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Las Hipnopómpicas

Territorio Poppins

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Anarquismo

Making on: arqueología del punto de vista

Proyecto Pop-pins ha sufrido muchas metamorfosis previas a esta su paulatina materialización. Transformaciones a priori de ser comunicado. Metamorfosis en mi cabeza, en las notas de los cuadernos (tengo anotaciones de índole diversa en cuatro cuadernos gordos de anillas, y siguen creciendo). Al Proyecto Pop-pins le ha dado tiempo -seguramente debido a la falta de tiempo, que siempre y con machaconería lamento-  a mutar bastante radicalmente en cuanto a su propósito, formato, instrumental de trabajo requerido, y algunas cosas más, seguramente.

Una de las últimas reformulaciones vino directamente motivada por el descubrimiento de la instalación Forats de Bala, llevada a cabo por el equipo de Arqueología del punto de vista a partir de la reinserción de fotografías realizadas por Agustí Centelles al estallar la Guerra Civil en Barcelona en los propios espacios urbanos actuales donde fueron tomadas en aquel pasado.

En palabras del propio equipo de Arqueología del punto de vista, «el objetivo de estas actividades es descubrir cómo la refotografía puede ayudarnos a concebir la Historia y a obtener una novedosa experiencia del lugar que nos envuelve».

La fotografía que ahora encabeza esta web de Proyecto Pop-pins (la barricada que se organizó en la Bretxa de Sant Pau, en el Paralelo, donde los anarquistas repelieron el avance de los sublevados dentro del barrio)  es precisamente una de estas refotografías llevadas a cabo por Arqueología del punto de vista, dentro de los itinerarios «Passejant Centelles»

(http://arqueologiadelpuntdevista.com/rutaswalks/passejant-centelles

La intencionalidad de la refotografía me pareció muy próxima a la forma en que yo quería construir la narración de Pop-pins. Y también me pareció que tenía mucho que ver con las experiencias hipnopómpicas.

Tumbas anarquistas

hermanos-Ascaso-en-Ramblas

Huecos, vacíos, desapariciones …, por eso

este audio puede preceder a la lectura de

Carta al padre (desaparecido) – Capítulo en el libro «Territorio Pop-pins»

(pincha en la imagen para acceder al audio sobre las «tumbas anarquistas»)

Rose Mary Taylor Poppins

16:55 h.

 

Si al anarquista León Ponce no se lo hubiera llevado el comienzo de la guerra, lo hubiera hecho Rose Mary Taylor, la Poppins. Eso me repetía Albertina. A nadie más se lo decía sino a mi. Para el resto, silencio como siempre. El resto tomaba esa insistencia como la chaladura de una anciana, que además ya se sabe que nunca ha estado muy en sus cabales: me miran de reojo entonces, porque todo el mundo piensa que yo doy signos de las mismas rarezas de Albertina, aunque tal convencimiento nadie lo enuncie formalmente. La Poppins murmuraba una y otra vez, reforzando con la ironía ese Poppins, que a mí me hacía gracia, pero que ella medio mascaba amargo y cabreada. Cuéntame qué te dijo cuando la viste en Londres, me pedía. No la vi en Londres, la vi en Portmeirion, y ya sabes tú lo que me contó. No le sigas tanto la corriente, se quejaba mi madre. Dímelo todo, replicaba Albertina.  Yo le apretaba la mano e insistía en el ya te lo dije, sin explicarle de nuevo todo lo que en su momento ya le había contado que a su vez me había referido Rose Mary Taylor, cuando la fui a visitar con Patrick a Portmeirion, unos meses antes.  Estupefacta y herida como me sentía (no sé por qué, no tenía derecho), a mi regreso a casa encaré brutalmente a Albertina con el relato de Rose Mary. No debes repetir nunca lo que hemos hablado me contestó ella. Ya no tiene sentido. Es lo que me pidió, mientras procuraba rebajar mi ira y apartar mi mirada impía. Aquellos días previos a tu muerte, Albertina, sin embargo, insistías e insistías en que te repitiera el relato de Rose Mary, y no te comprendí. Vivo con esta quera, de verdad. No haber comprendido tu necesidad de volver a escuchar la historia de Rose Mary Taylor, tu propia historia, como una revelación venida desde fuera, definitivamente, antes de morirte.

Rose Mary Taylor Poppins se presentó en casa de Albertina un día de mediados de agosto de 1936 para decirle que a León le habían reconocido aquella mañana, al poco de amanecer, algunos compañeros, aunque no pudieron rescatar su cadáver, acribillado a tiros en la playa del Canal Imperial, junto a Torrero. Rose Mary me aseguró que este episodio triste era verdad y no sólo un sueño terrible, como yo había creído hasta aquel momento. Si yo hubiera estado allí entonces en carne y hueso, y no de esta manera  en la que lo he vivido, como de aparecida o de sustancia holográfica, propia de los episodios hipnopómpicos, no le hubiera dejado abrir la puerta a Albertina, cuando llamó Rose Mary. Para qué. Ganas de complicarse. Pero Albertina, que ya sabe que yo soy insistente y que la miro y la vigilo en su casa, en esa mañana de agosto de 1936, me responde que no es tan fácil, que para callar es preciso saber antes. Porque de otra forma lo que guardamos no es silencio, sino ignorancia.

Rose Mary y León Ponce habían sido amantes desde hacía más de un año. Rose Mary era periodista y había llegado desde Madrid y antes desde Londres. Vino a Zaragoza porque la ciudad era un sin vivir de noticias continuas a causa de los conflictos sociales y políticos. Luego se quedó enganchada a León y definitivamente atrapada por el ambiente febril de los meses anteriores a la sublevación militar y a la guerra civil;  meses difíciles e intensos, siempre al borde del dolor y de la muerte. La intensidad engancha, genera adrenalina. Albertina mucho había barruntado de esa historia irremediable de amor y de fascinación entre León y Rose Mary, tan propia de la época pensaba yo, pensando en las películas de la época. Pero su algo más que intuición no la libró de la ira cuando se topó de golpe con la mirada de la inglesa, al abrirle la puerta de su casa, mientras Rose Mary le cuenta inconsolable, atropellada, en mal castellano, que León estaba muerto. Pero a Albertina ya se lo habían dicho: que lo habían tiroteado antes del amanecer. Basilio había subido temprano al poco de abrir su tienda de ultramarinos (la tienda está en los bajos de la casa: en el mismo lugar que reconozco décadas y décadas después oculta tras su transformación acelerada de los últimos tiempos en zapatería de barrio, al jubilarse mi madre, luego en verdulería, en tienda de venta de ordenadores, en etc., etc.,  – signo de los tiempos: durante casi un siglo inmutable ultramarinos y luego metamorfosis continua, morphing incansable…) Bien, al punto que se llevaron a León, tres días antes de la aparición de Rose Mary, Basilio les había dicho a sus correligionarios que cuando sucediera lo de León Ponce le hicieran el favor de ponerlo en su conocimiento. Le tenía aprecio a la viuda, dijo, era buena clienta suya, dijo, y prefería que se enterase por él que por otros, dijo. Dijo viuda. Aunque no estaban casados, Albertina y León no estaban casados. Aunque León todavía estaba vivo en ese momento en el que Basilio hablaba con los suyos. Al tercer día sus amigos, que hacían guardia en el cuartel de Ruiseñores aquella madrugada, se dieron prisa en contárselo. Basilio llamó al timbre mostrándole a Albertina un canasto lleno de alimentos en la otra mano. Hay que vivir, Albertina. Hay que vivir, señorita, repitió Albertina a Rose Mary Taylor, que seguía llorando apoyada sobre la mesa de la salita. Mi madre decía (antes de que se le nublara la memoria) que se acordaba de las cartas que en los años cuarenta y cincuenta llegaban desde un pueblo de Gales, llamado Portmeirion, y que Basilio, siempre le gritaba a Albertina que aquello se tenía que acabar. Como si el silencio tuviera principio o final, pensaba Albertina. Siempre es la hora del té en alguna parte de nosotros mismos.

 

Saldo migratorio

13:45 h.

 

En el año 13.699.900.000 aprox. del Universo uno de mis antepasados decidió emigrar, y no lo hizo solo. Long, long way. A veces recuerdo (o presiento) a todo aquel grupo humano recorriendo los andenes de la Estación del Norte de Barcelona. Están asustados mis antepasados y atónitos, están desorientados y no saben si dirigirse en la dirección por donde ven aparecer el sol (tierra de promisión inagotable será, si sale el sol una vez y otra y siempre), o hacia lo que ellos ni siquiera saben todavía que es el oeste -tanta fue al principio la ignorancia de todo-, sin luz (sin sombra, pues: la sombra habrá de ser por siempre traicionera, ya lo intuyen mis antepasados entonces, porque la ignorancia no impide la intuición). Por aquello de la seguridad, ascienden finalmente la montaña. Aunque enseguida se arrimarán un poco más al mar.

Cuando yo era niña todavía mostraba esa querencia genética y ancestral por el Tibidabo, por la montaña, una marca recidiva que mi padre, aprovechando la coartada de su negocio de ultramarinos bien instalado en una esquina un tanto deslucida de la calle Mallorca, quería ignorar y se empeñaba en eliminar de entre mis variadas, extrañas para él, inclinaciones.  Nosotros no tenemos nada que ver con la montaña, hija, me decía, somos gente de los valles, la montaña fue para nosotros algo accidental. Long way, le decía yo a mi padre. Y también le decía: el camino de arriba y el camino de abajo son el mismo camino y tanto da el Tibidabo como el Eixemple. Mi padre, que había hecho la mili en el cuartel zaragozano de Valdespartera, pateando (con los dientes apretados de rabia) en los desfiles sobre las fosas comunes de muertos y fusilados recientes todavía (veinte años no es nada), no entendía esto de la hipnopomía.  Insisto, yo le parecía una niña muy extraña, o eso me parecía a mí que le parecía a él. Una vez, Albertina intentó explicarle y hacerle comprender. Para que me ayudara y me protegiera en lo posible. Creo que se sintió sobrepasado, y se marchó. No voy a reprochárselo, ya no. Con el tiempo una acaba por entender casi todo. Más aún siendo hipnopómpica, ¿cómo no voy a esforzarme en comprender, si yo soy tan incomprensible, incluso para la ciencia? ¿Cómo no voy a comprender, si la vida era lo que era? Entre otras muchas cosas, mi padre no podía asumir lo que veía en mí, y sólo repetía: tú no tienes que fijarte ni en la gente de la Avenida del Tibidabo ni en la gente del Eixemple. Nosotros no somos ni de la montaña ni de la ciudad. Somos gente de los valles; la gente de los valles está demasiado apegada a la tierra que trabaja, siempre se mueve siguiendo los ríos y siempre estaremos sometidos al descenso depredador de la gente de la montaña o a la esquilmación insufrible de los poderosos especuladores en la ciudad. Pero Albertina dice, le contestaba yo a mi padre entonces, dice que todo es principio y todo es fin, por separado y a la vez, y que cualquiera puede ser lo que quiera ser, cualquiera puede ser otro, y lo puede ser en cualquier momento, y que no importa nada sino el poder del deseo y la imaginación, el poder de la transformación. Cualquier cosa puede ser todo, dice Albertina, le insistía yo a mi padre muchas veces en la trastienda del colmado. La loca de tu abuela …, se enfadaba él. Mejor si nunca viniera a vernos. Aprende esto bien, hija (¿podré, padre, alguna vez llamarme Helia?, -y él replicaba: pero, ¿es un nombre, eso, hija?-): no hay mayor desigualdad entre las personas que el lugar donde nacen.  Padre, yo nací en la Plaza Real, padre (le llamaba padre, no papá, en los momentos solemnes): ¿qué quiere eso decir, entonces? Nada, en tu caso no quiere decir nada, hija; la Plaza Real no es un lugar, es más bien un escenario, en todo caso un lugar de paso ¿entiendes?

¿Entiendes?

De eso se trata esto, de entender, pues. O no. Mi lugar natural: un escenario.

Rebobino y recompongo un poco todo  (ya me disculpara, amigo lector: una de las consecuencias de la hipnopompia es que muchas veces capas de ideas e imágenes acuden y se agolpan en mi cabeza, se atascan y atropellan y no guardan orden adecuado para su óptima transmisión). Bien:

Unas décadas antes más o menos de que mi padre prestara su servicio militar en el cuartel de Valdespartera (Zaragoza), su padre y su madre, recién casados, se fueron a Barcelona. Emigraron. Las gentes de los valles de Aragón que llegaban a Barcelona solían quedarse por entonces en Poble Sec. Nada ya de Tibidabo, me insistía, y en la calle Mallorca, hija, siempre nos verán como criados, me diría también mi padre. Él había aceptado unas cuantas cosas negociadas por decreto con el no-abuelo Basilio.  A cambio, pudo llevarse a mi madre a Barcelona, después de casarse. En una sola cosa se mostró intransigente mi padre: nunca debe olvidarse de donde viene uno, hija, me decía; en la forma que sea, hay que guardar memoria, no alejarnos en exceso del punto de origen. No creí que tuviera razón, hasta hace no mucho tiempo pensé que aquella sentencia de mi padre huido era un rasgo más de cobardía. El camino de arriba y el camino de abajo, decía yo, cuando no creía que mi padre tuviera razón. Hacerse a sí mismo … me ilusionaba, cuando recordaba, con rabia y los dientes apretados contra la almohada, a mi padre que se había ido y nos había olvidado, al parecer. Sin embargo, es verdad que es imposible alejarse del origen. El origen, el principio, siempre está. Mi padre ausente tenía razón. Lo malo es que en mi caso esta certeza no me ayuda nada, porque al ser hipnopómpica no puedo sino reconocer (o algo así) en mí varios orígenes. Y es así, en verdad, así es.

Decía yo que en una cosa se mostró intransigente mi padre con el abuelo Basilio: no viviría con su familia en la zona del Eixample; trabajaría allí, comerciaría allí, pero las pocas horas de vida que le restaban a la semana para él –se autoafirmaba- las pasaría lejos. Basilio se opuso a que mi madre y mi padre se instalarán en Poble Sec (un barrio poco recomendable, decía). Están construyendo buenos pisos en Vilapicina, cerca de Verdún, en una avenida que se llama Felipe II, le replicó mi padre a mi abuelo. Felipe II es una garantía, concedió Basilio (ex-falangista). Allí, por tanto, pasé una parte de la infancia. Y otra cerca de la calle Mallorca, en el colegio de monjas en el que las influencias del no-abuelo Basilio consiguieron que ingresara. Aunque yo no entraba nunca al colegio por la puerta principal, porque no quiso mi padre: entraba por la puerta lateral, la de la caridad, con la cabeza alta, -claro, padre- y si alguien te insinúa que has de hacer de criadita de esas niñas bien que van a ese colegio que te ha buscado tu abuelo (eso pasaba, sí, eso les pasaba a las alumnas que entraban al colegio por la puerta lateral de la caridad), se lo dices a tu padre, ¿me oyes? -claro, padre-. Pero no pasó, y no gracias al orgullo de mi padre, sino gracias a las amistades del no-abuelo Basilio, que había sido falangista, aunque yo no lo sabía).

Todos los días íbamos y volvíamos en tranvía entre el Eixemple y Vilapicina, el barrio donde vivíamos. Pequeñas migraciones diarias. Pequeñas y constantes migraciones que son el motor del Universo, que son los movimientos que tensan la red del espacio-tiempo, que nos convierten constantemente en otros aunque no nos guste, o aunque nos guste. Todas las células de mis antepasados trasladándose día tras día en tranvía.  Y antes en tren, bajo la carbonilla, desde el valle a la industria, células y máquinas para crecer, vivir, crecer, continuamente moviéndose, hasta que de repente, la muerte, por ejemplo. Todo o nada de repente. Un disparo que de repente se detiene contra el cuerpo del padre de mi padre, y el cuerpo a su vez se detiene, y una parte de la línea del tiempo se detiene en la mañana del 19 de Julio de 1936 en la explanada de la Bretxa de Sant Pau (Poble Sec).

¿Tú sabías esto, Albertina? Quizás, no. La gente se volvió desconfiada. Quizás mi padre nunca lo contó a nadie, excepto a mí aquella mañana de domingo. Alguien se lo contaría a él, quizás su madre. Sin embargo, tú, Albertina, no le contaste a mi madre lo sucedido a las orillas del Canal Imperial, pocos días después del suceso en la Bretxa (agujero, sima espacio-temporal). Tan próximos y paralelos los universos temporales de mi madre y de mi padre, y tan extrañas sus vidas, tan imposibles de armonizar. Tú lo sabías, Albertina, entre los dos sumaban demasiada sombra. Pero no hiciste nada. Y yo, sin raíces, flotando: demasiada sombra, demasiadas líneas rotas, demasiada realidad simulada.

– Sí que lo sabía, querida Helia, suelo saberlo casi todo. Es mi poder y mi debilidad. Contigo siempre ha sido mi debilidad. Sólo quería cuidarte y salvarte. ¿Nunca pararás, Helia?

– No puedo parar, Albertina. Nadie puede salvar a nadie (brechas, simas, agujeros negros diminutos e insondables, cruzando entre todos nosotros, perdidos todos)

¿Qué parte de mí se me perdió esa mañana de julio? (todo lo importante ocurre en julio). La Bretxa de Sant Pau. ¿Se rompe la cadena del movimiento migratorio eterno si una de las líneas del tiempo que conducen hasta ti no te alcanza? ¿Qué parte o qué partes de mi misma siguieron la trayectoria de aquel disparo en Poble Sec, qué partes de mi misma inmóviles y perdidas para siempre? Nada se pierde. Todas las células de mis antepasados se recomponen dentro de mí como en una fotografía, mejor, como en una película. Al fin y al cabo solamente es posible saber por aproximación.

 

Título: Saldo migratorio.

Sipnosis: Una joven pareja de aragoneses emigra a principios de los años treinta del siglo XX a la ciudad de Barcelona. Él es un obrero anarquista. El poco trabajo que hay en la ciudad aragonesa y los muchos riesgos que él corre ya por sus actividades (Zaragoza era un centro capital del anarquismo en aquellos años y las revueltas y sucesos se multiplicaban), les llevan a la capital catalana, a donde ya han llegado antes tantos paisanos, también muchos correligionarios. Poble Sec, en Barcelona, es un barrio de emigración y con fuerte implantación anarquista, sobre todo del sindicato de la madera. El porvenir de la joven pareja se trunca con el estallido de la contienda civil de 1936, pues el joven muere en los combates que tienen lugar en la Bretxa de Sant Pau, en Poble Sec, cuando la población civil logra frenar la entrada al barrio de los militares alzados en la ciudad. Años después, el hijo de este hombre debe hacer el servicio militar obligatorio en Zaragoza. Es el año 1954, y en plena dictadura, conoce a la hija de un ex-falangista y se enamora. Después de un estricto noviazgo, ambos se instalan en Barcelona. Todo parece ir bien. Pero, al cabo de algunos años algo ocurre (o no ocurre nada que impida las sombras), y él desaparece sin más explicación. Su mujer regresa a Zaragoza con las dos hijas nacidas del matrimonio, y allí son acogidas por los abuelos, Albertina y Basilio. Muchos años después, la hija mayor del matrimonio, Helia Álvarez, irá descubriendo esta historia que no conocía y algunas cosas más, de igual importancia y gravedad, que ahora no corresponde explicar. Todo ello la conduce a una total descontextualización de su identidad, acentuándose por ello claramente los rasgos de su personalidad hipnopómpica, sin duda acuciada por la necesidad de completar las posibilidades ignotas  y/o no formalizadas de su historia (piénsese que  “no formalizadas”, no quiere decir exactamente “no existentes”, ya que no hay nada ni nadie que no esté sometido a cambio constante, a endo-migración perpetua).

– Así, Helia, que de esto va todo este teatro al que llamas Pop-pins, otra vez.

 – Bueno, más o menos, Albertina. En todo caso, para eso estáis aquí convocadas Rose Mary Taylor y tú. Para que me expliquéis, Albertina. Muchas horas de archivos e hipnopompia he empleado en recorrer ese camino por mí misma. Ahora debéis hablar.

 – ¿Y Patrick?

– Ojalá no me hubiera abandonado

 – Ojalá no es nada, Helia, que no eras Helia, Álvarez.

Mayo 1936

Einstein en Zaragoza, 1923

Marzo, 1923

NOTICIERO_einstein

«Arriba a nuestra ciudad el 12 de Marzo el físico de fama universal Einstein para pronunciar dos conferencias sobre su teoría de la relatividad, que solo una media docena de personas en el mundo están preparadas para comprender en su totalidad: el sabio ha explicitado alguna vez que la esencia de su teoría está en el tiempo y que mucha gente puede -0 así lo cree- entender que el espacio material haya tenido un principio y tenga un fin, pero no eso mismo del tiempo, no pudiendo imaginarse un «antes» y un «después» sin tiempo que lo mida.

El salón de actos de la Facultad de Medicina se llena cuando a las 6 de la tarde se cierran sus puertas dejando al que se supone docto público dentro, como en la ópera (¿lo harían para que no se marchase nadie?),  ostentando la presidencia el rector, Dr. Royo Villanova, y dándole la bienvenida el catedrático D- Jerónimo Vecino. Al día siguiente otra conferencia presentada por el decano de la Facultad de Ciencias, Sr. Calamita. Las dos en claro y sencillo francés.

Einstein, con su melena al viento, viene de Madrid y va a Bilbao, verificando algunas visitas turísticas en nuestra ciudad (lo que más le gustó La Seo) entre agasajos, también por las sencillas gentes a las que les suena como sabio, aunque como Ramón y Cajal ninguno. Una castañera grita en el curso de una de esas visitats: «¡Viva el inventor del automóvil!» (Ruiz Marín, J. Crónica de Zaragoza, año por año. T.2 (1921-1939). pp. 48-49)

Unos meses después:

Anarquismo, la clandestinidad en la dictadura de Primo de Rivera

http://goo.gl/COUFRA

Aragón, durante la dictadura de Primo de Rivera

http://goo.gl/TFA0iR

calle_alfonso_1924

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