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Las Hipnopómpicas

Territorio Poppins

Categoría

Mary Taylor Poppins

El Prisionero

 

16:05 h.

Unos días después de que Patrick y yo regresáramos desde Londres y no mucho antes de morirse, -lo que terminó de hacer el 12 de febrero de 1984-, Albertina me contó que hubo dos grandes pasiones en su (extensa y mutante) vida. Al instante suavizó tal afirmación: bueno, hablo de pasiones hacia personas, lo cual no equivale siempre a pasiones amorosas o eróticas. Por otro lado, añade Albertina, también he tenido grandes pasiones intelectuales y emocionales. Albertina es una mujer muy complicada, tanto por carácter, como por el perfeccionado desarrollo que ha conseguido de su capacidad hipnopómpica, algo que nunca igualaré (hace falta bastante valor para ello). Es verdad que ya he logrado ubicarme casi a voluntad en distintos momentos temporales – lo cual no es exactamente viajar por el tiempo, es más bien algo así como vivir en primera persona la redifusión de un hecho real (no representación). Dentro de esa reposición histórica soy como otro personaje más: una habilidad que aprendí soñando, y que la hipnopompia me ha permitido ejercitar durante los momentos de tránsito entre sueño y vigilia, debido a la naturaleza dubitativa e híbrida de estos instantes. Pero esta destreza mía, con ser importante, no es comparable con los logros de Albertina, que incluso podía ser otras sin dejar de ser ella. No acostumbró a usar de esta habilidad maravillosa, sin embargo. Muy al contrario que Rose Mary Taylor, la Poppins, quien ha encarnado decenas y decenas de personas y personajes, tanto contemporáneos como no, pues ya digo que la hipnopompia vivida en perfección provoca vidas transformables. He dedicado mucho tiempo de la mía a investigar, a estudiar cuantos datos y pistas encuentro acerca de la multiplicada e indeterminada vida de la Poppins.  Insisto, no estamos hablando de fenómenos teatrales. No lo puedo explicar bien. Tiene más que ver con algo así como una personalidad cuántica, por aplicar un término objetivo (muy popular últimamente) que me ayude a hacerme entender.  Aunque, tomado el asunto en un sentido estrictamente práctico:  ¿quién no tuvo que someterse a brutales cambios de todo tipo en el enloquecido siglo 20? Algún día tal vez podré revelar al respecto hechos sorprendentes, tan insólitos como para trastocar la propia interpretación histórica de algunos momentos de ese siglo 20, cien años en verdad neuróticos. Dos grandes pasiones, decíamos, anunció Albertina, y dejó caer estos nombres: Marcel Proust y León Ponce. Mis ojos, al escucharla, se abrieron como los de un muñeco animado.

            – No he hablado de estas cosas con nadie; respecto a Marcel porque nadie de por aquí iba a creerme –ya me entiendes, la hipnopompia es lo que tiene: no da confianza a los demás y te desdibuja ante ellos-, y respecto a León, porque sencillamente no podía hacerlo. Fue convertido en un fuera de la ley, y aludir, siquiera mínimamente a él, hubiera sido demasiado arriesgado para mí y para todos vosotros.

            – ¿Prousssttt? ¿¿¿Marcel Prouuussst???, acerté sólo a preguntar, como boba, sin respetar para nada su emoción y su discurso un poco enternecido. Por entonces ya había yo leído La récherche du temps perdu (leído, anotado y copiado fragmentos en un cuaderno de hojas cuadriculadas cosidas con espiral, bastante gordo), y había leído igualmente cuanto encontré en la biblioteca de la Facultad de Letras y en la Librería Pórtico sobre la vida y la obra de Proust: jamás, nunca jamás, pero ni por lo más remoto de mi normalmente disparada imaginación,  se me habría ocurrido relacionar a Proust con mi Albertina. Ni por toda la hipnopompia del mundo. ¡Por favor!

            – ¿Y con León Ponce sí que me hubiera relacionado tu imperfecta intuición hipnopómpica, querida Helia, si no hubiera sido porque  la Poppins  te ha hablado de su existencia? Además, sí que mencioné una vez a Proust. Exactamente el mismo día que conociste a la Poppins. Aunque eras una niña, cierto, y si no te acuerdas es como si no te hubiera dicho nada. Está bien. No cuenta.

            Noté que Albertina quería ponerme en mi sitio y rebajé el tono:

            – Tienes razón, casi susurré. No sabía nada de León Ponce, evidentemente, hasta que conocí a Mary Taylor, ya que tú (golpe de voz intencionado) nunca me habías contado nada.

            – Insisto, Helia. No conociste a Mary Taylor Poppins hace unos meses, como crees. Ya veo que ella no te puso al día de todas las vicisitudes,  y  no sé si tampoco te explicaría que también León Ponce fue un hombre importante.  ¿Tú me sigues, Helia?

            -Me contó Rose Mary Taylor que León Ponce fue un dirigente destacado del anarcosindicalismo en Zaragoza. Supongo que eso era importante. Pero no me parece comparable con Marcel Proust.

            – Para ti y para mí, sobre todo para ti, fue más importante León Ponce que Proust, como ella ya se ha encargado de revelarte. En realidad, yo quería hablarte de Mary Taylor, – volvía Albertina sobre tu tema.

            – Háblame de Proust, le dije con petulancia, me interesa más. Segundo error, por mi parte, en todo lo que se refiere a Albertina y a Mary Taylor. El primero fue, en efecto,  no haber grabado en alguna de mi neuronas la primera mención que Albertina había hecho de toda esta historia, ahora lo sé, aquel día de mi infancia en que fuimos a ver Mary Poppins, la película, quiero decir, luego supe que con toda la intención por parte de Albertina, para intentar hilar alguna pista sobre nuestra verdadera (o no) historia. Ella no se explicó bien, todo hay que decirlo. Y, aunque tampoco sea excusa ciertamente,  en mi descargo debo aducir mi propia ignorancia en sí, mis pocos años en cualquier caso,  y también, en esta segunda ocasión de error, mi ávida rendición  en aquel momento al hipnopómpico mundo proustiano, que me hizo no ver lo que realmente era importante de aquella conversación con Albertina.

            A veces, siguió Albertina -dejándome así, por culpa mía, a mi propia suerte respecto a ciertos acontecimientos importantes para mi vida-, la muerte de alguien muy amado puede ser tan dolorosa como liberadora. Nadie lo expresa nunca así de crudamente. No se atreven. No resulta elegante. Yo te lo digo, porque lo sé. Dos veces por lo menos lo he experimentado. Con la muerte de Proust y con la de León, y no porque no haya amado a Basilio (¿de cuántas formas de amar somos capaces?, seguramente tantas como necesitemos), sino porque a esta edad que yo ya tengo la muerte de Basilio no me ha traído nada, sólo me ha quitado la parte de mi vida que él vivió. De todas formas ni uno solo de los hombres que dijeron amarme fue justo conmigo. Proust, querías saber… Bien … su entierro fue muy sonado. No digo que me alegrara su muerte, pero había sido muy injusto conmigo. Yo me sentí, durante el no mucho tiempo que viví en París, deslumbrada por él. De hecho, fue a su muerte cuando adopte este nombre, Albertina. No tiene mucho sentido guardar un mismo nombre durante toda la vida, aunque yo haya permanecido fie al de Albertina desde entonces. Es mejor ir cambiándolo según nosotros cambiamos. Cuando murió Proust, Celeste – no tengo que decirte quién era- abrió por fin ventanas y postigos, dejó que entrara el aire en aquella habitación repleta de fantasmas mentales; Proust era un condenado en vida, una especie de espectro neurasténico, aprisionado bajo la ineficacia de sus pulmones. Proust era hipnopómpico y un cobarde, mala combinación. Su enfermedad y los medicamentos le emparedaban durante días enteros entre el sueño y la vigilía. Muchos críticos, –leo bastante, querida Helia,- (lo sé, Albertina, no tienes que estar reivindicándote siempre) hablan de aventuras mentales. Lo son. Cien por cien. Aventuras hipnopómpicas. Sólo que para nosotros las aventuras hipnopómpicas, como bien sabes, son muy verdaderas. Si me hubiera dejado dominar por Proust, él hubiese acabado por conseguir que me convirtiera exclusivamente en un personaje literario. La vida no le interesaba, no estaba hecho para vivir. Siempre estaba quieto. Tan quieto como le fotografió Man Ray. Muerto. Eso es amistad: Man Ray (que era el artista de la luz y el movimiento, lo único que existe, decía siempre) inmortalizando el no transcurso en el rostro muerto de Proust. La memoria busca lo quieto. Pero no hay tiempo perdido. Luz y movimiento, eso es el tiempo, decía Ray. Todo lo que hacemos es pues simulación, representación. Eres buena actriz, Helia querida. Esa Poppins moderna del teatro que te has inventado te va como anillo al dedo, será un éxito, ya verás.[*]

El entierro de Proust también fue muy exitoso: vinieron todos, o casi; quiero decir todos los literatos y la alta sociedad. Los primeros casi no le conocían (yo raramente le vi con ninguno) y los segundos no podían faltar para que no se les notara el miedo a lo que Proust hubiera escrito de ellos o en la simulación de ellos (quedaban casi todos los tomos de La Récherche sin publicar). Su entierro parecía una de las soirées que solía organizar el conde Étienne de Beaumont. Proust habrá estado encantado en su ataúd. ¿Sabes, Helia, que Joyce, James Joyce, ni siquiera se quedó hasta el final del funeral? El estirado irlandés se largó en cuanto arrancó la Pavana para una infanta difunta de Ravel, que sonó en el funeral. Lo cierto es que asistió al funeral por pura y empachosa cortesía social -realmente no se conocían él y Proust-: un acto publicitario, diría yo, de sí mismo y de su Ulises, recién publicado (ya ves, las cuestiones sociales – no importa la época- se parecen siempre más de lo que creemos, porque en realidad siempre estamos haciendo el mismo tipo de elecciones). La Pavana la escuché entera, pero yo tampoco me quedé hasta el final del funeral. Qué mierda, y cuánta mierda me quedaba por vivir todavía. Pero ahora ya no resta mucho. Te veo preparada. Los hipnopómpicos no podemos morirnos hasta que alguien como nosotros y ligado a nosotros se encuentre en condiciones de ocupar nuestro lugar. Es una ley física de compensación natural entre lo real y lo posiblemente real. Cuando te fuiste a Londres creí que aún tendría que aguantar mucho tiempo: esta cría no sabe lo que quiere, pensé, y va a tardar mucho en enterarse. Pero ya estás aquí, y has madurado. Mejor.

Me decía estas cosas Albertina en 1984, ella tenía más de ochenta años, y yo no muchos más de veinte, más o menos los mismos que ella tendría cuando lo de París; en cambio yo acababa de regresar de Londres.

            – Estoy contenta. Estoy muy vieja y, como el pobre Proust, cansada, no de vivir sino de imaginar lo que no he vivido.

                -Joder, Albertina, qué mierda – yo no sabía muy bien qué responderle.

            – No hables mal. ¿Qué vas a hacer con Patrick? Es frágil Patrick. Piensa demasiado en los hechos. Para sobrevivir a orillas del Mediterráneo no se puede ser tan positivista. La gran cárcel del mundo, querida Helia, el gran teatro. Patrick siempre tiene un Rover detrás y me recuerda mucho al chico que acompañaba a Mary Gilberta Swann Poppins en el funeral de Proust. Era un espía secreto demasiado vehemente. Acabaron por descubrirle. Hay que medir muy bien el peso de la realidad; no es tan importante la realidad como creemos. Cabe en una habitación: Proust lo demostró. París era entonces la capital mundial tanto del arte como del espionaje, -que se habían instalado en la ciudad con la Primera Guerra Mundial, claro-, así que imagina que cantidad de historias pululaban por sus calles… Pero a Proust no le hacía falta más que una habitación. Parece imposible que yo estuviera allí entonces. Me hace sentirme muy culpable. No debí regresar a España. No es tan importante la realidad, ahora lo sé. No me hubiera ido mal siendo solamente un personaje. Muy tarde. Quizás tendrías que hacerle caso a Patrick y volver a Londres.

            – Albertina, ¿estás bien? – yo no tenía ni asomo de intuición de que estuviera pensando en quitarse la vida.

            – A mí tampoco me cae bien tu madre, pero la quiero. Ten paciencia… La Sección Femenina ha sido mucho peor que todos los Rover del universo juntos: hay consignas que colapsan el cerebro; nada que pensar, nada que temer. Nada que decir. La dictadura fue feroz con las mujeres. Y fue algo peor, fue perversa al convertirlas a ellas mismas en las principales mantenedoras de las costumbres que las aniquilaban. ¿Te acuerdas de que veíamos juntas aquella serie tan buena, El Prisionero? Patrick MacGoohan era el Número 6, un espía desafecto y cabreado, confinado dentro de los muros invisibles de La Villa.

            – Me fascinaba el aspecto de La Villa. No sé lo que daba más terror si que La Villa fuera una cárcel, o que no supiéramos en qué lugar del planeta se encontraba. ¿Albertina, qué te pasa?

            – He fracasado, hija, he fracasado. Y temo por ti.

            – Cuéntame lo de París, lo de Proust.

            – Me acuerdo más de León Ponce.

            – A mamá tampoco le han gustado nunca las series de televisión.

            – Debí haber hecho algo respecto a eso. Debí haberla enviado a Inglaterra. Y a ti, Helia, también. Creo que no lo hice por despecho. Qué mal me siento por ello, incluso después de morir.

            – No importa (le contesto ahora a Albertina, casi treinta años tarde, de nuevo en Londres: pienso mejor desde Londres; espero mejor en Londres), al final siempre regreso a Londres, ya ves.

            – Yo no estaría muy segura de que finalmente venga Patrick (me advierte Albertina –sentada a mi lado-, y apostilla: tu deseo de verle ha podido engañar tu visión hipnopómpica).

            – No importa, escribo aquí. Le esperaré.

————————————

[*] Debo aclarar que Poppins nunca llegó a representarse entonces. Era inviable. Posiblemente incomprensible. Es ahora cuando la estamos preparando con mi pequeña compañía. Se llamará Territorio Pop-pins, y será una especie de Poppins reload, pero menos pretenciosa: al fin y al cabo todos sabemos que escribir literatura, cualquier forma de literatura, siempre ha sido reordenar los códigos que generan realidades. Hay un punto mágico ineludible. En realidad, está usted, lector, ante una versión paralela en forma novelada de esa realidad, una simulación de la simulación propia que es la vida.

 
 
 

La ley del desierto

13:10 h.

 

Albertina se suicidó el mismo día en que murió Julio Cortázar. Y el mismo día en el que miles de personas murieron.  ¿Cuántos muertos, pues, al día, cada día? Febrero es el mes de la muerte por agua. No lo es en las calles azotadas y vapuleadas por el viento de Zaragoza, en las calles temerosas: en Zaragoza, febrero es el mes del Cierzo. Mucha gente se suicida por culpa del viento que no cesa. Ya sé, Albertina, que no te gusta que hable de ello. No hay más remedio ahora, sin embargo. Siempre llega un momento inevitable para hablar de lo que nunca se habla. Debemos hablar de la ley del desierto. No viene el viento desde el desierto, al este de la ciudad. Por el contrario fue el viento frío del norte quien labró el desierto que nos rodea. Después de que te quitaras la vida, el teatro fue mi salvación. Suicidarse al cabo de tantos años de empeñarse en vivir, Albertina, no parece demasiado coherente. Pensé que estarías enferma y habías preferido, por una vez en tu vida, tomarle la delantera a lo que ha de ser. Pero el forense lo negó. Después de tu suicidio, adopté la ironía como forma de vida.  Decidí fingir con convicción, que viene a ser lo mismo. El teatro fue mi salvación.  Y cuidar de Patrick, mientras él quiso ser cuidado, mientras se quedó a mi lado. Le cuidaba procurando que pareciera que no lo hacía. Los seres melancólicos tienden a escapar y a menudo aparentan un orden y una fortaleza excesivos. Lo hacen para no andar cambiando de naturaleza todo el tiempo.  Por el contrario, a los hipnopómpicos cambiar de naturaleza nos sienta bien; alivia la presión y el estrés de cada día. Siempre supe que Patrick regresaría a la bruma de Inglaterra y que yo no iría con él.  Supe -inteligencia emocional-, desde el principio, que me abandonaría.  Pero eso no tiene nada que ver con que yo ahora  haya acudido sin pensar  a su llamada.  He venido porque ante la muerte todo otro dolor cede. Hay una profunda corriente entre los dos que nunca desaparecerá.  Ni siquiera con la muerte se diluye.  Cuidar a Patrick, siempre tentado por la melancolía inglesa, era la única forma en que podía amarle sin abrirles la puerta a las sombras. El teatro fue mi salvación, y el pequeño Macintosh 128K, al que llamábamos cabezón, -se le ocurrió a Patrick-,  y al que tratábamos como a un habitante más de la casa.

 – Patrick no vendrá, Helia.

Ya  me decías entonces, Albertina, que los ojos de Patrick sufrirían mucho con la luz implacable de España, con el resplandeciente desierto. Los desiertos obligan a las sombras a concentrarse en puntos muy concretos del mapa y del tiempo. Las sombras concentradas producen, cuando estallan, guerras interminables de guerrilla. En este país -España, digo-  es imposible ordenar los paisajes, por eso los habitantes de este país -digo España-  no somos melancólicos. Somos coléricos. No hay ley en el desierto, pero el desierto invade la ciudad e impone su no ley, las tormentas de arena llegan cíclicamente y el desierto ocupa hasta el más escondido rincón de los armarios, de las trastiendas y de los corazones. Es más fácil gobernar un pueblo bajo la bruma y la melancolía. No somos gente de gobiernos razonables la gente colérica a la que rodean los desiertos. Y mientras me intentaba inculcar estas cosas, Albertina se suicidaba. Por culpa mía. Por culpa de la bruma de Portmeirion. Por culpa de Rose Mary Taylor, la Poppins. ¿Qué hora es? Londres es un lugar sin horas. Un no lugar. Un no tiempo.  Agujero de gusano. He citado a todas las dimensiones de mi pensamiento en Picadilly. Van viniendo. Es alrededor del mediodía. Ellas, Albertina y Rose Mary, vendrán a la hora del té; Patrick a la hora de las cervezas. La vida en los bares es a menudo la salvación. Estoy en St. James Tavern y no actúo, no soy actriz ahora porque no oculto nada: escribo.

Otras veces, muchas veces, he estado en otros bares. Creíamos en 1984 que hasta los bares no alcanzaba la ley del desierto,  sólo la ley del mar. Pon la radio, por favor, le decía siempre a un camarero que, cuando yo era niña, trabajaba en un bar de la Plaza Real de Barcelona: alguna vez íbamos a tomar calamares y cerveza. Íbamos todos, antes de que ella se desvaneciera.  Ella ha sido mi madre. A Albertina no le gusta que hable así de mi madre. A Albertina no le gusta que hable así de nada.  Me dice que, aunque tenga razón, no debo ser cruel. Pero yo no hablo. Sólo actúo. Ahora no, ahora cuento. Y lo que cuento, quién sabe si ocurrió, dónde, cómo. Todo, lo ocurrido, lo pensado, lo imaginado está ya solamente disponible en mi pensamiento. ¿Quién distingue? Todo está ya bajo la ley del desierto. Los bares, decía, el mar.

 

Parecía una  epidemia. El suicidio, digo.  Los suicidios parecían una plaga. Una maldición. Y el sida. La ley del desierto. Pero decíamos que en el desierto no hay ley… Albertina, falta mucho aún para la hora del té, no debes llegar todavía, déjame sola, déjame ahora hipnopómpicamente sola, déjame a mí, sola un rato. Te aguantas si no te gusta lo que escribo. El día que compramos el Mac 128 K, se suicidó M.H. Lo compramos a plazos. Era un lujo para nosotros ese Mac, pero no sabíamos Patrick y yo que fuera a ser tan importante en nuestras vidas. Hicimos muchas cosas con  el cabezón: escribimos mucho, diseñamos unas cuantas escenografías que nunca salieron de su pantalla, empezamos nuestras tesis que nunca  terminamos. Intuimos con perspicacia de actores que lo importante de comprar aquel Mac 128 K era que él tenía mucho más futuro que nosotros; quizás podría arrastrarnos. Era una esperanza. En cambio, a M.H. lo encontraron un viernes por la mañana junto a la barra del Modo.  El Modo era un bar forrado por entero de blanco y plata, precedido de un largo túnel. Si lo piensas, el Modo terminó siendo un largo pasillo hacia la muerte. A mi me hacía pensar en Kubrick y Lorca, La Casa de Bernarda Hal, exclamaba yo cuando quería llamar la atención. Hacíamos muchos ejercicios de improvisación en la Escuela de Teatro, pero no estábamos preparados para el suicidio de M.H., y él no estaba preparado para el sida; aunque desde siempre era como si ya supiésemos que todo sucedía por encima de nuestras cabezas. Para el suicidio de Albertina nunca he estado preparada. Ni siquiera ahora, casi treinta años después de que ocurriera.

–       Ya pasó, hace mucho, Helia; hasta yo misma lo he olvidado.

Cualquier cosa sucede en todo tiempo, Albertina. Y algunas cosas es como si no hubieran llegado a ocurrir, especialmente si otro hecho tuvo tanta importancia para nosotros que no dejó ya espacio para casi nada más. Pero las cosas y sus acontecimientos se quedan suspendidos, detenidos, en alguna recámara del tiempo y a veces de repente surgen proyectados. Del año en el que tú te suicidaste recuerdo melodías y canciones y bares y el desierto. Me daba miedo ir hacia el mar porque para llegar al mar desde Zaragoza siempre hay que cruzar antes  un desierto. Cuando pienso en ti, suicidándote, Albertina, suicidándote a los ochenta años, pienso siempre en el desierto. Tengo un sueño hipnopómpico, cuando pienso en ti suicidándote: estás en Portmeirion, en casa de Número 6, y tomas  tus pastillas (¿quién te dio las pastillas, Albertina?) con el té, y dices con voz profunda que nunca fuiste un número, que siempre tienes miedo y que ya no puedes responder a nada; pasas la mano por el reverso del tablero de mármol de la mesa y lees tu nombre, y al volver tu cabeza para mirarme es mi rostro el que veo; no mi rostro de ahora, sino el que se habrá ido quedando en los espejos de los bares de Zaragoza durante 1984, rotos-detenidos contigo.

 

Escucha, escucha: Cuatro Rosas, Escuela de Calor, Deseo carnal, Tonight, Lobo-hombre, On love… Bailábamos Patrick y yo, porque yo no podía dormir y las noches eran inacabables y dolían. La música había cambiado tanto en unos años. La música flotaba sin más. Todos flotábamos bajo la tierra de repente. Todos flotábamos, autopropulsados, como los astronautas en el Espacio: recuerdo esa imagen en televisión, pero no recuerdo las del hambre horrible en Etiopía ni las de la muerte en Bhopal. Tampoco recuerdo las Olimpiadas de Los Ángeles, y si recuerdo a los astronautas flotando en el Espacio quizás sea porque ellos regresaron a tierra firme justo el día anterior a que Albertina se suicidara.

 

Ha sido un acto de amor, recuerdo que me dijo Patrick, a los pocos días, aunque yo no lo entendí. Rose Mary me escribió. Patrick le había telefoneado para contarle lo tuyo, Albertina. Decía sentirlo mucho, y también entenderte; insistía en que ahora que era como si yo ya no tuviera más familia que a Patrick y a ella misma (eso lo decía aunque mi padre y mi madre vivían en alguna parte), y que ella me acogía como su nieta. Cuenta siempre pues conmigo, un beso, firmado, Rose Mary. Pero no lo hice. Y eso que Rose Mary me entendía bien.

 

 –       Era difícil, lo sé, querida Helia.

Por favor, Rose Mary, tú tampoco puedes venir aún. Falta mucho para la hora del té. ¿No habrás visto a Patrick?

La Poppins

15:00 h.

 

Albertina y Basilio vinieron a pasar con nosotros las Navidades. Mi hermana, que no es hipnopómpica, tenía un año recién cumplido y yo ya había conseguido reubicarme en el seno de la familia, tras los extraños meses que siguieron a su nacimiento. Fue en esos meses cuando yo comencé a manifestar los primeros síntomas de la hipnopompia,  propiciados sin duda por el repentino y lógico desplazamiento que sufrí dentro de mi entorno más próximo, que éramos madre, padre y yo misma (pues yo misma comprendía que mi amor por la pequeña niña crecía día a día y me llevaba a realizar actos y a albergar emociones y pensamientos en contradicción evidente con mis intereses; los niños pensamos muy deprisa porque lo pensamos todo de golpe, planteamiento y conclusiones).  Albertina vio rápidamente que mis temores nocturnos eran una de las consecuencias de la progresión de la hipnopompia: esos temores persistirían muchos años, hasta que conseguí -ya adulta- encarar la naturaleza híbrida, metafórica y multidimensional de mis percepciones en tanto que persona hipnopómpica. Téngase en cuenta que no hay literatura psiquiátrica, ni siquiera esotérica (hubiera sido al menos un placebo) que explique muchas de las situaciones y los fenómenos que le acaecen al ser hipnopómpico. La ignorancia personal sobre lo que a una le ocurre sólo puede así ser solventada a partir de las propias experiencias vividas, gota a gota, una costosa, dolorosa y a menudo (créame, estimado lector) arriesgada maduración.  La hipnopompia, por contra de lo que suele creerse, no es únicamente un estado pasajero de la consciencia que regresa del sueño; es en realidad una cualidad de la evolución cerebral. La llamada locura u otros extravíos mentales diversos (como la esquizofrenia) suelen ser algunas de las formas en las que, a mi modo de ver, desemboca una hipnopompia no reconocida o mal gestionada. Los seres hipnopómpicos somos diferentes. Esto es así. Albertina era hipnopómpica, como yo. Lo cual parece indicar -además de por otros casos conocidos- que la hipnopompia puede ser contagiosa además de hereditaria, y parece igualmente que, en ambos casos, sólo por vía femenina, aunque afecta a mujeres y hombres. Por ello, en el caso de un varón, la hipnopompia no progresa en sus características mucho más allá de cómo haya sido recibida, pues el varón hipnopómpico es un eslabón final, una especie de vía muerta. Sin embargo, las mujeres hipnopómpicas asumen además la responsabilidad de evolucionar dentro de la singularidad hipnopómpica y de transmitirla. Por fortuna para mí,  Albertina ha sido mi instructora y mi salvavidas. No es que la chiquilla no tenga imaginación, le dijo a mi profesora justo antes de las vacaciones de Navidad, cuando aquella me reprochó su falta al escribir el cuento inevitable de todos los años; lo que le pasa es que tiene mucha y le da miedo usarla, porque usar la imaginación en un cuento de Navidad puede traer muy malas consecuencias. Bueno, refunfuñó la señorita Pilar (sesenta años más o menos): explíquelo como usted quiera, pero que la niña lea cuentos no le vendrá mal. Pues no, concluyó Albertina tirando de mí hacia el pasillo -mi madre, espectadora medio petrificada-, no le vendrá mal; si eso es todo lo que se le ocurre a usted…, felices fiestas, señorita. Subrayo el apelativo, porque Albertina (que sabe, cuando quiere, tener muy mala entraña) le soltó la despedida con el retintín que en aquella época volvía equivalentes señorita y solterona.

Desde aquel despacho, sin dejar de arrastrarme con determinación casi telúrica, olvidándose por completo de mi madre, que no se apuró un ápice para alcanzarnos, llegamos en un boleo a las puertas del Cine Victoria, en el paseo Fabra i Puig, donde pasaban de estreno Mary Poppins, que arrasaba (y por eso, porque arrasaba, supongo que la ponían en un cine habitualmente de reestreno: todo un universo la cultura del cine de reestreno, ligada, claro está, a una época en la que el tiempo era duración). Albertina permaneció inmóvil y muda durante toda la proyección, y cuando terminó, me empujó fuera del cine con la misma fiereza con la que me había llevado adentro, impasible a mi petición infantilmente insistente de que nos quedáramos a ver la otra película de la sesión doble continua  (en realidad, Mary Poppins se pasaba en segundo lugar porque era la cinta más importante, y americana; la primera que había ya terminado cuando nosotras llegamos era una de Marisol, y ahora volvía cíclicamente a comenzar -recuerdo bien que en algunas de estas sesiones dobles yo repetía pase: disfrutaba mucho más con la segunda visión de la película, porque podía detenerme en detalles;  los detalles son un asunto que importa mucho a los niños-).

 

  – ¡La Poppins ésta, gruñó Albertina, es de poco fiar, la conozco bien!. ¡¿No te lo crees, eh?! ¡¿No te lo crees?! Pues créetelo.

No entendía yo mucho todavía a Albertina; no sabía qué pensar,  aún menos qué decirle aquella tarde del 21 de diciembre de 1965, mientras ella insistía:

 – A la Poppins ésta me la he encontrado ya en otras ocasiones, en algunas incluso la he tratado de cerca. Mírala ahora, se pasea por Londres, enfundada en ese traje bobo de niñera; pero no hay que dejarse engañar: es inteligente y puede ser cruel. Es la Encantadora. Vaya que si hemos hablado ella y yo… te diré, algunas veces, de tú a tú estuvimos hablando…, como nosotras ahora, más que eso, te diré…

¿Cuándo ha sido eso?, pregunté (tenía que preguntar algo, pensaba que Albertina lo esperaba, aunque seguramente no era así, ella solamente, quizás, hablaba): hace mucho, dijo con cierta brusquedad. Frenó Albertina su paso y su ímpetu entonces, y durante un rato caminamos tranquilas, aquella tarde templada de diciembre, por Fabra i Puig (entonces Fabra y Puig), la gran avenida de mi infancia, en silencio absoluto. En la plaza Virrei Amat (entonces Virrey Amat) había un gran arenero y un tobogán. Puedes tirarte un rato por el tobogán, me dijo Albertina, y también dijo, mientras yo me lanzaba repetidas veces: Mary Poppins Taylor vino a mi casa en Zaragoza a principios de la guerra civil, el día de la muerte de León Ponce, y a Mary Gilberta Swann Poppins la conocí en París el día de la muerte de Marcel Proust. Antes de lanzarme por última vez, la interrumpí: ¿quiénes eran? Ya lo sabrás, ahora no importa todavía; fíjate, añadió con cierta tristeza, Mary Gilberta vino con Man Ray, un fotógrafo que le hizo a Proust muerto un retrato muy famoso; yo creo que también era un espía.

– No sé, Albertina, no sé de qué me hablas, grité dejándome ir tobogán abajo (atravesando mi propia vida hasta llegar a hoy).

 –  ¡La Poppins está por todas partes!, se enfada Albertina, aunque ya no nos escribamos, nunca me dejará en paz. ¡A casa, niña, se pone frío!

Visité el 8 de septiembre de 2011  el Museo Reina Sofía de Madrid y vi allí unas fotografías de Man Ray. Esas imágenes casi desaparecen debido a la pulsión inasible de la luz y el movimiento, la pulsión inasible de la vida. En cambio, la inmovilidad literaria y absoluta del cadáver de Proust que él retrató parecen indelebles. Busco  ahora esa fotografía en Internet y he vuelto al tobogán. Hoy es 8 de septiembre de 2011 y estoy en Madrid, y es 22 de julio de 2012 y estoy en Londres, y es 16 de agosto de 1936 en Zaragoza, y es 21 de diciembre de 1965 y estoy en Barcelona, y 22 de noviembre de 1922 en París, porque puedo recorrer esta línea de mi universo personal en todas las direcciones y pensar en unas cosas mientras hago otras y asumir otras que me corresponden sólo por herencia o empatía y, de alguna manera que no comprendo bien -acaso sea gracias a la hipnopompia-,  sentir la realidad de todo ello y vivir tantos reestrenos como sea capaz de soportar mi delicado corazón hipnopómpico (es una metáfora, una forma de aludir al umbral de dolor personal): porque ese corazón, unas veces es Helia y late en Londres y espera a Patrick que se va a morir, otras es la que escribe inmaduramente sobre Helia, otras Albertina, la que guarda el silencio y el miedo porque hay que seguir viviendo, otras Rose Mary Taylor instalada en su universo medio lisérgico, y casi siempre todas a la vez en casi todas partes.

 

 

 

Rose Mary Taylor Poppins

16:55 h.

 

Si al anarquista León Ponce no se lo hubiera llevado el comienzo de la guerra, lo hubiera hecho Rose Mary Taylor, la Poppins. Eso me repetía Albertina. A nadie más se lo decía sino a mi. Para el resto, silencio como siempre. El resto tomaba esa insistencia como la chaladura de una anciana, que además ya se sabe que nunca ha estado muy en sus cabales: me miran de reojo entonces, porque todo el mundo piensa que yo doy signos de las mismas rarezas de Albertina, aunque tal convencimiento nadie lo enuncie formalmente. La Poppins murmuraba una y otra vez, reforzando con la ironía ese Poppins, que a mí me hacía gracia, pero que ella medio mascaba amargo y cabreada. Cuéntame qué te dijo cuando la viste en Londres, me pedía. No la vi en Londres, la vi en Portmeirion, y ya sabes tú lo que me contó. No le sigas tanto la corriente, se quejaba mi madre. Dímelo todo, replicaba Albertina.  Yo le apretaba la mano e insistía en el ya te lo dije, sin explicarle de nuevo todo lo que en su momento ya le había contado que a su vez me había referido Rose Mary Taylor, cuando la fui a visitar con Patrick a Portmeirion, unos meses antes.  Estupefacta y herida como me sentía (no sé por qué, no tenía derecho), a mi regreso a casa encaré brutalmente a Albertina con el relato de Rose Mary. No debes repetir nunca lo que hemos hablado me contestó ella. Ya no tiene sentido. Es lo que me pidió, mientras procuraba rebajar mi ira y apartar mi mirada impía. Aquellos días previos a tu muerte, Albertina, sin embargo, insistías e insistías en que te repitiera el relato de Rose Mary, y no te comprendí. Vivo con esta quera, de verdad. No haber comprendido tu necesidad de volver a escuchar la historia de Rose Mary Taylor, tu propia historia, como una revelación venida desde fuera, definitivamente, antes de morirte.

Rose Mary Taylor Poppins se presentó en casa de Albertina un día de mediados de agosto de 1936 para decirle que a León le habían reconocido aquella mañana, al poco de amanecer, algunos compañeros, aunque no pudieron rescatar su cadáver, acribillado a tiros en la playa del Canal Imperial, junto a Torrero. Rose Mary me aseguró que este episodio triste era verdad y no sólo un sueño terrible, como yo había creído hasta aquel momento. Si yo hubiera estado allí entonces en carne y hueso, y no de esta manera  en la que lo he vivido, como de aparecida o de sustancia holográfica, propia de los episodios hipnopómpicos, no le hubiera dejado abrir la puerta a Albertina, cuando llamó Rose Mary. Para qué. Ganas de complicarse. Pero Albertina, que ya sabe que yo soy insistente y que la miro y la vigilo en su casa, en esa mañana de agosto de 1936, me responde que no es tan fácil, que para callar es preciso saber antes. Porque de otra forma lo que guardamos no es silencio, sino ignorancia.

Rose Mary y León Ponce habían sido amantes desde hacía más de un año. Rose Mary era periodista y había llegado desde Madrid y antes desde Londres. Vino a Zaragoza porque la ciudad era un sin vivir de noticias continuas a causa de los conflictos sociales y políticos. Luego se quedó enganchada a León y definitivamente atrapada por el ambiente febril de los meses anteriores a la sublevación militar y a la guerra civil;  meses difíciles e intensos, siempre al borde del dolor y de la muerte. La intensidad engancha, genera adrenalina. Albertina mucho había barruntado de esa historia irremediable de amor y de fascinación entre León y Rose Mary, tan propia de la época pensaba yo, pensando en las películas de la época. Pero su algo más que intuición no la libró de la ira cuando se topó de golpe con la mirada de la inglesa, al abrirle la puerta de su casa, mientras Rose Mary le cuenta inconsolable, atropellada, en mal castellano, que León estaba muerto. Pero a Albertina ya se lo habían dicho: que lo habían tiroteado antes del amanecer. Basilio había subido temprano al poco de abrir su tienda de ultramarinos (la tienda está en los bajos de la casa: en el mismo lugar que reconozco décadas y décadas después oculta tras su transformación acelerada de los últimos tiempos en zapatería de barrio, al jubilarse mi madre, luego en verdulería, en tienda de venta de ordenadores, en etc., etc.,  – signo de los tiempos: durante casi un siglo inmutable ultramarinos y luego metamorfosis continua, morphing incansable…) Bien, al punto que se llevaron a León, tres días antes de la aparición de Rose Mary, Basilio les había dicho a sus correligionarios que cuando sucediera lo de León Ponce le hicieran el favor de ponerlo en su conocimiento. Le tenía aprecio a la viuda, dijo, era buena clienta suya, dijo, y prefería que se enterase por él que por otros, dijo. Dijo viuda. Aunque no estaban casados, Albertina y León no estaban casados. Aunque León todavía estaba vivo en ese momento en el que Basilio hablaba con los suyos. Al tercer día sus amigos, que hacían guardia en el cuartel de Ruiseñores aquella madrugada, se dieron prisa en contárselo. Basilio llamó al timbre mostrándole a Albertina un canasto lleno de alimentos en la otra mano. Hay que vivir, Albertina. Hay que vivir, señorita, repitió Albertina a Rose Mary Taylor, que seguía llorando apoyada sobre la mesa de la salita. Mi madre decía (antes de que se le nublara la memoria) que se acordaba de las cartas que en los años cuarenta y cincuenta llegaban desde un pueblo de Gales, llamado Portmeirion, y que Basilio, siempre le gritaba a Albertina que aquello se tenía que acabar. Como si el silencio tuviera principio o final, pensaba Albertina. Siempre es la hora del té en alguna parte de nosotros mismos.

 

Si te amo, morirás

14:40 h

Si escribo Patrick, escribo tu nombre. Tu nombre no me pertenece. No puede pertenecerme. Patrick es un nombre con mucha historia detrás. Es un nombre como un cometa, pensé algunas veces: y tú eres Patrick, y no edificaré nada sobre ti, sino junto a ti. ¿Cómo escribir tu nombre y no escribirte, construirte? Escribo ahora tu nombre, y escribo sobre ti. Compongo y recompongo mis pensamientos, reordeno los acontecimientos sobre los que pienso, reordeno y todo sucede de nuevo inevitablemente, ya se sabe: soy actriz (sí, soy actriz profesional, trabajo como actriz, pero no hablo ahora de esto, hablo de ser actriz de mi vida, en mi vida, no hay otra manera de vivir). Escribo sobre ti y hace un poco de calor en Londres, no como en el verano de 1982 en España, entonces hacía mucho calor: hola, yo soy Patrick y alguien me ha dicho que podría encontrarte por aquí, le oí decir. No le creí, claro.

 

– Se lo dije yo, Helia

– Lo sé, Rose Mary Taylor, me lo contó Patrick cuando me confesó quién eras, quién era él, quiénes eráis, quiénes éramos.

 

Yo había salido a dar una vuelta por Bilbao; pasaba unos días en casa de mi familia (una vía septentrional y antigua de la emigración). Conocía la ciudad. No pensé que la zona de Moyúa estaría de ingleses a reventar. No sé por qué no lo pensé. Pensaba en otras cosas, supongo. Entre miles y miles de ingleses, al acercarme a la barra de un bar de por allí, escuché: yo soy Patrick y alguien me ha dicho que podría encontrarte por aquí. No le creí, claro. Pero me colé con él al día siguiente en el partido de fútbol. Yo hacía cosas así en aquel tiempo; cosas como irme a un partido de un mundial de fútbol con un desconocido inglés (y no lo digo por el desconocido inglés), y otras cosas igual de tontas, pero más sosas, románticas y bohemias, como dormir en la playa, hacer autostop o beber ron en las pequeñas plazas que crecen sólo junto al mar Mediterráneo. Nada me gustaría más que vivir en una de esas plazas con mar, eternamente. Eso me gustaría mucho, muchísimo, igual entonces, en 1982, al principio, como ahora. Portmeirion tampoco estaba mal, aunque nada que ver con el Mediterráneo. Escribo tu nombre, Patrick, lo he escrito muchas veces. Algunas de ellas lo he hecho como si fuera una variación de mi propio nombre, o como si yo pudiera ser tú en algún momento, quiero decir que he escrito tu nombre amándote sin condición alguna. Ahora me gustaría escribir tu nombre como si pudiera cambiar tu s(m)uerte, como si en mi poder estuviera reescribir verdaderamente la línea del tiempo y las resoluciones que fuimos adoptando en nuestra vida. Simple. Deseo sempiterno. Palmario. Sólo cuando se ama, desea uno cambiar lo que ha sido o lo que es. Yo te amo, Patrick, siempre te he amado. No tiene nada que ver con que siempre supiera que te irías. Como ahora. Si pudiera, no te amaría ya. Tu muerte me hará muy desgraciada. Pero te amo. Tiene el amor muchas maneras de imponerse. El amor permanece porque su naturaleza es monstruosa, metamórfica, y puede matar. Puede matar inocentemente, como Mary Frankenstein Shelley Poppins. ¿Podría yo ahora cambiar el sentido de mi amor hace diez, veinte, treinta años? ¿Podría hacerlo? Si es posible modificar la luz que ya no existe a través de la luz que todavía vemos, ¿por qué no voy a poder amarte de manera que no fracase mi amor? Patrick, sería preciso que no murieras, y sin embargo.

 

– No vendrá, Helia.

– Déjame, Mary Taylor, déjame.

– Me has llamado.

– No. He pensado en Mary Shelley, con tanto poder. Poderosa y humillada. Desolada. Superviviente. Zombi.

– Da igual. Si piensas en ella, piensas en mí, y vengo.

– ¿Has visto a Albertina?

– Has pensado en mí ahora, no en Albertina. A ella no le gusta caminar por Londres. Si fuera París… Yo soy la que te acompaña ahora en tu breve paseo por este Londres dominical, ¿volvemos al pub?

– A mí sí me gusta pasear por Londres, Rose. Mary Shelley paseaba por Camdem Town de la mano de su pobre monstruo asesino. La gente les miraba. El monstruo estaba lleno de amor y sufría por los dos. Nunca la abandonó. Yo no abandonaré a Patrick.

– No vendrá.

– Déjame Rose Mary. Recuerdo muy bien el rostro joven de Patrick, el primer rostro de Patrick que amé. Recuerdo bien cuando paseábamos por Londres, abrazados o no. Déjame volver despacio.

– Has de escribir.

– Escribiré. Deja que vaya este rato por estas calles como si conectaran pasado remotísimo y futuro improbable. Todo cambia a cado paso. Londres morphing … Es muy raro escribir desde tiempos diferentes, en lugares distintos; una sola historia es poliédrica siempre y cada vez que la piensas, o te enfrentas a ella, cambia. No hay ficción, Mary Taylor; no es posible. Si estás convencida, Mary Taylor Poppins, de que no es verdad que vaya a venir Patrick, ¿por qué vuelves conmigo a St. James Tavern?, donde he quedado con él, donde voy a estar esperándole. Mary Taylor, ¿tú sabes dónde está ahora Patrick?

 

En 1982 sentí temor. La primera vez que soñé con Patrick tuve un sueño erótico, más bien sexual. Soñé con él la misma noche del día en el que él me dijo: alguien me ha dicho que podría encontrarte aquí. Durante un momento de ese sueño Patrick estaba muerto. Antes no. Luego tampoco. Recuerdo el rostro del Patrick muerto. Como una imagen subliminal dentro del sueño. Recuerdo el clima sexual del sueño. Nada más. El rostro de aquel sueño ha ido atravesando el tiempo dentro de mi pensamiento. El rostro joven de Patrick, el único que entonces conocía. Me asustó al principio. Luego lo reubiqué. Alguna vez resurgía (veía el rostro de Patrick muerto) en medio del acto sexual, o simplemente durante un viaje, o bajo la oscuridad del cine. A veces se iba durante años. Y siempre supe que era algo realmente producido por el lado autónomo de mi pensamiento, que ocupa casi todo mi cerebro, el lado conectado a la deriva hipnopómpica. No quería que fuera una premonición. Las premoniciones no te dejan ser feliz. Luego me convencí de que un rostro muerto es algo que todos llevamos con nosotros bajo todas las máscaras que van apareciendo a lo largo de nuestra vida, ese rostro, el último morphing …  Y que por lo tanto yo y mi hipnopompia no éramos causa; sólo una especie de detectores con hipersensibilidad. Me convencí; parece razonable el argumento. Y apuré el amor, día tras día. Nada es gratis. Y supe que Patrick se iría, ya desde el principio, incluso antes de que llegara. Una amiga mía siempre dice que todos los hombres se van. Siempre. Se van de muchas formas. Es muy posible que sea así. Pero Patrick no se fue de ninguna de esas formas propias de la especie. Se fue porque es muy difícil soportar la larga sombra de España, si no eres español o quizás, y en caso de ser inglés, historiador de fama.

– Creo que exageras.

 – Mira, Mary Taylor, exagero lo que me da la gana. ¿Cómo no voy a exagerar? ¿Cómo no voy a sacar las cosas de quicio, si estoy aquí, dando vueltas por Picadilly, esperando a Patrick, al que no veo hace años, y estoy aquí porque he venido como un rayo en cuanto él me llamó y me dijo ven por favor, quédate esta vez conmigo, quédate hasta el final?

-¿Tú te oyes, Helia?

– Sí, claro.

– Deberíamos comer algo.

– Yo ya he comido.

– ¿Cuándo? No te he visto, no me engañes.

– He comido algo en el pub, antes de salir a estirar las piernas un poco. Aún no habías venido, Mary Taylor. Y tú no puedes comer, ya no comes.

– Estás muy flaca, Helia. No piensas con claridad.

 

 La primera vez que vi su rostro muerto fue la primera vez que hicimos el amor, y eso fue después del partido Inglaterra-Checoslovaquia (existía entonces Checoslovaquia, faltaban nueve años para que estallase la locura de la Guerra de los Balcanes y algunos más para que Patrick se marchara de nuestra casa y yo y la compañía abriéramos el pequeño teatro de provincias: todos me decían, estáis locos, estás loca; hay pues tantas clases de locura como acciones humanas; abrimos el teatro y ahí está). Patrick se puso un poco borracho y muy eufórico (por el fútbol) y me decía hace calor, podemos ir al parque. Me miraba, me tocaba, pero con cierta timidez, como queriendo sobreponerse, como diciéndose no puedo cagarla. Y esa actitud me gustó, porque no hubiéramos hecho el amor esa noche del Inglaterra-Checoslovaquia si yo no hubiera querido, y no sentí con él la obligación de demostrarle nada, ni de demostrarle que la sombra de España no iba a decirme cómo y cuándo tenía que follar (y eso pasaba sólo porque Patrick era inglés; con los tíos españoles, por el contrario, era todo muy complicado por aquel entonces: querían mujeres muy modernas y muy antiguas al mismo tiempo; modernas para follar y muy antiguas para todo lo demás; era así incluso con los de veinte años, los que al parecer, te decían ellos, eran tus iguales, más o menos). Bueno, da lo mismo. No, no da lo mismo. Patrick era ligero. Patrick me amó, Patrick me enseñó quién era yo. Bueno, no. Yo era ya tal cual, hipnopompia incluida. Patrick, quiero decir, Patrick no le puso  peros  a nada. Incluida la hipnopompia (claro, él ya sabía de esta anomalía mágica por ti Mary Taylor, aunque yo no sabía que él sí sabía). Patrick se merecía todo, pero yo no quise quedarme a vivir en Londres. No me porté bien con él. Y encima tenía razón: este país guarda demasiados demonios en los jardines. Lo decía mucho Patrick; por la película. No hicimos el amor en el parque. Me dio la risa cuando me decía vamos al parque. Nos fuimos a casa de una amiga, que tenia un sofá cama en el cuarto de estar; como hacía tanto calor, sacamos la alfombra a la terraza. Hicimos el amor, y si ahora digo que hicimos el amor y no vi su rostro muerto, si digo, si escribo que nunca vi su rostro muerto, que nunca lo soñé, quizás sea posible que Patrick no me haya llamado para decirme que venga a Londres y quizás él no llegue, quizás no venga, para que yo no le ayude a seguir adelante hasta el final, y así no haya final.  Ojalá pudiera ser, aunque nunca le hubiera conocido y él nunca me hubiera amado y yo hubiera sido mucho más desgraciada.

– Pero, si has tenido el poder de escribir nuestro destino, ten ahora fuerza para aceptarlo: así le dice Byron-Remando al viento a Mary Shelly Frankenstein.

-Mary Taylor Poppins, no me toques las narices:  tuya es la culpa.

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