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Las Hipnopómpicas

Territorio Poppins

Categoría

León Ponce

El Prisionero

 

16:05 h.

Unos días después de que Patrick y yo regresáramos desde Londres y no mucho antes de morirse, -lo que terminó de hacer el 12 de febrero de 1984-, Albertina me contó que hubo dos grandes pasiones en su (extensa y mutante) vida. Al instante suavizó tal afirmación: bueno, hablo de pasiones hacia personas, lo cual no equivale siempre a pasiones amorosas o eróticas. Por otro lado, añade Albertina, también he tenido grandes pasiones intelectuales y emocionales. Albertina es una mujer muy complicada, tanto por carácter, como por el perfeccionado desarrollo que ha conseguido de su capacidad hipnopómpica, algo que nunca igualaré (hace falta bastante valor para ello). Es verdad que ya he logrado ubicarme casi a voluntad en distintos momentos temporales – lo cual no es exactamente viajar por el tiempo, es más bien algo así como vivir en primera persona la redifusión de un hecho real (no representación). Dentro de esa reposición histórica soy como otro personaje más: una habilidad que aprendí soñando, y que la hipnopompia me ha permitido ejercitar durante los momentos de tránsito entre sueño y vigilia, debido a la naturaleza dubitativa e híbrida de estos instantes. Pero esta destreza mía, con ser importante, no es comparable con los logros de Albertina, que incluso podía ser otras sin dejar de ser ella. No acostumbró a usar de esta habilidad maravillosa, sin embargo. Muy al contrario que Rose Mary Taylor, la Poppins, quien ha encarnado decenas y decenas de personas y personajes, tanto contemporáneos como no, pues ya digo que la hipnopompia vivida en perfección provoca vidas transformables. He dedicado mucho tiempo de la mía a investigar, a estudiar cuantos datos y pistas encuentro acerca de la multiplicada e indeterminada vida de la Poppins.  Insisto, no estamos hablando de fenómenos teatrales. No lo puedo explicar bien. Tiene más que ver con algo así como una personalidad cuántica, por aplicar un término objetivo (muy popular últimamente) que me ayude a hacerme entender.  Aunque, tomado el asunto en un sentido estrictamente práctico:  ¿quién no tuvo que someterse a brutales cambios de todo tipo en el enloquecido siglo 20? Algún día tal vez podré revelar al respecto hechos sorprendentes, tan insólitos como para trastocar la propia interpretación histórica de algunos momentos de ese siglo 20, cien años en verdad neuróticos. Dos grandes pasiones, decíamos, anunció Albertina, y dejó caer estos nombres: Marcel Proust y León Ponce. Mis ojos, al escucharla, se abrieron como los de un muñeco animado.

            – No he hablado de estas cosas con nadie; respecto a Marcel porque nadie de por aquí iba a creerme –ya me entiendes, la hipnopompia es lo que tiene: no da confianza a los demás y te desdibuja ante ellos-, y respecto a León, porque sencillamente no podía hacerlo. Fue convertido en un fuera de la ley, y aludir, siquiera mínimamente a él, hubiera sido demasiado arriesgado para mí y para todos vosotros.

            – ¿Prousssttt? ¿¿¿Marcel Prouuussst???, acerté sólo a preguntar, como boba, sin respetar para nada su emoción y su discurso un poco enternecido. Por entonces ya había yo leído La récherche du temps perdu (leído, anotado y copiado fragmentos en un cuaderno de hojas cuadriculadas cosidas con espiral, bastante gordo), y había leído igualmente cuanto encontré en la biblioteca de la Facultad de Letras y en la Librería Pórtico sobre la vida y la obra de Proust: jamás, nunca jamás, pero ni por lo más remoto de mi normalmente disparada imaginación,  se me habría ocurrido relacionar a Proust con mi Albertina. Ni por toda la hipnopompia del mundo. ¡Por favor!

            – ¿Y con León Ponce sí que me hubiera relacionado tu imperfecta intuición hipnopómpica, querida Helia, si no hubiera sido porque  la Poppins  te ha hablado de su existencia? Además, sí que mencioné una vez a Proust. Exactamente el mismo día que conociste a la Poppins. Aunque eras una niña, cierto, y si no te acuerdas es como si no te hubiera dicho nada. Está bien. No cuenta.

            Noté que Albertina quería ponerme en mi sitio y rebajé el tono:

            – Tienes razón, casi susurré. No sabía nada de León Ponce, evidentemente, hasta que conocí a Mary Taylor, ya que tú (golpe de voz intencionado) nunca me habías contado nada.

            – Insisto, Helia. No conociste a Mary Taylor Poppins hace unos meses, como crees. Ya veo que ella no te puso al día de todas las vicisitudes,  y  no sé si tampoco te explicaría que también León Ponce fue un hombre importante.  ¿Tú me sigues, Helia?

            -Me contó Rose Mary Taylor que León Ponce fue un dirigente destacado del anarcosindicalismo en Zaragoza. Supongo que eso era importante. Pero no me parece comparable con Marcel Proust.

            – Para ti y para mí, sobre todo para ti, fue más importante León Ponce que Proust, como ella ya se ha encargado de revelarte. En realidad, yo quería hablarte de Mary Taylor, – volvía Albertina sobre tu tema.

            – Háblame de Proust, le dije con petulancia, me interesa más. Segundo error, por mi parte, en todo lo que se refiere a Albertina y a Mary Taylor. El primero fue, en efecto,  no haber grabado en alguna de mi neuronas la primera mención que Albertina había hecho de toda esta historia, ahora lo sé, aquel día de mi infancia en que fuimos a ver Mary Poppins, la película, quiero decir, luego supe que con toda la intención por parte de Albertina, para intentar hilar alguna pista sobre nuestra verdadera (o no) historia. Ella no se explicó bien, todo hay que decirlo. Y, aunque tampoco sea excusa ciertamente,  en mi descargo debo aducir mi propia ignorancia en sí, mis pocos años en cualquier caso,  y también, en esta segunda ocasión de error, mi ávida rendición  en aquel momento al hipnopómpico mundo proustiano, que me hizo no ver lo que realmente era importante de aquella conversación con Albertina.

            A veces, siguió Albertina -dejándome así, por culpa mía, a mi propia suerte respecto a ciertos acontecimientos importantes para mi vida-, la muerte de alguien muy amado puede ser tan dolorosa como liberadora. Nadie lo expresa nunca así de crudamente. No se atreven. No resulta elegante. Yo te lo digo, porque lo sé. Dos veces por lo menos lo he experimentado. Con la muerte de Proust y con la de León, y no porque no haya amado a Basilio (¿de cuántas formas de amar somos capaces?, seguramente tantas como necesitemos), sino porque a esta edad que yo ya tengo la muerte de Basilio no me ha traído nada, sólo me ha quitado la parte de mi vida que él vivió. De todas formas ni uno solo de los hombres que dijeron amarme fue justo conmigo. Proust, querías saber… Bien … su entierro fue muy sonado. No digo que me alegrara su muerte, pero había sido muy injusto conmigo. Yo me sentí, durante el no mucho tiempo que viví en París, deslumbrada por él. De hecho, fue a su muerte cuando adopte este nombre, Albertina. No tiene mucho sentido guardar un mismo nombre durante toda la vida, aunque yo haya permanecido fie al de Albertina desde entonces. Es mejor ir cambiándolo según nosotros cambiamos. Cuando murió Proust, Celeste – no tengo que decirte quién era- abrió por fin ventanas y postigos, dejó que entrara el aire en aquella habitación repleta de fantasmas mentales; Proust era un condenado en vida, una especie de espectro neurasténico, aprisionado bajo la ineficacia de sus pulmones. Proust era hipnopómpico y un cobarde, mala combinación. Su enfermedad y los medicamentos le emparedaban durante días enteros entre el sueño y la vigilía. Muchos críticos, –leo bastante, querida Helia,- (lo sé, Albertina, no tienes que estar reivindicándote siempre) hablan de aventuras mentales. Lo son. Cien por cien. Aventuras hipnopómpicas. Sólo que para nosotros las aventuras hipnopómpicas, como bien sabes, son muy verdaderas. Si me hubiera dejado dominar por Proust, él hubiese acabado por conseguir que me convirtiera exclusivamente en un personaje literario. La vida no le interesaba, no estaba hecho para vivir. Siempre estaba quieto. Tan quieto como le fotografió Man Ray. Muerto. Eso es amistad: Man Ray (que era el artista de la luz y el movimiento, lo único que existe, decía siempre) inmortalizando el no transcurso en el rostro muerto de Proust. La memoria busca lo quieto. Pero no hay tiempo perdido. Luz y movimiento, eso es el tiempo, decía Ray. Todo lo que hacemos es pues simulación, representación. Eres buena actriz, Helia querida. Esa Poppins moderna del teatro que te has inventado te va como anillo al dedo, será un éxito, ya verás.[*]

El entierro de Proust también fue muy exitoso: vinieron todos, o casi; quiero decir todos los literatos y la alta sociedad. Los primeros casi no le conocían (yo raramente le vi con ninguno) y los segundos no podían faltar para que no se les notara el miedo a lo que Proust hubiera escrito de ellos o en la simulación de ellos (quedaban casi todos los tomos de La Récherche sin publicar). Su entierro parecía una de las soirées que solía organizar el conde Étienne de Beaumont. Proust habrá estado encantado en su ataúd. ¿Sabes, Helia, que Joyce, James Joyce, ni siquiera se quedó hasta el final del funeral? El estirado irlandés se largó en cuanto arrancó la Pavana para una infanta difunta de Ravel, que sonó en el funeral. Lo cierto es que asistió al funeral por pura y empachosa cortesía social -realmente no se conocían él y Proust-: un acto publicitario, diría yo, de sí mismo y de su Ulises, recién publicado (ya ves, las cuestiones sociales – no importa la época- se parecen siempre más de lo que creemos, porque en realidad siempre estamos haciendo el mismo tipo de elecciones). La Pavana la escuché entera, pero yo tampoco me quedé hasta el final del funeral. Qué mierda, y cuánta mierda me quedaba por vivir todavía. Pero ahora ya no resta mucho. Te veo preparada. Los hipnopómpicos no podemos morirnos hasta que alguien como nosotros y ligado a nosotros se encuentre en condiciones de ocupar nuestro lugar. Es una ley física de compensación natural entre lo real y lo posiblemente real. Cuando te fuiste a Londres creí que aún tendría que aguantar mucho tiempo: esta cría no sabe lo que quiere, pensé, y va a tardar mucho en enterarse. Pero ya estás aquí, y has madurado. Mejor.

Me decía estas cosas Albertina en 1984, ella tenía más de ochenta años, y yo no muchos más de veinte, más o menos los mismos que ella tendría cuando lo de París; en cambio yo acababa de regresar de Londres.

            – Estoy contenta. Estoy muy vieja y, como el pobre Proust, cansada, no de vivir sino de imaginar lo que no he vivido.

                -Joder, Albertina, qué mierda – yo no sabía muy bien qué responderle.

            – No hables mal. ¿Qué vas a hacer con Patrick? Es frágil Patrick. Piensa demasiado en los hechos. Para sobrevivir a orillas del Mediterráneo no se puede ser tan positivista. La gran cárcel del mundo, querida Helia, el gran teatro. Patrick siempre tiene un Rover detrás y me recuerda mucho al chico que acompañaba a Mary Gilberta Swann Poppins en el funeral de Proust. Era un espía secreto demasiado vehemente. Acabaron por descubrirle. Hay que medir muy bien el peso de la realidad; no es tan importante la realidad como creemos. Cabe en una habitación: Proust lo demostró. París era entonces la capital mundial tanto del arte como del espionaje, -que se habían instalado en la ciudad con la Primera Guerra Mundial, claro-, así que imagina que cantidad de historias pululaban por sus calles… Pero a Proust no le hacía falta más que una habitación. Parece imposible que yo estuviera allí entonces. Me hace sentirme muy culpable. No debí regresar a España. No es tan importante la realidad, ahora lo sé. No me hubiera ido mal siendo solamente un personaje. Muy tarde. Quizás tendrías que hacerle caso a Patrick y volver a Londres.

            – Albertina, ¿estás bien? – yo no tenía ni asomo de intuición de que estuviera pensando en quitarse la vida.

            – A mí tampoco me cae bien tu madre, pero la quiero. Ten paciencia… La Sección Femenina ha sido mucho peor que todos los Rover del universo juntos: hay consignas que colapsan el cerebro; nada que pensar, nada que temer. Nada que decir. La dictadura fue feroz con las mujeres. Y fue algo peor, fue perversa al convertirlas a ellas mismas en las principales mantenedoras de las costumbres que las aniquilaban. ¿Te acuerdas de que veíamos juntas aquella serie tan buena, El Prisionero? Patrick MacGoohan era el Número 6, un espía desafecto y cabreado, confinado dentro de los muros invisibles de La Villa.

            – Me fascinaba el aspecto de La Villa. No sé lo que daba más terror si que La Villa fuera una cárcel, o que no supiéramos en qué lugar del planeta se encontraba. ¿Albertina, qué te pasa?

            – He fracasado, hija, he fracasado. Y temo por ti.

            – Cuéntame lo de París, lo de Proust.

            – Me acuerdo más de León Ponce.

            – A mamá tampoco le han gustado nunca las series de televisión.

            – Debí haber hecho algo respecto a eso. Debí haberla enviado a Inglaterra. Y a ti, Helia, también. Creo que no lo hice por despecho. Qué mal me siento por ello, incluso después de morir.

            – No importa (le contesto ahora a Albertina, casi treinta años tarde, de nuevo en Londres: pienso mejor desde Londres; espero mejor en Londres), al final siempre regreso a Londres, ya ves.

            – Yo no estaría muy segura de que finalmente venga Patrick (me advierte Albertina –sentada a mi lado-, y apostilla: tu deseo de verle ha podido engañar tu visión hipnopómpica).

            – No importa, escribo aquí. Le esperaré.

————————————

[*] Debo aclarar que Poppins nunca llegó a representarse entonces. Era inviable. Posiblemente incomprensible. Es ahora cuando la estamos preparando con mi pequeña compañía. Se llamará Territorio Pop-pins, y será una especie de Poppins reload, pero menos pretenciosa: al fin y al cabo todos sabemos que escribir literatura, cualquier forma de literatura, siempre ha sido reordenar los códigos que generan realidades. Hay un punto mágico ineludible. En realidad, está usted, lector, ante una versión paralela en forma novelada de esa realidad, una simulación de la simulación propia que es la vida.

 
 
 

Luces de la ciudad

09:45 h

 

La cola de gente que parte desde las taquillas del Teatro Circo desciende San Miguel abajo, sobrepasando Blancas. Estrenan Luces de la ciudad. Es 27 de abril, lunes. También será lunes el 27 de abril de 1959, el día de mi nacimiento. Me empeño en no mezclarme demasiado con los acontecimientos que son de otros y a los que asisto mientras duran los procesos hipnopómpicos. Me esfuerzo en no parecer excesivamente un personaje de novela. Pero hay convergencias en el tiempo. Hay puntos de conexión, ondas en los espejos y en algunas corrientes de aire. Helia Álvarez nace el 27 abril de 1959. Aunque entonces no fuera Helia, sí era yo. Albertina lleva un fular con los colores de la bandera republicana mientras espera en la fila del Teatro Circo el 27 de abril de 1931. La bandera lo es oficialmente de España desde ese mismo día, decreto en la Gaceta mediante. Se han confeccionado y vendido en los días anteriores muchos fulares iguales al de Albertina, fulares tricolores. Las combinaciones tricolores siempre fueron revolucionarias. Está en la naturaleza asimétrica del tres. Esto es una tontería que se me ocurre (mezclar la revolución con la naturaleza de lo trino), pero es que la fila del Teatro Circo no avanza y algo he de pensar. También pienso que pasaron menos años entre 1931 y 1959 que entre 1975 y 2012. Y sé bien por qué digo lo de la menor cantidad de tiempo transcurrido. 1931, el año de la Revolución y 1959, cuando yo nazco, se parecen humanamente más entre sí que 1975, el año en que Franco murió en su cama de hospital, y 2012, cuando escribo.  Hay que tener en cuenta que he recorrido, de una forma (hipnopómpicamente) u otra forma (convencionalmente, digamos, día a día) ambos segmentos temporales. Que incluso como ahora, aburrida en la fila que no avanza nada del Teatro Circo, para entrar al estreno de Luces de la Ciudad, aúno en mí los dos transcursos, protagonista que soy y espectadora profundamente implicada, en un mismo perfil que cambia y muta. Según. Albertina sigue también en la fila del Teatro Circo esperando para entrar a ver Luces de la ciudad, con su fular tricolor al cuello, y sigue ahí, mirando intensamente al anarquista León Ponce, su compañero, y lo mira precisamente porque yo sé que estaba allí mirándolo. Ahora mismo la veo. No estoy loca. Puedo ser hipnopómpica, pero no estoy loca (al menos no todavía). La historia son ondas en continuo flujo. Hoy sé que no fue justo para la gente de mi generación tener que retroceder tanto para coger impulso en nuestras vidas. Hablo de nuestros años de la adolescencia en la década de los setenta del siglo XX. Retroceder en mi caso hasta la misma puerta del Teatro Circo el 27 de abril de 1931. Nadie lo haría ya. Hoy ya no. Yo no podría hacerlo ya, Albertina, no podría ser tan generosa. Por eso entiendo ahora (y no antes) tu elección. 1975 y los años siguientes parían corazones como Eras en cada concierto y mucha gente crédula, todavía. Entonces uno, un individuo quiero decir, una persona, nunca terminaba en sí mismo, y comprender hacia fuera era un acto y una actitud fundamentales. Ya no, hoy en día ya no. No cultivo nostalgias. Simplemente han cambiado las cosas y los términos de las cosas que hacen que uno se sienta bien.

Estoy en la fila del Teatro Circo o no, depende de mi pensamiento. Depende de la sensibilidad. En la gran entrada del Teatro Circo, que sin embargo es un cine, el cartel de la película con el busto extraño de Chaplin (hongo y clavel no combinan), su gesto forzado y tenso entre la devoción y la vergüenza, también seguramente de fastidio por tener que soportar las impertinencias de la novata Virgina Cherrill. El cartel no produce ternura (lo pego, pin-neo en Pinterest para que pueda comprobar, lector, esto que digo, pero por si acaso desaparece dentro del puzzle del panel Proyecto Pop-pins de Pinterest, puede también ver ese cartel maligno en esta url:

http://www.cartelespeliculas.com/galeria/albums/032/23p115752032.jpg,

confío en que siga vigente cuando usted decida acceder, pero nunca se sabe, así es Internet).

La verdad es que siempre hemos ejercido la escritura y desarrollado el lenguaje pegando imágenes de una u otra forma. Pienso que decimos de una u otra forma como diciendo de cualquier manera. Y sin embargo, la forma en que hagamos algo es determinante respecto a lo que hagamos. También cuando construimos nuestras referencias y cuando nuestras referencias aparecen aquí y allá en nuestros textos. Y no  porque alguien pueda llamarnos imitadores o plagiadores: este es un concepto muy simple, absolutamente mercantil. No es un término de pensamiento, ni ético tampoco. Imitar nunca fue malo, tomar modelos y repronunciarlos fue práctica común, e incluso exigida, antes de que todo lo inundara el valor de uso del mercado, que necesita la originalidad y su deterioro posterior para justificar el valor de compra-venta.

A Albertina el cartel de Charlot tampoco le produce ternura. Más bien le causa desconfianza. Es de naturaleza distanciada Albertina. Sabe que lo excepcional requiere demasiada energía y que esta se gasta pronto. León Ponce le pasa el brazo sobre los hombros. Es un ademán protector, también confiado, también libre. Estoy junto a ellos. León Ponce no me verá nunca. Albertina me vio desde el primer momento y me sonríe sin que se le note, cómplice. Todo esto que ocurre, le dice a Léon, parece una película. Hace días que la gente está en la calle a todas horas, en los cafés, en los locales de las organizaciones. Reunidos siempre. Juntos a todas horas. Demasiada energía sin control, piensa Albertina, aunque no sabe de dónde le viene semejante reparo, ni por qué piensa en la energía. La jornada de proclamación de la República anduvo con León y los demás compañeros de aquí para allá por la ciudad. Todos estaban contentos y bastante  histéricos, muy nerviosos. Muchos querían ya acabar con la República recién proclamada e implantar la utopía asamblearia. Cuánta prisa, pensó Albertina, mientras el cenetista León le entregaba a Venancio Sarría, socialista,  la bandera republicana que este izó en lo alto de la Delegación del Gobierno, pasadas ya las diez de la noche. Luego León Ponce le había propuesto que se fueran a vivir juntos. León decía que todos tenían la obligación de acelerar ahora la historia para recuperar tanto tiempo perdido. Albertina amaba el entusiasmo de León. Pero le hubiera gustado casarse, una pequeña ceremonia civil sin más. No lo dijo. Nunca. A nadie. Le hubiera gustado que, por lo menos, León le hubiera propuesto lo de vivir juntos unas horas antes, después de hacer  el amor en su pensión. Pero no lo dijo. La veo un poco triste y algo cansada. Pienso que las mujeres siempre dudamos, y también pienso que el gesto de Charlot en el cartel le da repelús.

 

París, España

15:20 h.

 

Los territorios imaginarios son realidades en las que no hemos podido poner pie todavía, en las que aún no hemos llegado a vivir, pero que son. Los territorios imaginarios se ubican con facilidad en cualquier espacio simplemente posible, también en cualquier cerebro. Se tele-transmiten a través de las ondas cerebrales, de persona a persona, y así amplían su dimensión y potencian su influencia, multiplican sus probabilidades de acontecer en un momento dado y en un lugar concreto de la materialidad histórica, aunque ello, ciertamente, suceda muy pocas veces. Los territorios imaginarios adoptan muchas apariencias, según quien los proyecte, y en general no son reconocidos por casi nadie, o como mucho vienen a ser catalogados en el espectro del intelecto que pertenece a la locura, la excentricidad, la enfermedad mental, también a la hilarante imaginación de algún autor de vanguardia, o quizás al cálculo visionario de la ciencia. Pero yo te aseguro, Helia, que estuve en París a comienzos de los años 20, a la sombra de Proust. Viví en París hasta que Proust murió y ya no tuvo sentido que siguiera allí. Murió Proust y casi al mismo tiempo mi padre, como hizo el tuyo décadas después, se marchó. Los padres, y en general los hombres, han practicado la huida habitualmente en todas las épocas. Mujeres creciendo entre mujeres, territorio proustiano. Territorio cadáver. O la transformación. Territorio Poppins, ya me entiendes. Supe que no podía ser.

 – ¿Por eso te quedaste con Basilio?, Albertina, ¿porque él no se iba a marchar?

– Quizás tengas razón. Pensé siempre que lo hice por tu madre, para protegerla. Pero es lo mismo, al fin y al cabo.

– Basilio era bastante tirano.

– Es que no son capaces, Helia, los territorios imaginarios de distorsionar la evidencia histórica hasta el punto de procurarnos una vida completamente buena y justa.

– Mira, me gustaría que alguna vez me dieras datos concretos, hechos verificables. Tanta hipnopompia me está matando. Necesito alguna apoyatura documental. Lenguaje claro.

– Ningún dato te procurará ninguna seguridad, ninguna verdad. De todas formas, no tengo inconveniente en relatarte algunos hechos positivos, claros, como tú dices. Eso sí, ni se te ocurra convocar a Mary Taylor mientras yo estoy hablando ahora contigo.

–  Ya te he dicho que no espero a Mary Taylor hasta la hora del té. ¡Qué cansinas, las dos, con tantas susceptibilidades, toda la vida y la no vida!

 – Sólo hay vida, Helia. Eso que llamas la no vida no existe, la nada no existe. Mira hacia esta calle de Londres, se ha quedado asombrosamente casi vacía. Pero la vida está, aunque no se vea. Como Mary Taylor Poppins, que dices que no está, pero con la que te he oído hablar hace un momento. Procedo al relato que exiges, pero no cambiará nada, insisto. Mi padre era médico (esto ya lo sabes). Cuando él se marchó a Argentina y nos abandonó, yo abandoné a mi vez definitivamente París, porque tuve que ayudar a mi madre a sacar adelante a la familia. Esto también creo que te lo he explicado, no sé bien si en vida o en esta dimensión de la hipnopompia en la que nos hallamos. No importa.

– Sí que importa, Albertina. El orden y el tiempo en el que las cosas se hacen, o no se hacen, es esencial. El orden de factores sí que altera el resultado. Siempre. Pero en fin, ya no tiene remedio.

– Eres muy dura, Helia. No me das sosiego. Pero te comprendo, hija, aunque te noto un tanto obsesionada, ¿qué quieres que te diga?. Bien, vamos por orden. Primero, pues, París.

 

Empecé a trabajar en la Biblioteca pública de Zaragoza en cuanto se inauguró. Eso fue en 1920. No había biblioteca antes de ese año en la ciudad. Estaba la biblioteca de la Universidad, eso sí, y yo me había ofrecido para ayudar en ella. Era el lugar más cosmopolita de Zaragoza. Leía yo mucho, además. Siempre he leído mucho. Como bien sabes, Helia, los himnopómpicos somos lectores especialmente preparados, perfectamente capaces de, como dicen los exégetas banales, vivir la lectura como si fuera una realidad más. Son banales porque piensan y sienten en un solo plano. No entienden que la lectura es efectivamente una realidad, no como una realidad. Es una realidad cristalizada desde las posibilidades que baraja quien la piensa; cada escritura, lectura y relectura constituyen evidentemente una nueva realidad. Los hipnopómpicos leemos viviendo lo que leemos. Al igual que vivimos lo que soñamos. Bueno, son formulaciones físicas y psicológicas ya muy antiguas, en fin, la incertidumbre, los sueños, el inconsciente, en fin, tú ya sabes bien todo esto: has estudiado arte dramático, te lo contarían, lo habrás experimentado. Ser hipnopómpica y actriz, Helia, es un salto doble mortal. Intento cuidarte, niña. París. Sí. Disculpa.

Me empeñé en ir a la Universidad.  Cuando yo era joven no se estudiaba arte dramático. Me matriculé en Historia. No había otra opción para una mujer en Zaragoza por aquel entonces. Pero la hipnopompia ayuda también a sortear la realidad, es lo  que tiene: te da valentía. Trabajé duro cuando estudiaba bachillerato en el Instituto. Eran los años finales de la Primera Guerra Mundial y yo pensaba que cuando la guerra terminase me iría lejos a estudiar, me iría a París, o a Londres, o a América. Mucha gente se iba entonces a América. Mi padre también se fue a América. No sé muy bien por qué. Cuando estudiábamos mi hermana y yo en el Instituto, mi padre nos pasaba libros y revistas. En 1920 en los Estados Unidos aprobaron el voto de las mujeres,  y mi padre nos dijo: algún día llegará para vosotras. Para mí no llegó nunca. Bueno, una sola vez, en 1933, porque los obligatorios simulacros de Franco no cuentan, claro. Tenía que haberme ido fuera de España yo también. En el 36, tenía que haberme ido, y haberme llevado lejos a tu madre, teníamos que habernos ido a Inglaterra, o a América. Me echaron de la Biblioteca ese verano del 36. Ya no volví a trabajar. Si Basilio hubiera intervenido, claro, hubiera podido seguir trabajando después de la guerra. No te hace falta nada, decía, ¿para qué?. Es mejor que te quedes en casa, insistía, para que todos sepan sin duda que ya no tienes nada que ver con el pasado, decía, decía; siempre tenía algo que decir. Y yo temblaba, y pensaba también que sí, que mejor en casa y en silencio. París. Perdona, Helia, los viejos nos extraviamos mucho por la memoria, y aún más los viejos hipnopómpicos, con tanta facilidad para las asociaciones mentales, qué te voy a decir… París, sigo.

Si te digo la verdad, no sé o no recuerdo cómo caí en las manos de Proust. Aparecí de pronto una noche en su cuarto del 44 de la rue Hammelin. Proust escribía siempre. No le extrañó mi presencia. Yo tampoco me extrañé de estar allí. Siempre escribía, aunque algunas noches salía de soirée al Ritz, y yo iba con él y me presentaba, claro, a todos sus amigos y conocidos: Madame de Sevigné, que me sometió a todo tipo de preguntas, que yo no podía contestar, o Saint Loup; una vez vi a Odette, bueno, ya sabes, Helia, todos ellos… Eran bastante fantasmones en general. Proust le dijo a Céline que me acompañara a las mejores tiendas de ropa de París, para que pudiera ir bien vestida cuando saliéramos. No tenía mucho dinero Proust. Pero yo no lo sabía. No sé quién pagaría. Me volvía loca la ropa de París. Proust no escatimó. No era nada sexual. O al menos nada explícitamente sexual. Me refiero a nuestra excelente compenetración. No por su parte. Yo hubiera podido amar a Proust o a cualquiera que me comprara aquella ropa y me llevara a sitios como el Ritz, o el Grand Hotel, aunque fuéramos a esos sitios tan apenas cuatro o cinco veces durante todo el tiempo que viví en París, en la casa de Proust. Él me dijo  que le recordaba a Gilberta, su primer amor, me mintió. Yo no le dije nada. Alguien muy cercano a él ya me había dado a entender que a Proust no le gustaban las mujeres. Se trajo a cuento, de paso, el nombre que Proust, así me lo contaron, jamás había vuelto a pronunciar desde que lo había abandonado.  Alfredo Agostinelli, me susurraron una única vez.  Quiso ser aviador. Los aviones hacían furor, tan llenos de futuro. Alfredo Agostinelli, me informaron, se había matado en 1914, volando.  Pero yo no esperaba nada. Me dejé atrapar. Me dijo que necesitaba una prisionera. Proust me dijo que era seguro que no le quedaba mucho tiempo de vida, que él se daba cuenta y eso le angustiaba enormemente; pensaba que podía morir a cada minuto, y tenía miedo, un miedo intolerable. Necesitaba una prisionera en quien fijarse para componer el último gran personaje de su novela. Necesitaba un modelo, porque no quería hablar de sí mismo. Fui una magnífica prisionera hasta el mismo día en que murió. Aunque a veces, cuando los medicamentos le aturdían, me escapaba un par de horas, necesitaba respirar, necesitaba recorrer París.  Me vestía con mis hermosos vestidos de Patou, de Poiret, y me iba a Longchamp un ratito, a veces a Bon Marche, y otras veces al café Dôme, o a la Coupoule. Iba casi siempre sola, porque en París no pasaba nada si una mujer iba sin compañía a un café. Tampoco si entablaba conversación con un desconocido. Yo hablé con alguna persona muy pocas veces. Una vez con Picasso, quien me dijo que no le caía nada bien Proust –pero yo sabía que no le conocía, que Picasso sólo pretendía impresionarme-. Me dijo que todo el mundo hablaba de que Proust era un tipo muy raro. Además me informó de que todo París sabía que yo era la española prisionera de Proust y me dijo que ni se me ocurriera quedarme con él, que huyera, que los artistas españoles que vivían en París me ayudarían. Pero yo insistí en que había ido a París en buena parte por Proust, que no se preocupara. Picasso no iba a preocuparse, seguro, eso lo vi enseguida. Me dijo, al despedirse, que no conocía Zaragoza; le respondí que debería ir alguna vez, al menos para ver las pinturas de Goya en el Pilar y en la Cartuja. Se lo dije para que viera que yo era una mujer instruida, que entendía de pintura, porque me daba igual que no conociera Zaragoza. Y supongo que a Picasso le daba igual si una mujer entendía o no de pintura. Yo era muy feliz cuando me escapaba a recorrer París. Bueno, también en Zaragoza una mujer podía ir sola a un café, al Ambos Mundos, por ejemplo. Cuando ya no se podía ir sola a los cafés fue años más tarde. Después de la guerra ir a un café se volvió algo malo, y para castigar a la mujer que se atrevía a hacerlo todo el mundo se ponía todo el rato a hablar pestes de ella, hasta que enloquecía. Enloquecieron muchas. Yo dejé de ir a los cafés. Tampoco tenía tiempo para salir mucho, entre ayudar en el colmado a Basilio y atender la casa. A trabajar ya no volví nunca, bueno te lo he dicho antes, y ya lo sabías. Hay muchas formas de cárcel, ya sabes. Disculpa otra vez. Esta cabeza. París. Poco más ya que decir. París era divino. Pero tuve que volver cuando murió Proust y además mi padre se fue a América. Mi madre me lo contó sin rodeos y me tranquilizó asegurándome que ella ya se lo esperaba, que no me preocupara, que no cambiaría casi nada. Entonces me centré mucho en mi trabajo en la Biblioteca. Pedí trabajar más de lo que lo había hecho antes, e incluso me llevaba tareas a casa, como hacer fichas y sipnosis, esas cosas. Así podía seguir leyendo. Un par de años después vino un día a la Biblioteca León Ponce, pero no teníamos lo que él buscaba, lo recuerdo bien, un libro de Sebastian Faure, publicado apenas hacía un par de años, en 1920; pero no lo teníamos, no eran habituales ese tipo de libros en la Biblioteca. Yo ya sabía que se iba a reír, pero como no teníamos lo que buscaba, le ofrecí a León otro libro de un francés, traducido ya al castellano, muy nuevo también, le dije, mire éste es, Por el camino de Swan. El traductor, le dije, es un poeta español, Pedro Salinas. ¿Un poeta?, se rió, efectivamente. Déjame ver eso, anda: ¡pura perifrastia burguesa reaccionaria! ¿Tú lo has leído?, me dijo. Da igual, me gustas lo mismo. Vendré a buscarte luego, si me dejas invitarte a un café. Amé mucho a León Ponce, pero jamás le perdoné ni le perdonaré en toda la eternidad que nunca me dejara contarle cómo era París.

– ¡Hombres!

– Quizás.

Rose Mary Taylor Poppins

16:55 h.

 

Si al anarquista León Ponce no se lo hubiera llevado el comienzo de la guerra, lo hubiera hecho Rose Mary Taylor, la Poppins. Eso me repetía Albertina. A nadie más se lo decía sino a mi. Para el resto, silencio como siempre. El resto tomaba esa insistencia como la chaladura de una anciana, que además ya se sabe que nunca ha estado muy en sus cabales: me miran de reojo entonces, porque todo el mundo piensa que yo doy signos de las mismas rarezas de Albertina, aunque tal convencimiento nadie lo enuncie formalmente. La Poppins murmuraba una y otra vez, reforzando con la ironía ese Poppins, que a mí me hacía gracia, pero que ella medio mascaba amargo y cabreada. Cuéntame qué te dijo cuando la viste en Londres, me pedía. No la vi en Londres, la vi en Portmeirion, y ya sabes tú lo que me contó. No le sigas tanto la corriente, se quejaba mi madre. Dímelo todo, replicaba Albertina.  Yo le apretaba la mano e insistía en el ya te lo dije, sin explicarle de nuevo todo lo que en su momento ya le había contado que a su vez me había referido Rose Mary Taylor, cuando la fui a visitar con Patrick a Portmeirion, unos meses antes.  Estupefacta y herida como me sentía (no sé por qué, no tenía derecho), a mi regreso a casa encaré brutalmente a Albertina con el relato de Rose Mary. No debes repetir nunca lo que hemos hablado me contestó ella. Ya no tiene sentido. Es lo que me pidió, mientras procuraba rebajar mi ira y apartar mi mirada impía. Aquellos días previos a tu muerte, Albertina, sin embargo, insistías e insistías en que te repitiera el relato de Rose Mary, y no te comprendí. Vivo con esta quera, de verdad. No haber comprendido tu necesidad de volver a escuchar la historia de Rose Mary Taylor, tu propia historia, como una revelación venida desde fuera, definitivamente, antes de morirte.

Rose Mary Taylor Poppins se presentó en casa de Albertina un día de mediados de agosto de 1936 para decirle que a León le habían reconocido aquella mañana, al poco de amanecer, algunos compañeros, aunque no pudieron rescatar su cadáver, acribillado a tiros en la playa del Canal Imperial, junto a Torrero. Rose Mary me aseguró que este episodio triste era verdad y no sólo un sueño terrible, como yo había creído hasta aquel momento. Si yo hubiera estado allí entonces en carne y hueso, y no de esta manera  en la que lo he vivido, como de aparecida o de sustancia holográfica, propia de los episodios hipnopómpicos, no le hubiera dejado abrir la puerta a Albertina, cuando llamó Rose Mary. Para qué. Ganas de complicarse. Pero Albertina, que ya sabe que yo soy insistente y que la miro y la vigilo en su casa, en esa mañana de agosto de 1936, me responde que no es tan fácil, que para callar es preciso saber antes. Porque de otra forma lo que guardamos no es silencio, sino ignorancia.

Rose Mary y León Ponce habían sido amantes desde hacía más de un año. Rose Mary era periodista y había llegado desde Madrid y antes desde Londres. Vino a Zaragoza porque la ciudad era un sin vivir de noticias continuas a causa de los conflictos sociales y políticos. Luego se quedó enganchada a León y definitivamente atrapada por el ambiente febril de los meses anteriores a la sublevación militar y a la guerra civil;  meses difíciles e intensos, siempre al borde del dolor y de la muerte. La intensidad engancha, genera adrenalina. Albertina mucho había barruntado de esa historia irremediable de amor y de fascinación entre León y Rose Mary, tan propia de la época pensaba yo, pensando en las películas de la época. Pero su algo más que intuición no la libró de la ira cuando se topó de golpe con la mirada de la inglesa, al abrirle la puerta de su casa, mientras Rose Mary le cuenta inconsolable, atropellada, en mal castellano, que León estaba muerto. Pero a Albertina ya se lo habían dicho: que lo habían tiroteado antes del amanecer. Basilio había subido temprano al poco de abrir su tienda de ultramarinos (la tienda está en los bajos de la casa: en el mismo lugar que reconozco décadas y décadas después oculta tras su transformación acelerada de los últimos tiempos en zapatería de barrio, al jubilarse mi madre, luego en verdulería, en tienda de venta de ordenadores, en etc., etc.,  – signo de los tiempos: durante casi un siglo inmutable ultramarinos y luego metamorfosis continua, morphing incansable…) Bien, al punto que se llevaron a León, tres días antes de la aparición de Rose Mary, Basilio les había dicho a sus correligionarios que cuando sucediera lo de León Ponce le hicieran el favor de ponerlo en su conocimiento. Le tenía aprecio a la viuda, dijo, era buena clienta suya, dijo, y prefería que se enterase por él que por otros, dijo. Dijo viuda. Aunque no estaban casados, Albertina y León no estaban casados. Aunque León todavía estaba vivo en ese momento en el que Basilio hablaba con los suyos. Al tercer día sus amigos, que hacían guardia en el cuartel de Ruiseñores aquella madrugada, se dieron prisa en contárselo. Basilio llamó al timbre mostrándole a Albertina un canasto lleno de alimentos en la otra mano. Hay que vivir, Albertina. Hay que vivir, señorita, repitió Albertina a Rose Mary Taylor, que seguía llorando apoyada sobre la mesa de la salita. Mi madre decía (antes de que se le nublara la memoria) que se acordaba de las cartas que en los años cuarenta y cincuenta llegaban desde un pueblo de Gales, llamado Portmeirion, y que Basilio, siempre le gritaba a Albertina que aquello se tenía que acabar. Como si el silencio tuviera principio o final, pensaba Albertina. Siempre es la hora del té en alguna parte de nosotros mismos.

 

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