16:55 h.
Si al anarquista León Ponce no se lo hubiera llevado el comienzo de la guerra, lo hubiera hecho Rose Mary Taylor, la Poppins. Eso me repetía Albertina. A nadie más se lo decía sino a mi. Para el resto, silencio como siempre. El resto tomaba esa insistencia como la chaladura de una anciana, que además ya se sabe que nunca ha estado muy en sus cabales: me miran de reojo entonces, porque todo el mundo piensa que yo doy signos de las mismas rarezas de Albertina, aunque tal convencimiento nadie lo enuncie formalmente. La Poppins murmuraba una y otra vez, reforzando con la ironía ese Poppins, que a mí me hacía gracia, pero que ella medio mascaba amargo y cabreada. Cuéntame qué te dijo cuando la viste en Londres, me pedía. No la vi en Londres, la vi en Portmeirion, y ya sabes tú lo que me contó. No le sigas tanto la corriente, se quejaba mi madre. Dímelo todo, replicaba Albertina. Yo le apretaba la mano e insistía en el ya te lo dije, sin explicarle de nuevo todo lo que en su momento ya le había contado que a su vez me había referido Rose Mary Taylor, cuando la fui a visitar con Patrick a Portmeirion, unos meses antes. Estupefacta y herida como me sentía (no sé por qué, no tenía derecho), a mi regreso a casa encaré brutalmente a Albertina con el relato de Rose Mary. No debes repetir nunca lo que hemos hablado me contestó ella. Ya no tiene sentido. Es lo que me pidió, mientras procuraba rebajar mi ira y apartar mi mirada impía. Aquellos días previos a tu muerte, Albertina, sin embargo, insistías e insistías en que te repitiera el relato de Rose Mary, y no te comprendí. Vivo con esta quera, de verdad. No haber comprendido tu necesidad de volver a escuchar la historia de Rose Mary Taylor, tu propia historia, como una revelación venida desde fuera, definitivamente, antes de morirte.
Rose Mary Taylor Poppins se presentó en casa de Albertina un día de mediados de agosto de 1936 para decirle que a León le habían reconocido aquella mañana, al poco de amanecer, algunos compañeros, aunque no pudieron rescatar su cadáver, acribillado a tiros en la playa del Canal Imperial, junto a Torrero. Rose Mary me aseguró que este episodio triste era verdad y no sólo un sueño terrible, como yo había creído hasta aquel momento. Si yo hubiera estado allí entonces en carne y hueso, y no de esta manera en la que lo he vivido, como de aparecida o de sustancia holográfica, propia de los episodios hipnopómpicos, no le hubiera dejado abrir la puerta a Albertina, cuando llamó Rose Mary. Para qué. Ganas de complicarse. Pero Albertina, que ya sabe que yo soy insistente y que la miro y la vigilo en su casa, en esa mañana de agosto de 1936, me responde que no es tan fácil, que para callar es preciso saber antes. Porque de otra forma lo que guardamos no es silencio, sino ignorancia.
Rose Mary y León Ponce habían sido amantes desde hacía más de un año. Rose Mary era periodista y había llegado desde Madrid y antes desde Londres. Vino a Zaragoza porque la ciudad era un sin vivir de noticias continuas a causa de los conflictos sociales y políticos. Luego se quedó enganchada a León y definitivamente atrapada por el ambiente febril de los meses anteriores a la sublevación militar y a la guerra civil; meses difíciles e intensos, siempre al borde del dolor y de la muerte. La intensidad engancha, genera adrenalina. Albertina mucho había barruntado de esa historia irremediable de amor y de fascinación entre León y Rose Mary, tan propia de la época pensaba yo, pensando en las películas de la época. Pero su algo más que intuición no la libró de la ira cuando se topó de golpe con la mirada de la inglesa, al abrirle la puerta de su casa, mientras Rose Mary le cuenta inconsolable, atropellada, en mal castellano, que León estaba muerto. Pero a Albertina ya se lo habían dicho: que lo habían tiroteado antes del amanecer. Basilio había subido temprano al poco de abrir su tienda de ultramarinos (la tienda está en los bajos de la casa: en el mismo lugar que reconozco décadas y décadas después oculta tras su transformación acelerada de los últimos tiempos en zapatería de barrio, al jubilarse mi madre, luego en verdulería, en tienda de venta de ordenadores, en etc., etc., – signo de los tiempos: durante casi un siglo inmutable ultramarinos y luego metamorfosis continua, morphing incansable…) Bien, al punto que se llevaron a León, tres días antes de la aparición de Rose Mary, Basilio les había dicho a sus correligionarios que cuando sucediera lo de León Ponce le hicieran el favor de ponerlo en su conocimiento. Le tenía aprecio a la viuda, dijo, era buena clienta suya, dijo, y prefería que se enterase por él que por otros, dijo. Dijo viuda. Aunque no estaban casados, Albertina y León no estaban casados. Aunque León todavía estaba vivo en ese momento en el que Basilio hablaba con los suyos. Al tercer día sus amigos, que hacían guardia en el cuartel de Ruiseñores aquella madrugada, se dieron prisa en contárselo. Basilio llamó al timbre mostrándole a Albertina un canasto lleno de alimentos en la otra mano. Hay que vivir, Albertina. Hay que vivir, señorita, repitió Albertina a Rose Mary Taylor, que seguía llorando apoyada sobre la mesa de la salita. Mi madre decía (antes de que se le nublara la memoria) que se acordaba de las cartas que en los años cuarenta y cincuenta llegaban desde un pueblo de Gales, llamado Portmeirion, y que Basilio, siempre le gritaba a Albertina que aquello se tenía que acabar. Como si el silencio tuviera principio o final, pensaba Albertina. Siempre es la hora del té en alguna parte de nosotros mismos.
