
De Patrick Mcgoohan (El Prisionero) a «Portmeirion», un capítulo que por el momento sólo puede leerse en el libro «Territorio Pop-Pins». Portmeirion es La Villa, y un pueblo en sí mismo creado a partir de retazos de otros lugares. ¿Ficción para la ficción o realidad nacida de la ficción?
Capítulo en el libro «Territorio Pop-Pins» (Limbo Errante)
Listado alfabético (no necesariamente correspondiente con el orden de lectura que decida el lector)
Son parte de la totalidad de la novela editada en papel por Kaótica Editorial
- Theatreland Proust (capítulo necesariamente inicial)
- 12 a 1
- 2 de Julio de 1970
- Agujero de gusano
- Carta al padre (desaparecido)
- Cosas blanquísimas
- El Prisionero
- El ser humano no puede soportar tanta realidad
- El sonido de la carcoma (the beatle death clock)
- Efecto-goma
- Google Street
- La Barraca
- La confabulación de los Rover
- La ley del desierto
- La nieve
- La Poppins
- La Villa
- Luces de la ciudad
- Quiero ser un bote de Colón
- Ojalá a mi madre le hubiera gustado el cine
- París, España
- Patrick 1.0
- Punto de fuga
- Rose Mary Taylor Poppins
- Saldo migratorio
- Si te amo, morirás
- Un jersey de ochos
- Ya me gustaría a mi hablar de sexo en Internet
Dos nuevos textos a partir de hoy en Pop-pins: La nieve y La Poppins (valga la redundancia). Como siempre, llaves de lectura también. Dentro de un ratito voy completando la banda sonora. Además, advierto de que en algún capítulo anterior (como El Prisionero) ya hay alguna corrección, fruto lógico de los ajustes que van surgiendo entre unos textos y otros. Esto es una novela en marcha, a la vista.
También voy a introducir algunos hiperenlaces. No muchos. Solamente algunos que me parecen, más que necesarios, ilustrativos, que ayudan a la historia, la amplían. Como un poco de ortopedia. Esos hiperenlaces están referidos a algunos términos dentro de los textos.
Nueva cabecera también:
Man Ray es citado varias veces en Pop-pins.
La nieve.
La espuma del mar, claro.
La ropa blanca en lejía.
El fondo de los ojos de Albertina.
Las azucenas con flores a María que madre nuestra es.
El Prisionero con traje blanco.
La pantalla del cine.
El muro de nieve.
El vestido de la chica de Reina por un día (buscar en el archivo de la web RTVE).
Rover.
La nave Géminis en las fotografías de la época.
Mi vestido de verano y el calor de Atenas.
La hoja de Word que es más blanca que la hoja de papel blanco.
Las muchachas en flor de Proust bajo sus pamelas blancas.
La perrita Marilín cínicamente blanca (buscar en el archivo de la web de RTVE).
Los molinos de viento que no son molinos, amigo Sancho, aunque lo parezcan.
La costa del Azahar.
Extrañamente las arenillas de mis riñones.
Rover.
La luz FFFFFF. La luz en las fotografías en blanco y 000000 (negro) del álbum familiar.
Los dientes pintados de blanco del blanco pintado de negro en los musicales americanos cuando existía el KK Sepulcros blanqueados Sólo lo he visto en la televisión.
Joyce en sí mismo blanco Finnegans Wake, lavado en alcohol.
Los números de la quiniela dominical pegados sobre una pizarra negra / Escala en Hi-Fi (buscar en el archivo de de la web de RTVE, Mochi blanco).
La clara del huevo frito para cenar en invierno.
La hipnopompia cuando no es roja.
La nieve.
Sara ante el espejo de Juan Muñoz.
Mi vestido de primera comunión demasiado blanco y ellos a mi lado no de blanco, de negro (ambos).
Ionesco
La tristeza blanca del rinoceronte.
Rover.
El vaso de leche antes de ponerle Nescafé por las mañanas.
Dadá.
La prisionera de Proust, pálida como el papel. Albertina.
Portmeirion.
Mary Julieta Taylor Lorca Hepburn Poppins
El recuerdo infértil. La traición inútil. La nube varada siempre frente a la ventana. La enfermedad. El cierzo. El tiempo. La luz. 77. Rover (el gran globo blanco) y el sueño que llega. Entornar los ojos. La Luz en las mañanas del verano de la infancia antes de saber.
Google Earth bajo la nieve
Google Earth bajo una tormenta solar
Ver lugares en el pasado – abandonar
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16:05 h.
Unos días después de que Patrick y yo regresáramos desde Londres y no mucho antes de morirse, -lo que terminó de hacer el 12 de febrero de 1984-, Albertina me contó que hubo dos grandes pasiones en su (extensa y mutante) vida. Al instante suavizó tal afirmación: bueno, hablo de pasiones hacia personas, lo cual no equivale siempre a pasiones amorosas o eróticas. Por otro lado, añade Albertina, también he tenido grandes pasiones intelectuales y emocionales. Albertina es una mujer muy complicada, tanto por carácter, como por el perfeccionado desarrollo que ha conseguido de su capacidad hipnopómpica, algo que nunca igualaré (hace falta bastante valor para ello). Es verdad que ya he logrado ubicarme casi a voluntad en distintos momentos temporales – lo cual no es exactamente viajar por el tiempo, es más bien algo así como vivir en primera persona la redifusión de un hecho real (no representación). Dentro de esa reposición histórica soy como otro personaje más: una habilidad que aprendí soñando, y que la hipnopompia me ha permitido ejercitar durante los momentos de tránsito entre sueño y vigilia, debido a la naturaleza dubitativa e híbrida de estos instantes. Pero esta destreza mía, con ser importante, no es comparable con los logros de Albertina, que incluso podía ser otras sin dejar de ser ella. No acostumbró a usar de esta habilidad maravillosa, sin embargo. Muy al contrario que Rose Mary Taylor, la Poppins, quien ha encarnado decenas y decenas de personas y personajes, tanto contemporáneos como no, pues ya digo que la hipnopompia vivida en perfección provoca vidas transformables. He dedicado mucho tiempo de la mía a investigar, a estudiar cuantos datos y pistas encuentro acerca de la multiplicada e indeterminada vida de la Poppins. Insisto, no estamos hablando de fenómenos teatrales. No lo puedo explicar bien. Tiene más que ver con algo así como una personalidad cuántica, por aplicar un término objetivo (muy popular últimamente) que me ayude a hacerme entender. Aunque, tomado el asunto en un sentido estrictamente práctico: ¿quién no tuvo que someterse a brutales cambios de todo tipo en el enloquecido siglo 20? Algún día tal vez podré revelar al respecto hechos sorprendentes, tan insólitos como para trastocar la propia interpretación histórica de algunos momentos de ese siglo 20, cien años en verdad neuróticos. Dos grandes pasiones, decíamos, anunció Albertina, y dejó caer estos nombres: Marcel Proust y León Ponce. Mis ojos, al escucharla, se abrieron como los de un muñeco animado.
– No he hablado de estas cosas con nadie; respecto a Marcel porque nadie de por aquí iba a creerme –ya me entiendes, la hipnopompia es lo que tiene: no da confianza a los demás y te desdibuja ante ellos-, y respecto a León, porque sencillamente no podía hacerlo. Fue convertido en un fuera de la ley, y aludir, siquiera mínimamente a él, hubiera sido demasiado arriesgado para mí y para todos vosotros.
– ¿Prousssttt? ¿¿¿Marcel Prouuussst???, acerté sólo a preguntar, como boba, sin respetar para nada su emoción y su discurso un poco enternecido. Por entonces ya había yo leído La récherche du temps perdu (leído, anotado y copiado fragmentos en un cuaderno de hojas cuadriculadas cosidas con espiral, bastante gordo), y había leído igualmente cuanto encontré en la biblioteca de la Facultad de Letras y en la Librería Pórtico sobre la vida y la obra de Proust: jamás, nunca jamás, pero ni por lo más remoto de mi normalmente disparada imaginación, se me habría ocurrido relacionar a Proust con mi Albertina. Ni por toda la hipnopompia del mundo. ¡Por favor!
– ¿Y con León Ponce sí que me hubiera relacionado tu imperfecta intuición hipnopómpica, querida Helia, si no hubiera sido porque la Poppins te ha hablado de su existencia? Además, sí que mencioné una vez a Proust. Exactamente el mismo día que conociste a la Poppins. Aunque eras una niña, cierto, y si no te acuerdas es como si no te hubiera dicho nada. Está bien. No cuenta.
Noté que Albertina quería ponerme en mi sitio y rebajé el tono:
– Tienes razón, casi susurré. No sabía nada de León Ponce, evidentemente, hasta que conocí a Mary Taylor, ya que tú (golpe de voz intencionado) nunca me habías contado nada.
– Insisto, Helia. No conociste a Mary Taylor Poppins hace unos meses, como crees. Ya veo que ella no te puso al día de todas las vicisitudes, y no sé si tampoco te explicaría que también León Ponce fue un hombre importante. ¿Tú me sigues, Helia?
-Me contó Rose Mary Taylor que León Ponce fue un dirigente destacado del anarcosindicalismo en Zaragoza. Supongo que eso era importante. Pero no me parece comparable con Marcel Proust.
– Para ti y para mí, sobre todo para ti, fue más importante León Ponce que Proust, como ella ya se ha encargado de revelarte. En realidad, yo quería hablarte de Mary Taylor, – volvía Albertina sobre tu tema.
– Háblame de Proust, le dije con petulancia, me interesa más. Segundo error, por mi parte, en todo lo que se refiere a Albertina y a Mary Taylor. El primero fue, en efecto, no haber grabado en alguna de mi neuronas la primera mención que Albertina había hecho de toda esta historia, ahora lo sé, aquel día de mi infancia en que fuimos a ver Mary Poppins, la película, quiero decir, luego supe que con toda la intención por parte de Albertina, para intentar hilar alguna pista sobre nuestra verdadera (o no) historia. Ella no se explicó bien, todo hay que decirlo. Y, aunque tampoco sea excusa ciertamente, en mi descargo debo aducir mi propia ignorancia en sí, mis pocos años en cualquier caso, y también, en esta segunda ocasión de error, mi ávida rendición en aquel momento al hipnopómpico mundo proustiano, que me hizo no ver lo que realmente era importante de aquella conversación con Albertina.
A veces, siguió Albertina -dejándome así, por culpa mía, a mi propia suerte respecto a ciertos acontecimientos importantes para mi vida-, la muerte de alguien muy amado puede ser tan dolorosa como liberadora. Nadie lo expresa nunca así de crudamente. No se atreven. No resulta elegante. Yo te lo digo, porque lo sé. Dos veces por lo menos lo he experimentado. Con la muerte de Proust y con la de León, y no porque no haya amado a Basilio (¿de cuántas formas de amar somos capaces?, seguramente tantas como necesitemos), sino porque a esta edad que yo ya tengo la muerte de Basilio no me ha traído nada, sólo me ha quitado la parte de mi vida que él vivió. De todas formas ni uno solo de los hombres que dijeron amarme fue justo conmigo. Proust, querías saber… Bien … su entierro fue muy sonado. No digo que me alegrara su muerte, pero había sido muy injusto conmigo. Yo me sentí, durante el no mucho tiempo que viví en París, deslumbrada por él. De hecho, fue a su muerte cuando adopte este nombre, Albertina. No tiene mucho sentido guardar un mismo nombre durante toda la vida, aunque yo haya permanecido fie al de Albertina desde entonces. Es mejor ir cambiándolo según nosotros cambiamos. Cuando murió Proust, Celeste – no tengo que decirte quién era- abrió por fin ventanas y postigos, dejó que entrara el aire en aquella habitación repleta de fantasmas mentales; Proust era un condenado en vida, una especie de espectro neurasténico, aprisionado bajo la ineficacia de sus pulmones. Proust era hipnopómpico y un cobarde, mala combinación. Su enfermedad y los medicamentos le emparedaban durante días enteros entre el sueño y la vigilía. Muchos críticos, –leo bastante, querida Helia,- (lo sé, Albertina, no tienes que estar reivindicándote siempre) hablan de aventuras mentales. Lo son. Cien por cien. Aventuras hipnopómpicas. Sólo que para nosotros las aventuras hipnopómpicas, como bien sabes, son muy verdaderas. Si me hubiera dejado dominar por Proust, él hubiese acabado por conseguir que me convirtiera exclusivamente en un personaje literario. La vida no le interesaba, no estaba hecho para vivir. Siempre estaba quieto. Tan quieto como le fotografió Man Ray. Muerto. Eso es amistad: Man Ray (que era el artista de la luz y el movimiento, lo único que existe, decía siempre) inmortalizando el no transcurso en el rostro muerto de Proust. La memoria busca lo quieto. Pero no hay tiempo perdido. Luz y movimiento, eso es el tiempo, decía Ray. Todo lo que hacemos es pues simulación, representación. Eres buena actriz, Helia querida. Esa Poppins moderna del teatro que te has inventado te va como anillo al dedo, será un éxito, ya verás.[*]
El entierro de Proust también fue muy exitoso: vinieron todos, o casi; quiero decir todos los literatos y la alta sociedad. Los primeros casi no le conocían (yo raramente le vi con ninguno) y los segundos no podían faltar para que no se les notara el miedo a lo que Proust hubiera escrito de ellos o en la simulación de ellos (quedaban casi todos los tomos de La Récherche sin publicar). Su entierro parecía una de las soirées que solía organizar el conde Étienne de Beaumont. Proust habrá estado encantado en su ataúd. ¿Sabes, Helia, que Joyce, James Joyce, ni siquiera se quedó hasta el final del funeral? El estirado irlandés se largó en cuanto arrancó la Pavana para una infanta difunta de Ravel, que sonó en el funeral. Lo cierto es que asistió al funeral por pura y empachosa cortesía social -realmente no se conocían él y Proust-: un acto publicitario, diría yo, de sí mismo y de su Ulises, recién publicado (ya ves, las cuestiones sociales – no importa la época- se parecen siempre más de lo que creemos, porque en realidad siempre estamos haciendo el mismo tipo de elecciones). La Pavana la escuché entera, pero yo tampoco me quedé hasta el final del funeral. Qué mierda, y cuánta mierda me quedaba por vivir todavía. Pero ahora ya no resta mucho. Te veo preparada. Los hipnopómpicos no podemos morirnos hasta que alguien como nosotros y ligado a nosotros se encuentre en condiciones de ocupar nuestro lugar. Es una ley física de compensación natural entre lo real y lo posiblemente real. Cuando te fuiste a Londres creí que aún tendría que aguantar mucho tiempo: esta cría no sabe lo que quiere, pensé, y va a tardar mucho en enterarse. Pero ya estás aquí, y has madurado. Mejor.
Me decía estas cosas Albertina en 1984, ella tenía más de ochenta años, y yo no muchos más de veinte, más o menos los mismos que ella tendría cuando lo de París; en cambio yo acababa de regresar de Londres.
– Estoy contenta. Estoy muy vieja y, como el pobre Proust, cansada, no de vivir sino de imaginar lo que no he vivido.
-Joder, Albertina, qué mierda – yo no sabía muy bien qué responderle.
– No hables mal. ¿Qué vas a hacer con Patrick? Es frágil Patrick. Piensa demasiado en los hechos. Para sobrevivir a orillas del Mediterráneo no se puede ser tan positivista. La gran cárcel del mundo, querida Helia, el gran teatro. Patrick siempre tiene un Rover detrás y me recuerda mucho al chico que acompañaba a Mary Gilberta Swann Poppins en el funeral de Proust. Era un espía secreto demasiado vehemente. Acabaron por descubrirle. Hay que medir muy bien el peso de la realidad; no es tan importante la realidad como creemos. Cabe en una habitación: Proust lo demostró. París era entonces la capital mundial tanto del arte como del espionaje, -que se habían instalado en la ciudad con la Primera Guerra Mundial, claro-, así que imagina que cantidad de historias pululaban por sus calles… Pero a Proust no le hacía falta más que una habitación. Parece imposible que yo estuviera allí entonces. Me hace sentirme muy culpable. No debí regresar a España. No es tan importante la realidad, ahora lo sé. No me hubiera ido mal siendo solamente un personaje. Muy tarde. Quizás tendrías que hacerle caso a Patrick y volver a Londres.
– Albertina, ¿estás bien? – yo no tenía ni asomo de intuición de que estuviera pensando en quitarse la vida.
– A mí tampoco me cae bien tu madre, pero la quiero. Ten paciencia… La Sección Femenina ha sido mucho peor que todos los Rover del universo juntos: hay consignas que colapsan el cerebro; nada que pensar, nada que temer. Nada que decir. La dictadura fue feroz con las mujeres. Y fue algo peor, fue perversa al convertirlas a ellas mismas en las principales mantenedoras de las costumbres que las aniquilaban. ¿Te acuerdas de que veíamos juntas aquella serie tan buena, El Prisionero? Patrick MacGoohan era el Número 6, un espía desafecto y cabreado, confinado dentro de los muros invisibles de La Villa.
– Me fascinaba el aspecto de La Villa. No sé lo que daba más terror si que La Villa fuera una cárcel, o que no supiéramos en qué lugar del planeta se encontraba. ¿Albertina, qué te pasa?
– He fracasado, hija, he fracasado. Y temo por ti.
– Cuéntame lo de París, lo de Proust.
– Me acuerdo más de León Ponce.
– A mamá tampoco le han gustado nunca las series de televisión.
– Debí haber hecho algo respecto a eso. Debí haberla enviado a Inglaterra. Y a ti, Helia, también. Creo que no lo hice por despecho. Qué mal me siento por ello, incluso después de morir.
– No importa (le contesto ahora a Albertina, casi treinta años tarde, de nuevo en Londres: pienso mejor desde Londres; espero mejor en Londres), al final siempre regreso a Londres, ya ves.
– Yo no estaría muy segura de que finalmente venga Patrick (me advierte Albertina –sentada a mi lado-, y apostilla: tu deseo de verle ha podido engañar tu visión hipnopómpica).
– No importa, escribo aquí. Le esperaré.
————————————
[*] Debo aclarar que Poppins nunca llegó a representarse entonces. Era inviable. Posiblemente incomprensible. Es ahora cuando la estamos preparando con mi pequeña compañía. Se llamará Territorio Pop-pins, y será una especie de Poppins reload, pero menos pretenciosa: al fin y al cabo todos sabemos que escribir literatura, cualquier forma de literatura, siempre ha sido reordenar los códigos que generan realidades. Hay un punto mágico ineludible. En realidad, está usted, lector, ante una versión paralela en forma novelada de esa realidad, una simulación de la simulación propia que es la vida.
11:20 h.
Dejé de ser niña a la edad de seis años. Esa es una realidad consolidada y corroborada por todo cuanto ha sucedido después en mi vida. Otra realidad es este bucle de error cíclico que reproduce sin interrupción la cualidad expectante del tiempo de mis seis años. Una cualidad de carácter muy superior a cualquiera que haya adquirido con posterioridad. Esa espiral paralela es por tanto para mí algo irrenunciable: como la energía de un generador auxiliar. Cuando tenía seis años, y a la vista de que mis rasgos hipnopómpicos comenzaban a revelarse en mí y de que yo mostraba cada vez más consciencia de ellos, se produjo a mi alrededor una obstinada confabulación para lograr amputarlos. Mi madre los consideraba un tremendo peligro. La hipnopompia no constituye una herencia genética inevitable ni directa; como, en mi caso, puede ser retrospectiva. De hecho, mi madre siempre ha estado muy ajena a la hipnopompia, ella se ha movido en una única dimensión, definida por algo así como un alto sentido del deber. El sentido del deber nunca interroga por las razones más allá de lo mínimo necesario para interpretar el entorno bajo una apariencia armónica y suficiente para la vida. También, por supuesto, era hipnopómpica Rose Mary Taylor Poppins. Sin embargo, a mi madre nunca le ha gustado el cine.
Cuando yo tenía seis años la nave tripulada Geminis 5 circunvaló la tierra 120 veces y la Geminis 7, 206. Las cápsulas Geminis tenían un espacio habitable de igual volumen que el que ocupaban los asientos delanteros en un Wolkswagen Escarabajo. Lo contaban en los Telediarios. Cuando yo tenía seis años los Telediarios empezaban con una imagen planetaria de la Tierra, y yo empecé a preguntar todas las tardes, después de la siesta, si cuando yo fuera mayor podría ser a la vez cantante pop y astronauta. Aunque ahora ya estoy algo cansada, siempre me gustó ser varias (personas) y hacer varias cosas (todas muy bien). Lo del pop lo decía por los Beatles. Yo tenía seis años cuando vinieron a Madrid y Barcelona (que no eran entonces exactamente España). Por cierto: hoy es 3 de julio (el mismo día de mes en que los Beatles tocaron en Barcelona). Por eso hoy es 3 de julio y estoy en Londres y dentro de unas horas Rafa Nadal perderá la final del torneo de Wimblendon ante Djokovic, pues estamos en 2011, aunque también en 2012 y es 22 de julio o el aún futuro 22 de septiembre, el día en que habrá muerto Patrick – un día es el día y todos los días que han cobrado significado relevante (el tiempo entre ellos apenas cuenta, no transcurre el tiempo interior) y continúo en Londres, y luego seguiré esperando (un poco más) hasta que llegue Patrick. Aunque esperar no es el verbo adecuado: ya se sabe que vivir es aquello que se hace en tanto que uno espera hacer lo que desea. Ya no deseo a Patrick. Pero eso no tiene nada que ver con el amor. Fue por amor, no tengo duda, que mi madre intentó cercenar mis veleidades hipnopómpicas. Las intuyó apoderándose de mí cuando yo tenía seis años, como digo. Pop y astronauta eran dimensiones no visibles en la vida plana de España. Cuando yo tenía seis años, mi madre me dijo que los Beatles y los astronautas eran sólo cosa de la televisión, algo irreal según ella. Nunca me preguntó qué quería ser de mayor. Yo creo que no podía imaginarme como una persona. Dejó que los globos Rover llegarán hasta mi habitación y que ocuparan mi camino hasta el colegio. Los globos Rover, vigilantes amenazadores que no dudarían en darme una lección si me desviaba hipnopómpicamente en algún momento del camino estricto y correcto. Los globos Rover no son una invención de los guionistas de la serie El Prisionero. Los globos Rover estaban ya, cuando yo tenía seis años, en los Telediarios de TVE. Y en el colegio. Y en la familia. Eran blanquísimos, como los sepulcros. Y muchos años después Albertina me confesó que ella llevaba viéndolos toda la vida. Por eso, me dijo la noche que murió el abuelo Basilio, me gusta cantar contigo quiero seeerrr un bote de cooolónnnn
12:25 h.
Portmeirion me tenía atrapada en una cruelísima contradicción, subyugadoramente misteriosa para una niña.
– Me hablabas de ese pueblo, -me dice Albertina-, como si se tratara de una ciudad encantada
(A menudo es una voz que llega nítidamente desde el sueño, y que conozco y reconozco, la que me trae a la vigilia; el sonido, la voz, no necesitan variar su densidad ni su apariencia para hacerse perceptibles, esté dormida o despierta).
– Te hablaba de La Villa, contesto, el escenario imprescindible de la serie El Prisionero. Que La Villa es Portmeirion lo supe años después. Solamente contigo podía hablar de las series de televisión que tanto me gustaban, y de cine. A mi madre no le gustaba el cine y mi hermana nunca me escuchaba.
– No deberías hablar tanto conmigo, querida: estoy muerta hace mucho tiempo.
– Ya, pero mi ser hipnopómpico puede transitar sin ningún problema entre los distintos estados de mi conciencia – tú me lo enseñaste, tú eres en realidad un estado de mi conciencia, Albertina. Hablar contigo no es muy diferente para mí a escribir, leer o ver series de televisión, -ya que hablamos de una-, o películas, o transitar por cualquier otra forma de realidad, como un antiguo palacio o una calle de Zaragoza.
– El Prisionero no era un programa para niños, no debí dejar que lo vieras.
– Qué tontería. Mira, ahora te puedo mostrar en Internet las fotos de Portmeirion, el lugar de rodaje; La Villa era para mí como una casa de muñecas. Me hubiera gustado tener una maqueta idéntica a La Villa para jugar con todos los personajes. Ni siquiera los niños son inocentes.
-¿Dónde estás, Helia? De repente, me he despistado.
– En Londres, Albertina, ya lo sabes: espero a Patrick.
– Por eso a lo mejor has recordado ahora El Prisionero; como es una serie inglesa, y Portmeirion está en Gales y el protagonista siempre te había gustado mucho…
– Albertina, Gales e Inglaterra no son lo mismo. Ten cuidado aquí con lo que dices. Nos montarán un pollo. Patrick Macgoohan, se llamaba el actor.
– Patrick, ¿ya murió no hace mucho, no?, Patrick Macloquesea, digo…
– Murió. Sabes decir su nombre. No te hagas la tonta. Le has nombrado intencionadamente. Me gustaba, aunque no escapó de La Villa, ya lo sé, Albertina; nadie escapa de sí mismo. Ni los hipnopómpicos. Un aburrimiento. La Villa era una casa de muñecas. Yo ya sabía entonces, siendo niña, que era una representación, La Villa. Nada más real, Albertina, que el teatro. Las casas de muñecas son mausoleos. Nada mejor que el nomadismo. La vida sedentaria, Albertina, nos está matando.
– Hablas como la Poppins, Helia, y no me parece mal, no crea
– Pues mi madre siempre decía que Mary Poppins era una soberana tontería.
– Es culpa mía que ella pensara de esa manera y que sea como es. Teníamos que habernos ido de España cuando la Guerra. Tenía que haber pensado menos en el porvenir y más en la vida.
– Es posible, no lo sé, pero tampoco la disculpes, Albertina. La vida es difícil; la vuestra, además, estuvo llena de injusticias. Hay que decirlo, no lo hemos dicho bastante. Tú te resignaste; ella prefirió el convencimiento, la ignorancia. Déjame sola, ahora. Quiero estar sola en Londres, en este bar, en este mínimo punto de exilio y exorcismo. Lejos.
– Nunca estás sola, Helia, nadie está solo y cada uno acaba siendo su propio controlador, su Número 1. ¿Ves? Yo también me acuerdo de la serie. Número 1, el poder invisible aunque omnipresente. Por tu propio bien hubiera preferido que tus referencias infantiles, las que ya nunca escapan de nuestros personales agujeros negros, estuvieran más próximas a Mary Poppins y a DisneyWorld que a El Prisionero.
Quizás Albertina tiene razón y pienso en La Villa, en El Prisionero, simplemente por algo así como un resorte simpático: llevo ya un rato escribiendo aquí -Saint James Tavern-, yendo y viniendo necesariamente por mi historia, que no es únicamente mía. Tengo recuerdos no demasiado nítidos de aquella serie de televisión mítica. Los recuerdos no son muy claros, y sin embargo son muchas las impresiones absolutamente hipnopómpicas que se han colado desde la serie en mi vida y resurgido en muchas ocasiones. Esperar a Patrick y su muerte es otra forma de prisión. Todos somos prisioneros, decía Macgoohan, Patrick (también): y no lo decía
(ver HYPERLINK
http://www.quintadimension.com/televicio/index.php?id=40)
de manera metáforica o por inclinación neoplatónica, lo decía refiriéndose a la más real de las realidades. También escribir estas historias ahora es como estar en La Villa, aunque parezca lo contrario: todo resulta posible, pero no es verdad. Lo único cierto es el estado de conciencia de cada momento, y para mí ni siquiera eso, por la hipnopompia, claro: a menudo me cuesta deslindar sueño y vigilia, diferenciar lo que pienso de lo que hago o digo, separar la escritura de los hechos, digamos, fenomenológicos (me gusta mucho esta palabra); me cuesta, sí, experimentar el presente mondo y lirondo, sin incorporar a ese instante también los momentos pasados que condujeron hasta él, sin adivinar con cierta pasmosa facilidad lo que traerá. Necesito mucha concentración para organizar todo esto, y a veces me cuesta no asustarme.
Verá, lector, casi al mismo tiempo que imaginé-soñé los hechos (que son reales y no), de esta novela (que también es otra cosa) recordé, re-ubiqué mis emociones pasadas generadas cuando veía en televisión El Prisionero. Pero he necesitado ir y venir mucho por Google y las diferentes páginas dedicadas a la serie para delimitar y reconstruir, con cierta solvencia, esas emociones, y sobre todo para revivir las imágenes que vi entonces. He encontrado muchos datos que no conocía; esos datos han aparecido después de toda mi vida hasta hoy: se han superpuesto a un montón de otros datos procesados durante años. Cuando vi la serie casi no tenía ninguna información acumulada en mi memoria. Así que esta recuperación ha conllevado recorrer toda mi vida de nuevo. Pero no importa: de eso trata este ejercicio de representación (sea lo que sea la representación: una novela, un holograma transcrito, un monólogo, un sueño: en la serie los sueños de Número 6, que era un hombre libre, estaban monotorizados y podían ser mostrados a los espectadores). Al principio de mi vida yo tampoco sabía muchas cosas de mi historia (de los hechos que me incumben, y de los que me precedieron, delimitándome en ciertas cosas antes pues de mi existencia) que ahora sé y que he ido descubriendo. No hubiera sido lo mismo si hubiese conocido algunas de esas cosas cuando tenía quince, veinte años. No hubiera tenido la misma vida, Albertina. ¿Estas ahí, Albertina?
– Ahora me has llamado tú. Sí, aquí estoy, Helia. Ya lo entiendo, entiendo tu zozobra, hija, pero a pie de obra uno sólo hace cada día lo que puede.
– Eso no es tuyo, eso lo estás tomando prestado de algún lugar de mi cerebro, eso se lo escuché yo al poeta Joan Margarit, Albertina, en un recital en Zaragoza al que asistió muy poca gente, qué lástima.
-Lo que yo te digo, Helia: la vida a pie de obra; no hay inocencia, nadie es inocente, aunque todos seamos prisioneros. Como en La Villa, o algo así. Y no lo digo, Helia, como propia justificación. Lo que no entiendo es cómo llegaron a emitir una serie como El Prisionero en la televisión única y sacrosanta del franquismo.
-Por ignorancia pura, supongo. O a lo mejor, por todo lo contrario; por agudeza maligna: lo verdaderamente peligroso para el Número 1 de la España de Franco hubiera sido que el Número 6 ( o sea el buen agente secreto desengañado y castigado), hubiera conseguido mutar en Mary Poppins (sin dejar de ser Número 6, Número…, Número…). Pero todos los Números 6 de España acabaron pareciéndose a Número 1, como en la serie, aunque fuera unos segundos. Unos segundos son suficientes para morirse. Incluso para morirse en vida. No soy un número, insistía capítulo tras capítulo el pobre Patrick Macgoohan, Número 6, no soy un número, soy un hombre libre gritaba frente al mar y el gran globo Rover.
– Esta conversación ya no va a ninguna parte, Helia, hija.
– Pues, es verdad.
(FALL OUT) El Prisionero ——>ES un capítulo que aparecen en «Territorio Pop-Pins», libro

Es el retrato de Proust difunto. De él se habla algo en el capítulo «El Prisionero», en el libro «Territorio Pop-Pins» (desde finales de febrero 2017 en librerías)
Esta parte en la que estoy ahora trabajando contiene el nudo-motivación de todo cuanto ocurre y parece que ocurre en Pop-pins; me cuesta ordenar bien esta parte (si es que se puede hablar de orden en una narración tan dislocada como esta en la que estoy cayendo). De repente he comprendido que el capítulo se había terminado. Yo pensaba que en él debía incluir exactamente el meollo-meollo, pero no. Queda para otro. Además he trasladado también el título: La Prisionera, que sí que corresponde exactamente a ese meollo-meollo. El que acabo de concluir hace unos minutos (sin revisar), ha pasado llamarse Portmeirion. Si no fuera por la Mentira y los secretos no podríamos vivir juntos, claro.
http://www.portmeirion-village.com/
Portmeirion es el lugar donde se rodó El Prisionero (no sé si lo he dicho), y el lugar a donde viaja Helia para conocer con Rose Mary Taylor, la Poppins.
Reportaje en Heraldo de Aragón (7-01-2012; la foto que aparece es de Anna Moshi)
Etcétera me parece una sección absolutamente apropiada para Pop-pins (y lo digo sin ironía, en serio).
Este es el reportaje que ha realizado (muy bien por cierto) Rocío Solanas y que es consecuencia de la entrevista de la que hablamos en el post anterior. Tengo que estar agradecida porque ha sido un excelente revulsivo para mi; no por salir en la prensa y esas cosas (y también lo digo ahora en serio, no es falsa modestia), sino porque pensar que Pop-pins haya llamado la atención de alguien dentro de la prensa me resulta, por un lado sorprendente, y por otro gratificante, desde luego.
Gracias pues, nuevamente, a todos, caramba.
La Villa (un capítulo más de Pop-pins) está listo para la corrección; esta vez me ha resultado menos complicado de lo que pensaba. La Villa es una metáfora (en Pop-pins, y en la serie El Prisionero, de donde proviene). Una metáfora simple y efectiva sobre nuestra más íntima y vital contradicción como especie: ni con los demás congeneres ni sin ellos.
Entre las muchas cosas que agradezco a la democratización de las tecnologías de la información está la de la memoria constatable (positiva /o negativamente)
O sea, que uno se acuerda de algunas cosas que vio, escuchó o vivió hace tiempo y tiene en ese mismo mo-mento la posibilidad y capacidad de contrastar su recuerdo con por lo menos una parte de la realidad (o lo que la convención necesaria de la comunicación interpersonal e intergrupal establece como tal)
Cuestión aparte es la repercursión que este ejercicio comparativo tenga en la propia configuración de la misma Memoria (memoria-personal / memoria-colectiva / memoria-fisiológica puramente)
o sea, se está ya generando una memoria nuestra que no está dentro de nuestro cerebro
una memoria que se ejecuta como una auto-visualización / auto-revisión, y lo mismo para los hechos en los que fuimos partícipes
la ciencia/disciplina de la Documentación (que siempre fue una ciencia de la memoria) puede así convertirse en una herramienta crítica (por decisiva y por arriesgada) del poder
Algunas de estas cosas (y otras) empezaban a esbozarse en una de las series que más me han gustado desde siempre: El Prisionero (Patrick McGoohan y George Markstein)
Y este uso crítico de la documentación es el que intento (intento) ejercitar en Pop-pins, a través del trampantojo literario de la hipnopompia.
Ayer cerré otro nuevo capítulo (van 17 y quedan unos cuantos): El prisionero, se llama; y en él no se habla de la serie, sino más bien de Proust y el París de Proust. Pero sí aparece Rover. Porque esos Rover de la serie televisiva son un auténtico hallazgo metafórico del terror a través del absurdo (por eso son kafkianos, además de psicodélicos). La historia (la memoria) está sembrada de Rover´s ( de Rover ya hemos hablado en este making of) .
Otro video más en http://luisamr.blogspot.com/2011/12/series-y-series20-el-prisionero.html
Y todo esto realmente proviene de la posibilidad que he tenido de volver a ver la serie, después de tantos rover´s (¡todos los capítulos!, 17 fueron)



