevo ya un rato escribiendo aquí -Saint James Tavern-,  yendo y viniendo necesariamente por mi historia, que no es únicamente mía. Tengo recuerdos no demasiado nítidos de aquella serie de televisión mítica. Los recuerdos no son muy claros, y sin embargo son muchas las impresiones absolutamente hipnopómpicas que se han colado desde la serie en mi vida y resurgido en muchas ocasiones. Esperar a Patrick y su muerte es otra forma de prisión. Todos somos prisioneros, decía Macgoohan, Patrick (también): y no lo decía

(ver HYPERLINK

http://www.quintadimension.com/televicio/index.php?id=40)

de manera metáforica o por inclinación neoplatónica, lo decía refiriéndose a la más real de las realidades. También escribir estas historias ahora es como estar en La Villa, aunque parezca lo contrario: todo resulta posible, pero no es verdad. Lo único cierto es el estado de conciencia de cada momento, y para mí ni siquiera eso, por la hipnopompia, claro: a menudo me cuesta deslindar sueño y vigilia, diferenciar lo que pienso de lo que hago o digo, separar la escritura de los hechos, digamos, fenomenológicos (me gusta mucho esta palabra); me cuesta, sí, experimentar el presente mondo y lirondo, sin incorporar a ese instante también los momentos pasados que condujeron hasta él, sin adivinar con cierta pasmosa facilidad lo que traerá. Necesito mucha concentración para organizar todo esto, y a veces me cuesta no asustarme.

 

Verá, lector, casi al mismo tiempo que imaginé-soñé los hechos (que son reales y no), de esta novela (que también es otra cosa) recordé, re-ubiqué mis emociones pasadas generadas cuando veía en televisión El Prisionero. Pero he necesitado ir y venir  mucho por Google y las diferentes páginas dedicadas a la serie para delimitar y reconstruir, con cierta solvencia, esas emociones, y sobre todo para revivir las imágenes que vi entonces. He encontrado muchos datos que no conocía; esos datos  han aparecido después de toda mi vida hasta hoy: se han superpuesto a un montón de otros datos procesados durante años. Cuando vi la serie casi no tenía ninguna información acumulada en mi memoria. Así que esta recuperación ha conllevado recorrer toda mi vida de nuevo. Pero no importa: de eso trata este ejercicio de representación (sea lo que sea   la representación: una novela, un holograma transcrito, un monólogo, un sueño: en la serie los sueños de Número 6, que era un hombre libre, estaban monotorizados y podían ser mostrados a los espectadores). Al principio de mi vida yo tampoco sabía muchas cosas de mi historia (de los hechos que me incumben, y  de los que me precedieron, delimitándome en ciertas cosas antes pues de mi existencia) que ahora sé y que he ido descubriendo. No hubiera sido lo mismo si hubiese conocido algunas de esas cosas cuando tenía quince, veinte años. No hubiera tenido la misma vida,  Albertina. ¿Estas ahí, Albertina?

 –  Ahora me has llamado tú. Sí, aquí estoy, Helia. Ya lo entiendo, entiendo tu zozobra, hija, pero a pie de obra uno sólo hace cada día lo que puede.

– Eso no es tuyo, eso lo estás tomando prestado de algún lugar de mi cerebro, eso se lo escuché yo al poeta Joan Margarit, Albertina, en un recital en Zaragoza al que asistió muy poca gente, qué lástima.

-Lo que yo te digo, Helia: la vida a pie de obra; no hay inocencia, nadie es inocente, aunque todos seamos prisioneros. Como en La Villa, o algo así. Y no lo digo, Helia, como propia justificación. Lo que no entiendo es cómo llegaron a emitir una serie como El Prisionero en la televisión única y sacrosanta del franquismo.

-Por ignorancia pura, supongo. O a lo mejor, por todo lo contrario; por agudeza maligna: lo verdaderamente peligroso para el Número 1 de la España de Franco hubiera sido que el Número 6 ( o sea el buen agente secreto desengañado y castigado), hubiera conseguido mutar en Mary Poppins (sin dejar de ser Número 6, Número…, Número…). Pero todos los Números 6 de España acabaron pareciéndose a Número 1, como en la serie, aunque fuera unos segundos. Unos segundos son suficientes para morirse. Incluso para morirse en vida. No soy un número, insistía capítulo tras capítulo el pobre Patrick Macgoohan, Número 6, no soy un número, soy un hombre libre gritaba frente al mar y el gran globo Rover.

– Esta conversación ya no va a ninguna parte, Helia, hija.

– Pues, es verdad.

Crea un blog o una web gratis con WordPress.com.

Subir ↑