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Las Hipnopómpicas

Territorio Poppins

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Calle Mallorca

Esquinas (las autobiografías no existen)

 

 

 

 

Esta esquina, chaflán, muestra un lugar de intersección entre la calle Provenza y Roger de Llúria, en Barcelona. Google Street, claro. Google Street es uno de los elementos esenciales en la construcción de Pop-pins, porque me permite «ubicarme de verdad» en algunos de los escenarios de la historia (los hemos ido mostrando aquí en ocasiones: Picadilly Circus, la fundamental St. James Tavern, en Londres, la estación de Francia en Barcelona, etc). Google Street es tan esencial en Pop-pins, que se ha convertido en un elemento más de la narración.

Esta esquina de la imagen googlestreetiana es uno de los lugares en los que se materializó la infancia de Helia, protagonista polimórfica de Pop-pins. Algunos negocios perviven en su vocación a lo largo del tiempo, o perecen y reaparecen: en esta esquina el padre de Helia dice que estaba su colmado en los años sesenta.

Añadiré: comienzo a pensar que las casualidades en Pop-pins son ya muchas casualidades. Mientras voy lentamente completando la parte dedicada a este escenario del Eixample (aunque no solo dedicado a ello), comienzo la lectura de la autobiografía de Carlos Barral, y me encuentro leyendo sobre las mismas calles, los mismo lugares (la familia Barral tenía su residencia en la confluencia de Mallorca con Claris; tengo que confesar: los escenarios de Pop-pins pueden ser imaginarios – o no, según las ocasiones-, pero mi ligazón con la calle Mallorca pertenece inconfundiblemente a la mitología sentimental de la infancia, y desde luego motiva en parte este capítulo de Pop-pins, que espero terminar esta noche, finalmente: Saldo migratorio) — claro, Pop-pins no es autobiográfica, para nada; pero usa elementos autobiográficos como sopa matricial, y a remover – De todas formas, las autobiografías no existen.

Y por lo demás//

no considero ya preciso insistir en mis dificultades para conseguir tiempo para escribir: compro tiempo; la vida impone urgencias; en estos últimos años está imponiendo muchas. Paciencia.

Efecto-goma

10:15 h

El recuerdo es flexible. Imita un proceso de ida y vuelta, pero ni va ni vuelve. Recordar no es revivir. Es simplemente vivir. Una variación, una vibración diferente cada vez de algo tan inexistente como lo vivido. El recuerdo es flexible como la goma del juego, pero nunca recupera su forma de partida. Recordar es vivir otra vida. La vida se estira y encoge, vibra y si vibra a gran intensidad puede desaparecer. Con el juego de la goma aprendí a hacer, con los pies y un pedazo de materia fina y delgada, elástica, diferentes figuras y acrobacias  No hay recuerdos vacíos. La memoria es elástica. La memoria va modificando las condiciones de todo lo acontecido y nos modifica. Si recordamos, cambiamos. Somos materia elástica. Sostenida sobre otros. El juego de la goma era geométricamente contradictorio: forma momentáneamente definida (rectángulo o líneas paralelas) que soporta otras formas que al moverse generan posibilidades. Otra vida.  Atarse y desatarse. Vida y memoria. 1964. Cromos y paz en el colegio. Vida y color -25 años, de paz, una eternidad-.  Cromos. Me explico:

            En el colmado familiar descubrí los polos de chocolate. El colmado estaba en la calle Mallorca de Barcelona. Mi padre abrió esa tienda poco antes de casarse con mi madre en Zaragoza.  La familia de mi padre había emigrado desde su pueblo a Barcelona. Mi no-abuelo Basilio, el padre de mi madre, que fue toda su vida tendero, le ayudó a montar el colmado. Para el no-abuelo Basilio un colmado era el centro de mando de la vida del barrio. El no-abuelo Basilio mantuvo largamente el suyo en el barrio de San José de Zaragoza con gran convencimiento, sobreponiéndose y adaptándose bastante bien a todas a las innovaciones. Y mi madre fue su mano derecha desde que nos instaláramos en Zaragoza, fue quien sostuvo y renovó la vocación de pequeño tendero de Basilio hasta su muerte.  Por el contrario, mi padre abrió su colmado como sin querer, sólo por prosperar -los hombres de la familia de mi padre había trabajado en el Borne, muy duro, muy sin saber; las mujeres, cosían, casi siempre de noche, casi siempre sin apenas luz, cosían-. También abrió su colmado mi padre porque fue la condición que le puso el no-abuelo Basilio para acceder a que mi madre se pudiera casar con él y se fuera con él a vivir a Barcelona. A ella sí que le gustaba el colmado, el orden de las cosas del colmado. Le gustaba, más que nada, el mundo, ordenado según productos y marcas, de su colmado en una esquina de la calle Mallorca (una de las mejores zonas de la ciudad).

 

            A jugar a la goma aprendí allí, en la calle Mallorca, con niñas de una clase social muy por arriba de la mía, aunque yo entonces no calibraba las consecuencias de aquella impostada confraternización. Ellas me enseñaban su juego recién descubierto en las horas del recreo, en el colegio, al que yo entraba por la puerta lateral de las niñas con beca. Me enseñaban a jugar desde su posición de privilegio, y yo lo sabía porque mi padre me lo había explicado: que no quiso aceptar las recomendaciones que tenía el no-abuelo Basilio para que yo pudiera entrar por la puerta principal, pero que no me preocupara, que no pasaba nada, que luego adentro todo era igual para todas las niñas. Pero no era igual. Por la tarde, al cerrar el colmado, regresábamos al barrio, a nuestra casa. Yo veía el rectángulo de la goma estirado hacia el infinito sobre  las vías del tranvía -ambas líneas superpuestas, goma y vía-, sin romperse: transformación. Me asomaba a través de la ventanilla-guillotina de los viejos tranvías que venían al barrio. Para no marearme. Siempre que volvía a casa desde el mar o desde la calle Mallorca en el tranvía me mareaba. Si venía desde otros lugares, no. Sólo desde el mar y desde la calle Mallorca, desde el colmado con productos para gente bien, de otro mundo que nunca sería el mío, a pesar de mi temprana afición al Nescafé, un lujo entonces que pude permitirme por ser hija de tendero de la calle Mallorca. Imaginar que las vías del tranvía eran los elásticos paralelos del juego de la goma estirándose y estirándose me ayudaba a no marearme: dimensión no abarcable. Los hipnopómpicos mantenemos mejor el equilibrio si no hacemos pie, al revés que la mayoría de la gente. Aunque entonces yo no podía relacionar todo esto. Yo creía que la goma era un juego de chicas bien. Pero era igual de cutre que todos los demás. Igual de triste que jugar al Festival de Eurovisión en la acera de la avenida Felipe II. En 1964, en la calle Mallorca las niñas jugaban sólo dentro de sus casas amplísimas, pero la calle Mallorca también olía a rancio y a Nescafé.  La goma y el Nescafé eran las únicas cosas de la vida del Ensanche que me llevaba al barrio. Y los cromos de Vida y Color. Paz, 25 años. Vida.

            Helia, me recuerda Albertina, los hipnopómpicos, ya se sabe, mezclamos los caminos de los sueños y de la realidad; para nosotros sólo tiene sentido la mutación.  ¿Por qué le das tantas vueltas?

 

A Hard Days Night:  HYPERLINK:

 

            Le doy tantas vueltas precisamente por la mutación, Albertina. Y porque soy actriz. Y porque vivo todavía imperfectamente en la hipnopompia. No te lo creerás, Albertina, pero el juego de la goma me salvó muchas veces y me facilitó un estatus preponderante entre mis nuevas amigas, cuando aterricé (es metafórico) en Zaragoza, porque en Zaragoza (interna España interior) no había goma, no había elasticidad, no había juego. No había elasticidad tampoco -o sea empatía con la vida- en casi nadie, ni siquiera de puertas para adentro, en cada cual. Ejército de sufridores, síndrome de Estocolmo. No hay peor enfermo que el que desconoce que lo está. Pero en el juego de la goma yo no tenía rival, ni en la calle Mallorca ni en Zaragoza, ni en la España interior ni sobre las olas del mar.

Saldo migratorio

13:45 h.

 

En el año 13.699.900.000 aprox. del Universo uno de mis antepasados decidió emigrar, y no lo hizo solo. Long, long way. A veces recuerdo (o presiento) a todo aquel grupo humano recorriendo los andenes de la Estación del Norte de Barcelona. Están asustados mis antepasados y atónitos, están desorientados y no saben si dirigirse en la dirección por donde ven aparecer el sol (tierra de promisión inagotable será, si sale el sol una vez y otra y siempre), o hacia lo que ellos ni siquiera saben todavía que es el oeste -tanta fue al principio la ignorancia de todo-, sin luz (sin sombra, pues: la sombra habrá de ser por siempre traicionera, ya lo intuyen mis antepasados entonces, porque la ignorancia no impide la intuición). Por aquello de la seguridad, ascienden finalmente la montaña. Aunque enseguida se arrimarán un poco más al mar.

Cuando yo era niña todavía mostraba esa querencia genética y ancestral por el Tibidabo, por la montaña, una marca recidiva que mi padre, aprovechando la coartada de su negocio de ultramarinos bien instalado en una esquina un tanto deslucida de la calle Mallorca, quería ignorar y se empeñaba en eliminar de entre mis variadas, extrañas para él, inclinaciones.  Nosotros no tenemos nada que ver con la montaña, hija, me decía, somos gente de los valles, la montaña fue para nosotros algo accidental. Long way, le decía yo a mi padre. Y también le decía: el camino de arriba y el camino de abajo son el mismo camino y tanto da el Tibidabo como el Eixemple. Mi padre, que había hecho la mili en el cuartel zaragozano de Valdespartera, pateando (con los dientes apretados de rabia) en los desfiles sobre las fosas comunes de muertos y fusilados recientes todavía (veinte años no es nada), no entendía esto de la hipnopomía.  Insisto, yo le parecía una niña muy extraña, o eso me parecía a mí que le parecía a él. Una vez, Albertina intentó explicarle y hacerle comprender. Para que me ayudara y me protegiera en lo posible. Creo que se sintió sobrepasado, y se marchó. No voy a reprochárselo, ya no. Con el tiempo una acaba por entender casi todo. Más aún siendo hipnopómpica, ¿cómo no voy a esforzarme en comprender, si yo soy tan incomprensible, incluso para la ciencia? ¿Cómo no voy a comprender, si la vida era lo que era? Entre otras muchas cosas, mi padre no podía asumir lo que veía en mí, y sólo repetía: tú no tienes que fijarte ni en la gente de la Avenida del Tibidabo ni en la gente del Eixemple. Nosotros no somos ni de la montaña ni de la ciudad. Somos gente de los valles; la gente de los valles está demasiado apegada a la tierra que trabaja, siempre se mueve siguiendo los ríos y siempre estaremos sometidos al descenso depredador de la gente de la montaña o a la esquilmación insufrible de los poderosos especuladores en la ciudad. Pero Albertina dice, le contestaba yo a mi padre entonces, dice que todo es principio y todo es fin, por separado y a la vez, y que cualquiera puede ser lo que quiera ser, cualquiera puede ser otro, y lo puede ser en cualquier momento, y que no importa nada sino el poder del deseo y la imaginación, el poder de la transformación. Cualquier cosa puede ser todo, dice Albertina, le insistía yo a mi padre muchas veces en la trastienda del colmado. La loca de tu abuela …, se enfadaba él. Mejor si nunca viniera a vernos. Aprende esto bien, hija (¿podré, padre, alguna vez llamarme Helia?, -y él replicaba: pero, ¿es un nombre, eso, hija?-): no hay mayor desigualdad entre las personas que el lugar donde nacen.  Padre, yo nací en la Plaza Real, padre (le llamaba padre, no papá, en los momentos solemnes): ¿qué quiere eso decir, entonces? Nada, en tu caso no quiere decir nada, hija; la Plaza Real no es un lugar, es más bien un escenario, en todo caso un lugar de paso ¿entiendes?

¿Entiendes?

De eso se trata esto, de entender, pues. O no. Mi lugar natural: un escenario.

Rebobino y recompongo un poco todo  (ya me disculpara, amigo lector: una de las consecuencias de la hipnopompia es que muchas veces capas de ideas e imágenes acuden y se agolpan en mi cabeza, se atascan y atropellan y no guardan orden adecuado para su óptima transmisión). Bien:

Unas décadas antes más o menos de que mi padre prestara su servicio militar en el cuartel de Valdespartera (Zaragoza), su padre y su madre, recién casados, se fueron a Barcelona. Emigraron. Las gentes de los valles de Aragón que llegaban a Barcelona solían quedarse por entonces en Poble Sec. Nada ya de Tibidabo, me insistía, y en la calle Mallorca, hija, siempre nos verán como criados, me diría también mi padre. Él había aceptado unas cuantas cosas negociadas por decreto con el no-abuelo Basilio.  A cambio, pudo llevarse a mi madre a Barcelona, después de casarse. En una sola cosa se mostró intransigente mi padre: nunca debe olvidarse de donde viene uno, hija, me decía; en la forma que sea, hay que guardar memoria, no alejarnos en exceso del punto de origen. No creí que tuviera razón, hasta hace no mucho tiempo pensé que aquella sentencia de mi padre huido era un rasgo más de cobardía. El camino de arriba y el camino de abajo, decía yo, cuando no creía que mi padre tuviera razón. Hacerse a sí mismo … me ilusionaba, cuando recordaba, con rabia y los dientes apretados contra la almohada, a mi padre que se había ido y nos había olvidado, al parecer. Sin embargo, es verdad que es imposible alejarse del origen. El origen, el principio, siempre está. Mi padre ausente tenía razón. Lo malo es que en mi caso esta certeza no me ayuda nada, porque al ser hipnopómpica no puedo sino reconocer (o algo así) en mí varios orígenes. Y es así, en verdad, así es.

Decía yo que en una cosa se mostró intransigente mi padre con el abuelo Basilio: no viviría con su familia en la zona del Eixample; trabajaría allí, comerciaría allí, pero las pocas horas de vida que le restaban a la semana para él –se autoafirmaba- las pasaría lejos. Basilio se opuso a que mi madre y mi padre se instalarán en Poble Sec (un barrio poco recomendable, decía). Están construyendo buenos pisos en Vilapicina, cerca de Verdún, en una avenida que se llama Felipe II, le replicó mi padre a mi abuelo. Felipe II es una garantía, concedió Basilio (ex-falangista). Allí, por tanto, pasé una parte de la infancia. Y otra cerca de la calle Mallorca, en el colegio de monjas en el que las influencias del no-abuelo Basilio consiguieron que ingresara. Aunque yo no entraba nunca al colegio por la puerta principal, porque no quiso mi padre: entraba por la puerta lateral, la de la caridad, con la cabeza alta, -claro, padre- y si alguien te insinúa que has de hacer de criadita de esas niñas bien que van a ese colegio que te ha buscado tu abuelo (eso pasaba, sí, eso les pasaba a las alumnas que entraban al colegio por la puerta lateral de la caridad), se lo dices a tu padre, ¿me oyes? -claro, padre-. Pero no pasó, y no gracias al orgullo de mi padre, sino gracias a las amistades del no-abuelo Basilio, que había sido falangista, aunque yo no lo sabía).

Todos los días íbamos y volvíamos en tranvía entre el Eixemple y Vilapicina, el barrio donde vivíamos. Pequeñas migraciones diarias. Pequeñas y constantes migraciones que son el motor del Universo, que son los movimientos que tensan la red del espacio-tiempo, que nos convierten constantemente en otros aunque no nos guste, o aunque nos guste. Todas las células de mis antepasados trasladándose día tras día en tranvía.  Y antes en tren, bajo la carbonilla, desde el valle a la industria, células y máquinas para crecer, vivir, crecer, continuamente moviéndose, hasta que de repente, la muerte, por ejemplo. Todo o nada de repente. Un disparo que de repente se detiene contra el cuerpo del padre de mi padre, y el cuerpo a su vez se detiene, y una parte de la línea del tiempo se detiene en la mañana del 19 de Julio de 1936 en la explanada de la Bretxa de Sant Pau (Poble Sec).

¿Tú sabías esto, Albertina? Quizás, no. La gente se volvió desconfiada. Quizás mi padre nunca lo contó a nadie, excepto a mí aquella mañana de domingo. Alguien se lo contaría a él, quizás su madre. Sin embargo, tú, Albertina, no le contaste a mi madre lo sucedido a las orillas del Canal Imperial, pocos días después del suceso en la Bretxa (agujero, sima espacio-temporal). Tan próximos y paralelos los universos temporales de mi madre y de mi padre, y tan extrañas sus vidas, tan imposibles de armonizar. Tú lo sabías, Albertina, entre los dos sumaban demasiada sombra. Pero no hiciste nada. Y yo, sin raíces, flotando: demasiada sombra, demasiadas líneas rotas, demasiada realidad simulada.

– Sí que lo sabía, querida Helia, suelo saberlo casi todo. Es mi poder y mi debilidad. Contigo siempre ha sido mi debilidad. Sólo quería cuidarte y salvarte. ¿Nunca pararás, Helia?

– No puedo parar, Albertina. Nadie puede salvar a nadie (brechas, simas, agujeros negros diminutos e insondables, cruzando entre todos nosotros, perdidos todos)

¿Qué parte de mí se me perdió esa mañana de julio? (todo lo importante ocurre en julio). La Bretxa de Sant Pau. ¿Se rompe la cadena del movimiento migratorio eterno si una de las líneas del tiempo que conducen hasta ti no te alcanza? ¿Qué parte o qué partes de mi misma siguieron la trayectoria de aquel disparo en Poble Sec, qué partes de mi misma inmóviles y perdidas para siempre? Nada se pierde. Todas las células de mis antepasados se recomponen dentro de mí como en una fotografía, mejor, como en una película. Al fin y al cabo solamente es posible saber por aproximación.

 

Título: Saldo migratorio.

Sipnosis: Una joven pareja de aragoneses emigra a principios de los años treinta del siglo XX a la ciudad de Barcelona. Él es un obrero anarquista. El poco trabajo que hay en la ciudad aragonesa y los muchos riesgos que él corre ya por sus actividades (Zaragoza era un centro capital del anarquismo en aquellos años y las revueltas y sucesos se multiplicaban), les llevan a la capital catalana, a donde ya han llegado antes tantos paisanos, también muchos correligionarios. Poble Sec, en Barcelona, es un barrio de emigración y con fuerte implantación anarquista, sobre todo del sindicato de la madera. El porvenir de la joven pareja se trunca con el estallido de la contienda civil de 1936, pues el joven muere en los combates que tienen lugar en la Bretxa de Sant Pau, en Poble Sec, cuando la población civil logra frenar la entrada al barrio de los militares alzados en la ciudad. Años después, el hijo de este hombre debe hacer el servicio militar obligatorio en Zaragoza. Es el año 1954, y en plena dictadura, conoce a la hija de un ex-falangista y se enamora. Después de un estricto noviazgo, ambos se instalan en Barcelona. Todo parece ir bien. Pero, al cabo de algunos años algo ocurre (o no ocurre nada que impida las sombras), y él desaparece sin más explicación. Su mujer regresa a Zaragoza con las dos hijas nacidas del matrimonio, y allí son acogidas por los abuelos, Albertina y Basilio. Muchos años después, la hija mayor del matrimonio, Helia Álvarez, irá descubriendo esta historia que no conocía y algunas cosas más, de igual importancia y gravedad, que ahora no corresponde explicar. Todo ello la conduce a una total descontextualización de su identidad, acentuándose por ello claramente los rasgos de su personalidad hipnopómpica, sin duda acuciada por la necesidad de completar las posibilidades ignotas  y/o no formalizadas de su historia (piénsese que  “no formalizadas”, no quiere decir exactamente “no existentes”, ya que no hay nada ni nadie que no esté sometido a cambio constante, a endo-migración perpetua).

– Así, Helia, que de esto va todo este teatro al que llamas Pop-pins, otra vez.

 – Bueno, más o menos, Albertina. En todo caso, para eso estáis aquí convocadas Rose Mary Taylor y tú. Para que me expliquéis, Albertina. Muchas horas de archivos e hipnopompia he empleado en recorrer ese camino por mí misma. Ahora debéis hablar.

 – ¿Y Patrick?

– Ojalá no me hubiera abandonado

 – Ojalá no es nada, Helia, que no eras Helia, Álvarez.

Memoria_tranvía

El recuerdo es flexible. Imita un proceso de ida y vuelta, pero no lo es. Recordar no es revivir. Es simplemente vivir. Volver a hacerlo.  El recuerdo es flexible como la goma del juego, pero nunca recupera su forma de partida.  Recordar es vivir diferentemente. Otra vida. El juego de la goma me enseñó a hacer diferentes figuras y acrobacias con los pies y el pedazo de materia elástica que alguien/otros sostenían.  No hay recuerdos vacíos. La memoria va modificando las condiciones/nos modifica. Si recordamos, cambiamos. Somos materia elástica. Sostenida sobre otros. El juego de la goma era geométricamente contradictorio: forma momentáneamente definida (rectángulo o líneas paralelas) que soporta otras formas que generan posibilidades. Otra vida.  Atarse y desatarse. Vida y memoria. 1964. Cromos y paz, Vida y color. Me explico.

En el colmado familiar descubrí los polos de chocalate. El colmado estaba en la calle Mallorca de Barcelona. Mi padre abrió esa tienda poco antes de casarse con mi madre en Zaragoza.  Cuando cerraba el colmado volvíamos al barrio por la tarde. A jugar a la goma aprendí en la calle Mallorca, con niñas de otra clase social (ellas me enseñaban su juego recién descubierto desde esa otra posición de privilegio, y yo lo sabía). Pero la goma flexible se estiró a lo largo de la vía del tranvía -ambas líneas paralelas, goma y vía-, sin romperse: transformación. Yo me asomaba a través de la ventanilla-guillotina. Para no marearme. Siempre que volvía a casa desde el mar o desde la calle Mallorca en el tranvía me mareaba. Si venía desde otros lugares, no. Sólo desde el mar y de la calle Mallorca, del colmado, de otro mundo que nunca sería el mío. Imaginar que las vías del tranvía eran los elásticos paralelos del juego de la goma estirándose y estirándose me ayudaba a no marearme: dimensión no abarcable.  Los hipnopómpicos mantenemos mejor el equilibrio si no hacemos pie, al revés que la mayoría de la gente. Aunque entonces yo no podía relacionar todo esto. Yo creía que la goma era un juego culto y de chicas bien. Pero era igual de cutre que todos los demás. Porque en 1964 la calle Mallorca también olía a rancio. Y era el único denominador común. Cromos. Paz, 25 años. Los hipnopómpicos, ya se sabe, mezclamos las propiedades de los sueños y de la realidad; para nosotros solo existe la mutación.  A Hard Days Night: http://youtu.be/cD4TAgdS_Xw

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