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Las Hipnopómpicas

Territorio Poppins

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Making-On

Diario de la novela en marcha

Florin Ion Firimita

Cuando empecé con el proyecto Pop-pins, una de las primeras cosas que hice fue intentar encontrar una imagen que representara en síntesis lo que yo entonces pensaba que iba a ser escribir Pop-pins y hacer cosas en torno a Pop-pins. Digo entonces, porque algunas cosas han ido cambiando -ha pasado el tiempo, es verdad, y el proyecto se dilata: no sé si porque la vida me empuja, como decía José Agustín  Goytisolo, o porque yo soy un desastre (o ambas cosas). Pop-pins se alarga, pero de momento no caduca. Y tampoco lo hace la imagen que le acompaña. Esta:


Se trata de un trabajo de Florin Ion Firimita (http://www.florinfirimita.com/)

A Florin le encontré a través de una fotografía (http://www.florinfirimita.com/large-multi-view/Color%20Photography/271127-1-15875/Color%20Photography.html#.UBZa3GHcSEY), que usé como perfil de mi blog personal. Le cité al respecto, y él me escribió agradeciendo el uso de la imagen y ofreciéndose a enviármela en papel, puesto que tanto me había gustado (me gusta mucho, es verdad, y Florin me envió la fotografía, que en ese momento además fue para mi un regalo balsámico)

Fue fácil encontrar en su trabajo una imagen para Pop-pins. Y Florin volvió a ser absolutamente generoso, y me dijo que sí cuando le solicité permiso para utilizarla. Solo una petición: cita siempre su título (The transformation of Ana M.), porque hace referencia a mi madre, me dijo.

Transformación, madre… dos palabras que han terminado por irse convirtiendo en auténticos leit motiv en Pop-pins// Lo han hecho de forma natural al compás del trabajo; pero ya estaban en el origen, claro. Por eso supe desde el origen que esta era la imagen de Pop-pins, antes de saber su título.

Aprovecho que hoy, según Facebook, es su cumpleaños para agradecerle en público su creatividad incansable y multidisciplinar, su generosidad.  Este post hace tiempo que debería haber sido escrito.

 

 

El ser humano no puede soportar tanta realidad (t.s. eliot)

 

En cualquier tiempo y en cualquier lugar esto es así. Nuestro umbral de realidad es limitado. La realidad es una bomba auto-programada para ir asesinándonos. La capacidad de destrucción de la realidad no se puede medir, no tenemos instrumentos para ello. La salvación está pues en lo imposible. Religión. Utopías salvajes. Cosas así. Ya lo intuye Eliot, Cuatro Cuartetos, T.S – grande Eliot: él es quien lo dijo (Burnt Norton, 1936), porque lo creía saber, pues para eso era católico, mucho. Yo ya se lo decía Patrick, cuando me leía a Eliot- en inglés, en un libro tomado de la biblioteca que tenía en su casa Mary Taylor Poppins, en Portmeirion, cuando la fuimos a visitar, aquel mes de julio de 1983 –todas las cosas importantes me han sucedido en el mes julio ….

 

Este es el comienzo de otro capítulo de Pop-pins. Algunos capítulos, como este, son muy breves. Este no estaba previsto, no estaba en el Indice Pop-pins (ese del que tengo que hablar). Ha surgido por sí solo a través de este recorrido: Juegos oLimpicos/Londres/Julio/Londres/St. James Tavern: aclaro que Pop-pins se está escribiendo en esta taberna de Picadilly, y que el tiempo de escritura es un día de 2010, pero al mismo tiempo hoy, y al mismo tiempo, 1983, etc… Un poco de tdo ello se intuye, como siempre digo,  en las píldoras de radio-teatro (preámbulo a Pop-pins, seguid la flecha para escucharlas ——->

Quiero decir tben. que este capítulo dialoga con T.s. Eliot, grande, pero demasiado católico para mi. Grande.

La prisionera

He terminado de releer y repasar los capítulos que llevo escritos de Pop-pins.  También he ido haciendo algunas correcciones sobre ellos. No muchas, la verdad. No sé si es que me han salido muy bien o que yo realmente me estoy volviendo muy tonta (decía antes en territorio Facebook que no podía ser que yo fuera tan tonta como me siento cuando leo, oigo y veo todo lo que veo, oigo y leo en los medios de comunicación- pero a lo mejor como me contestaba una querida y sabia amiga al final consiguen volvernos tontos realmente, y esa es la táctica, la estrategia…, no sé, ya digo…)

Bueno, Pop-pins. Hoy quería haber comenzado el siguiente capítulo que me tocaba. Se titula «Saldo migratorio». Pero se va a quedar de momento hoy en el título. Debajo del mismo no hay nada. Saldo=0. Otra vez «corridas» médicas. En Aragón le decimos corridas a cuando una tiene que darse mucha prisa para algo; por ejemplo: ves en una corrida a comprar pan; o, tanto «alparcear» y luego corridas para todo (o sea, tanto hablar cotilleando y luego a toda prisa para llegar a todo); o, como mi caso, hoy: ¿qué tal tus padres?, (me dicen, por ejemplo y yo contesto, por ejemplo:) pues todo el día con corridas en los médicos….

Total, que estoy cansada y hace calor otra vez. Y ha habido unas palabras por ahí sobre la discapacidad que me han dado aún más calor y un terrible cansancio de todo. Y entonces, abro la carpeta de Pop-pins y… el último capítulo que corregí ayer se llama La prisionera (qué cursi, Luisa, diréis…). Pues no creo. Os pongo un parrafillo de ese capítulo, cuyo título si os parece cursi, vais y se lo decís  a Proust, monsieur Marcel.

Otro día os cuento algo sobre el índice (de Pop-pins).

Bueno, el parrafillo:

Empieza La Prisionera:

 

Somos prisioneros de la gravedad. De la gravedad de la Tierra y de la gravedad de los hechos que nos ocurren. Del peso de la vida. Y esa prisión es como una curva interminable que oculta el horizonte. Somos prisioneros porque no flotamos. Si pudiéramos flotar, podríamos escapar siempre que quisiéramos. Flotar, quedar suspendidos. La gran paradoja y desgracia de nuestra naturaleza es que sólo nos liberamos realmente de nosotros mismos flotando. Yo de niña quería ser astronauta, ¿te acuerdas, Albertina? Pero la ingravidez desgasta los huesos. Te acabas volviendo plegable, no libre; así que ser astronauta no sirve tampoco. Necesitamos urgentemente hacer habitable alguna dimensión donde todos podamos flotar, queridas Albertina y Rose Mary Taylor, que estáis en el techo de Saint James Tavern, sobre mi cabeza, tomando el té. Se os ve bien. Buen aspecto. En cambio yo estoy tan cansada.

(Piripintado para mí ahora el final… Me vuelvo a ver el partido de baloncesto de la NBAUSASPAIN)

Theatreland Proust (capítulo inicial)

09.00 h

Longtemps me he acostado tarde, he dormido poco y mal. En realidad esto ha sucedido durante toda mi vida. No me importaría si no fuera porque la mayoría de la gente prefiere creer que la realidad equivale a tener los ojos abiertos, y eso me convierte en alguien raro. Quiero decir que la mayoría de las personas conciben sólo como real lo que nos ocurre en estado de vigilia. Pero hay muchas formas de vivir. Y no es cierto que sean más verdad los presuntamente autónomos objetos reales, que nos rodean cuando estamos despiertos, que el miedo experimentado durante una pesadilla, o el extremado goce sexual soñado, o la generosa liberación de por fin dejarse caer al vacío durante kilómetros y ya está; o la escena que te obsesiona, representada milimétricamente en sueños, con perfección total, mientras sabes que ese tu gran papel lo estás bordando en sueños, y en sueños eres totalmente consciente de que serás incapaz de reproducirlo cuando cambies de estado y que, mierda, esa escena te ha salido muy bien, en el tono que llevas buscando hace días, maldito disco duro de la vida compartimentado. Creo que de una manera más o menos emocional nunca he experimentado la presunta dicotomía entre sueño y realidad, incluso antes de saberme hipnopómpica. Seguramente gracias al gran conejo amarillo. El gran conejo amarillo de ojos rojos que vi junto a mi cama de niña de tres años, en aquella habitación infantil de la casa con lavadero de la Avenida Felipe II de Barcelona. Todas las niñas ven en algún momento al gran conejo amarillo de ojos rojos. No era un gran conejo amarillo amenazador, aunque yo me asusté. Mucho. Me asusté al ver su hocico pegado a mi frente, como para plantarme un beso, y su ojo rojo tras un monóculo dorado. Me asusté y chillé empujada por ese pánico, profundo y pasajero como un terremoto, propio de los niños. Cuando eres niño casi todo se percibe en primer plano. Mientras mi madre acudía, sobresaltada y en aceleración constante hacia mi cama, el conejo saltó por la ventana. No le dije nada a ella. Guardé el monóculo bajo las sábanas y me limité a gritarle que tenía miedo. Lo cual no era mentira, aunque no representara todo lo sucedido. Con tan sólo tres años ya intuí que mi madre no me creería nunca, que nadie seguramente me creería nunca. Que nadie creería que el conejo amarillo de ojos rojos atravesó, sin romperlo, el cristal de la ventana de aquel primer piso de la casa donde pasé los años de mi infancia, porque no podía exponerse a que mi madre lo descubriese. Luego he aprendido que hay materia que atraviesa la materia. No lo volví a ver. Ni en sueños. Posiblemente su voluntad de existencia no superó mi escasa valentía, no remontó mi negativa a reconocerlo como objeto independiente de mi pensamiento, aunque hubiese sido generado por él. Todavía no me sabía hipnopómpica. A continuación lo olvidé. Los niños olvidan con facilidad. Lo olvidé y unos años de infantil eternidad después volví a recordarlo, cuando en el cine más cercano – el cine Victoria- a la casa de la Avenida Felipe II vi en reestreno Mary Poppins, la película – sesión doble, (qué gran felicidad flotar durante las sesiones dobles) -. Lo volví a olvidar longtemps. Hasta Patrick Mcgoohan. Hasta Swan. Por el camino de. Hasta Albertina, la prisionera. Estoy convencida de que Proust era hipnopómpico. Como yo. Me llamo Helia. Helia Álvarez. Y soy actriz, aunque en esta época me dedico mayormente a los monólogos. Y ahora, cuando puedo, a escribir. Monólogos. Escribo con el objeto de dejar de ser otras y a veces otros (estoy cansada) y tener un sitio donde reconocerme por dentro y por fuera. Por eso, les necesito, señores lectores. Y porque estoy acostumbrada a trabajar con público, claro (pura contradicción es todo). La escritura no se ciñe a dos únicas dimensiones aparentes. No es único el gesto de escribir. La escritura no empieza y no termina en el texto. Sé que, acaso por costumbre o deformación profesional, escribo con gestos de representación, en tono de representación. Piccadilly Circus, 9 de la mañana. He quedado con Patrick en la St. James Tavern a eso de las 7 de la tarde para cenar. Tengo un libro en blanco. En realidad tengo una gran cantidad de información intuida y esperándome dentro de mi portátil, sobre esta mesa de vieja taberna londinense, lista para ser reordenada, interpretada por mí y transformada. Por toda esa información ya he transitado. Tengo muchas horas por delante hoy, mientras aguardo a Patrick. He venido a Londres a buscar a Patrick. No sé si llego desde Barcelona, o desde Zaragoza, o desde este mismo lugar londinense hace 30 años,  o desde uno de mis sueños hipnopómpicos, de tiempos y espacios intercambiables. Piccadilly es el lugar idóneo para este ejercicio de representación, el centro de Theatreland, que es tanto como hablar del centro de la gestualidad universal, el agujero de gusano que conduce a cualquier sitio, posible o no. Así que sean, pues, todos bienvenidos. Especialmente, usted, en este instante mi lector-espectador más importante. Reciba todo mi agradecimiento. No tengo en verdad a nadie más.

Entrada destacada

12 a 1

17:55 h

El 21 de diciembre de 1983 (dieciocho años después del 21 de diciembre de 1965, el día en que vi por vez primera a La Poppins en el cine Victoria de Barcelona) la BBC retransmitió el partido de fútbol en el que la selección española ganó 12-1 a Malta, la isla. Setecientos y un años después de que los almogávares aragoneses de Roger de Lluria conquistaran Malta, la selección española de fútbol humilló nuevamente a los malteses, en Sevilla. Ya sé que los almogávares aragoneses no tenían nada que ver con España. Pero los ingleses que estaban en Saint James Tavern viendo también el partido a través de la televisión no paraban de gritar que estaba amañado. Patrick asentía tímidamente con el gesto. Y yo, que no tenía mucho interés por el fútbol, replicaba que no me contaran milongas, que a lo mejor estaba amañado, bueno, pero que realmente por lo que estaban todos furiosos era porque Malta, que había sido inglesa casi hasta ayer mismo, perdía, y que Europa estaba decidida a ayudar a España para que dejara de ser un país de pringados, y que ya se sabe que el deporte es una metáfora social. Qué culpa tendría Malta. Habíamos discutido Patrick y yo mucho toda la tarde sobre si quedarnos en Londres o volver a España. Y al terminar el partido le miré a los ojos sin pestañear, inamovible: Patrick, le dije, vosotros, los ingleses, tampoco sois muy objetivos ni muy sensatos. Todo eso que se dice de vuestra racionalidad es un mito; Patrick, le dije, este país no es mejor que el mío y no soporto más que tú lo creas así; Patrick: yo me vuelvo, tú puedes hacer lo que quieras, lo que quieras, Patrick, puedes hacer, puedes quedarte en Ombligo Picadilly, Patrick, yo me vuelvo a España después de Navidad, tengo mucho que hacer allí; puedes quedarte, Patrick, pero yo tengo que estar allí, en España –y golpeaba con mi mano El País/Biblia-: hay mucho que contar, digo, sobre derrotas amañadas.

Volví a España con Patrick y con un montón de CDs –habían empezado a comercializarse ese mismo año, 1983-  y, aunque no le creí entonces, Patrick tenía razón cuando me dijo que los CDs, y sobre todo los de rock , serían formas de existencia breve, que no aguantarían la amenaza de  las Sombras.

 

2 de julio de 1970

11:50 h

Llegamos hasta la Plaza de España en el 40, un tranvía que en mi barrio daba la vuelta de nuevo hacia el centro de la ciudad aprovechando el vacío circular de un antiguo lavadero. Hacía sol. Albertina me agarraba de la mano con exageración, pero alcancé en un tirón inapelable a coger una de las treinta mil banderitas nacionales que se agitaron aquella mañana, en manos de los niños sobre todo (según describen las hemerotecas, aunque yo, que era niña, las viera tremolando numerosas  con su fuerza insignificante muy por encima de mi cabeza). No me acuerdo de si hacía o no mucho calor, aunque el mes de Julio suele comenzar sin piedad en Zaragoza. Realmente había mucha gente llenando las aceras del centro de la ciudad, pero conseguimos alcanzar la calle Alfonso y nos quedamos muy quietas, esperando. De lo acaecido a mi alrededor aquella mañana ya no conservo muchos más recuerdos. Para re-situarme he recurrido a las hemerotecas online del ABC y de La Vanguardia; crónicas larga, concienzuda y babosamente descriptivas en número y condición sobre los miles de tractores que flanquearon la carretera desde el aeropuerto, sobre los honores rendidos, repiques de campanas, jotas, artillería y  bandadas de palomas azuzadas para que surcasen el cielo una y otra vez. Pero yo, en mi propia memoria, sólo consigo recuperar mi angustiosa sensación de parálisis, la incapacidad para moverme, para gritar, mi estupefacción, un desconcierto que muchas veces he comparado mentalmente con algunos de mis episodios hipnopómpicos más tenebrosos, que de todo ha habido. Sé que en algún momento perdí en aquella mañana el contacto conmigo misma. Nunca se lo conté a nadie. Oigo a Albertina que vuelve a decirme: nunca lo contaste, ¿por qué? No tuve ni tengo la respuesta. Cosas de las que no se hablaba. Pienso a continuación, -cuando ya dejo de escuchar el martilleo de la pregunta insistente de Albertina-,  que esto seguramente ya no se entiende. No se entiende la existencia de cosas de las que nunca, nunca, se habla. Nunca. Hablamos mucho y de todo hoy en día. Se puede explicitar cualquier mensaje. No hay reglas y siempre existe alguien en alguna parte, en el móvil, en un chat, en el correo electrónico, en la televisión, en el autobús, en cualquier parte surge alguien apropiado con quien hablar de algo de lo que no podemos hablar con nadie más. Pero a lo que yo me refiero es a callar algo que nunca contarás absolutamente a nadie. Porque hay cosas de las que no se habla, nos enseñaron. A esa  tremenda soledad yo me refiero. Albertina tuerce el gesto con ira y con pena y me reprocha mi silencio, sólo roto hoy y sólo con ella, se lamenta, cuando ella ya no puede escucharme realmente, pues aunque me escuche sólo puede devolverme el hilo de mi propio razonamiento. No te culpes, le digo. Es que yo te llevé, insiste: ¿cómo no imaginé que dentro de aquel enjambre histérico de abducidos con síndrome de Estocolmo abundaría mucho hijo de puta? – esto, le interrumpo, es un anacronismo, le digo, porque el síndrome de Estocolmo entonces todavía no se diagnosticaba, aunque existiera.  Albertina no responde a mi ironía inoportuna, se duele mucho, cuando le cuento, ahora sí se lo cuento, aunque no sé bien si puede escucharme, que aquel hijo de puta se arrimó contra mi cuerpo en transformación de niña de once años, avanzó su mano bajo mi vestido de verano y se abrió paso entre mis piernas, mientras  él se tocaba y toda la multitud vitoreaba a Franco cuando apareció en el balcón del Ayuntamiento gesticulando como un playmobil (trailer: play –>  ni un solo músculo mueve el muñeco diabólico, sin mover ni un dedo su poder destructor abre vórtices de extrema congelación -no respires, no camines- en la negra radiografía del paisaje muerto -pero yo no tenía ni idea-,  silencio bajo los vítores). Ni mirar pude al otro, al títere asqueroso que manoseaba entre mis piernas. Durante un buen rato no me moví. No hablé. No entendía bien. Entonces de muchas cosas no te explicaban nada, no se hablaba de muchas cosas, insisto. En algún momento conseguí desplazarme hacia la calzada y me abracé, atónita y muda, a Albertina. Yo también muda, Albertina. Como tú. Muda, como tú muda, toda la vida. Ahora lo sé, como un día supe que no habías sido lo que parecías. Y como más tarde entendí por qué quisiste asistir aquel 2 de julio de 1970 a la inolvidable recepción

 (No-do:  play http://www.rtve.es/filmoteca/no-do/not-1436/1486612)

que la ciudad brindó al glorioso caudillo Franco bajo miles de temblorosas banderitas infantiles. Y al igual que ahora te digo, estando como estoy perfectamente despierta, que me alegro de haber callado y no haber añadido a la tuya, que ya es mía, más humillación.

Agujero de gusano

14:20 h

Patrick me ha dicho que llegará a Picadilly sobre las siete de la tarde. A la misma hora en que solía llegar casi todas las tardes de aquella mi primera estancia en Londres. Y eso, a pesar de que cuando estaba con Patrick yo todavía no era realmente Helia, aunque ella viniera conmigo desde siempre, deformada la pobre como un ser cubista bajo todas las mutaciones a las que la he obligado a lo largo de mi vida. Siempre llega un momento (tarde o temprano) en el que una se siente irreparablemente sola y abandonada. Siempre existe ese momento. Nadie puede remediarlo. Hay que pasar por ello. Yo lo experimenté hace ya muchos años, y al menos por dos veces. Primero, al descubrir la verdadera historia de Albertina – que conocí precisamente gracias a Patrick (tal era en realidad la misión que Mary Taylor le había encomendado para su viaje a España, que yo descubriera mi otra historia, la historia silenciada de mi familia, toda familia la tiene).  La verdadera historia de Albertina venía a recomponer mi propia historia, pues Albertina está en mis orígenes más profundamente que mi propio adn, que no es el suyo. Cambiar las referencias te lleva hasta la más absoluta soledad, al menos por un tiempo. Volví a sentir ese completo desasimiento algo después, cuando finalmente mis propias sombras alcanzaron a Patrick, como yo temí –por mera intuición- desde el principio de nuestra relación. Mis sombras, esa materia que soy antes incluso de mi nacimiento, se cebaron con Patrick cuando reaparecieron. No le salvó el hecho de haber sido él mismo el agente que había abierto el camino hasta aquella parte de mi memoria oculta. Quizás, al contrario, ello fue lo que lo convirtió en la primera víctima de las sombras. Reconocerme en esa memoria fue preciso, pero cruel. Cuando afloró apenas dejó sitio para nada más. Así pues, al cabo de algunos años, y cumplidas nuestras expectativas como pareja, Patrick me dejó, como yo había previsto. Paradójicamente, sentí la amputación. La convergencia entre la necesidad de recomponer el pasado que me incumbía directamente y mi presente desintegrado me llevó en línea recta a Helia, quiero decir a mi propio núcleo personal, a  rescatarme completa y única. Por eso cambié mi nombre, pues el anterior lo había gastado con todas las mutaciones y había perdido todo su apresto. Mi yo recuperado y puesto al día necesitaba un nombre sin sombras, de estreno. Helia me pareció bien. Me pareció incluso magnífico para una persona hipnopómpica, que debe mantener en equilibrio siempre los diferentes espacios y tiempos que orbitan en torno a ella e interfieren alternativamente en su pensamiento, a veces también en su personalidad. Conservé el apellido, eso sí, porque la historia no se puede soslayar, nos guste o no. Los nombres son intercambiables, igual que los estados de la materia. La historia, hecha la elección que la definirá, ya no tiene remedio (al menos que yo sepa), pues toda obra humana requiere tanto materia como intención. Y no es porque no haya querido y deseado muchas veces deshacer la elección y rectificar la trayectoria de los hechos; pero no consigo hacerlo, ni siquiera en mis estados de hipnopompia: le tengo mucho  respeto a  la historia y eso me inhabilita para ignorarla.

            He venido a Londres a encontrarme  nuevamente con Patrick. Esta vez he venido a Londres porque Patrick se va a morir y está solo. Nunca fue muy valiente, si bien ahora tampoco haya necesidad de serlo, pues no se precisa valentía ante la muerte, tan sólo aceptación. Estoy aguardando a Patrick, como otras veces –después de que terminara nuestra vida en común- ya lo hice, no sé si en sueños o bajo los efectos hipnóticos de la hipnopompia; como lo haré en el futuro en muchas otras ocasiones, al recordarle, quizás con la misma ansiosa y temperamental práctica de los rituales míticos consagrados a conjurar la desaparición y el vacío. Estoy tan inquieta y tan enfadada que pienso que a lo mejor ésta de ahora ya es una de esas ocasiones futuras en que vendré a Londres a buscar a Patrick para ayudarle a morir. Si ya tuve la presciencia del hecho, si ya intuí el dolor, ¿quién me dice que ya no ocurrió y que esta espera presente de ahora no es sino una repetición expiatoria más por mi parte? ¿Cómo sabré si Patrick, cuando llegue a mi lado – y lo hará al filo de la noche -, está vivo o ya murió? Son cosas así las que jamás puedo contar a nadie que no sea tan conscientemente hipnopómpico como yo, o que por lo menos comprenda con empatía esta singularidad. ¿Cómo lo haría? ¿Cómo decirle a Patrick que acudo a su llamada de auxilio, aunque no sepa realmente si ya le seré útil? ¿Puede acaso alguien morir dos veces o más? No le diré nada al respecto, como no lo hice años  atrás cuando anticipadamente supe que nos separaríamos a causa de las sombras. No intenté utilizar mi particular condición para evitar el desastre, sencillamente porque eso no es posible. La singularidad hipnopómpica no implica el poder de modificar los hechos y mucho menos de cambiar la sucesión de elecciones humanas que van alterando y transformando las cosas dentro de esta dimensión de conveniencia para todos a la que llamamos realidad, pues la singularidad hipnopómpica sólo me permite moverme, -¿cómo expresarlo?-, dentro de espacios similares a los hologramas: intento constatar mi vivencia y se desvanece al contacto de mi mano cuando la atraviesa. El sentimiento atraviesa la materia. En fin, una locura. Pero estoy acostumbrada.

            Vine a Londres por vez primera en 1983 y supongo que lo lógico hubiera sido quedarme a vivir en esta ciudad, aunque estuviera llena de extraterrestres.  Al contrario, tal cosa hubiera sido una causa más para quedarme, pues a mí me interesan bastante los extraterrestres (de toda condición). Ahora tampoco me quedaré después de que Patrick muera. Recordar la fecha de aquel primer viaje a Londres no es baladí. Porque si hubiera llegado a Londres por primera vez unos pocos años antes o unos pocos después, incluso meses antes o después,  es muy posible que sí que me hubiera decidido a instalarme aquí, como Patrick me pidió con insistencia. Pero en 1983 yo creía firmemente que el único sitio  donde debía vivir era en España. Diríjase, querido lector, a las hemerotecas; consulte los archivos de los periódicos en Internet; hable con otras personas y posibles lectores, con otros que recuerden, si ni siquiera usted  ha podido adquirir ya, a estas alturas del presente, una mínima noción de la época y los acontecimientos a los que estoy aludiendo; haga ese ejercicio, por favor, y entenderá las razones –no voy a exponerlas ahora,  habiendo tantas fuentes donde documentarse- por las que finalmente, después de aquel viaje a Londres, convencí a Patrick de que España era el único lugar del mundo donde yo podría dar inicio a mi vida adulta de una manera coherente. Expuse mis argumentos con tanta fuerza, que el propio extraterrestre Patrick se decidió a vivir conmigo en la inevitable España, eso decía él, inevitable España, y enseguida nos instalamos juntos en un pequeño piso con terraza sobre el río. Cundió, una vez más, un escándalo supino en toda mi familia española –con excepción de Albertina, claro-, que nunca fue especialmente religiosa, pero que había vivido mucho tiempo enterrada, como gran parte del resto del país, bajo un patético, cínico y cruel síndrome de Estocolmo colectivo, bajo la carpa ineludible del gobierno de la Gran Mentira.

            Parecíamos algo la gente que pensábamos que valía la pena arrimar el hombro para que todo cambiase y que cambiase lo más rápido posible. Cambiar todo quería decir darle la vuelta al país de arriba  abajo. Eso pensábamos. Eso creíamos. Fuera carpas. Fuera mentiras. Aire, luz, viento, Vida, gritábamos. Y parecíamos algo, pero no era verdad. Sucedía que todavía muchos de nosotros no sabíamos qué hacer con nuestras vidas libres. Y sucedía además que vivíamos sobre todo de deseo y esperanza, que a la larga resulta una manera bastante triste y pobre de vivir. Aunque realmente, más que pobres creo que éramos muy cutres. Un alto grado de cutrería general seguía extendida por el país. Tal, que podría representarse en que sólo hubiera –casi a las puertas del siglo 21- dos únicos canales de televisión. Tenga en cuenta, lector, que en esos mismos momentos el presidente estadounidense, Ronald Reagan, alardeaba de su escudo galáctico antimisiles, por ejemplo. El mundo encaminándose hacia guerras galácticas, mientras los diminutos mortales españoles, espectadores de aquellas dos únicas cadenas televisivas a tiempo parcial (la uno y el uhf), babeábamos macarrónicamente ante un mitopoético automóvil extraterrestre y fantástico. Y lo hacíamos, precisamente porque nosotros, en nuestras vidas a ras de suelo, conducíamos, por ejemplo, un reventado Dyane 6 a través de Despeñaperros, con voluntad más propia de Curro Jiménez que de héroe americano (quiero decir que no había autovía ni siquiera para llegar a Andalucía, aquel todavía mítico Sur). Y sin embargo, entonces, quería estar allí, le dije a Patrick una de aquellas tardes, aquí mismamente, quizás en esta misma mesa de St. James Tavern, se lo dije, quiero estar allí, ése es mi lugar ahora, le aleccionaba con pedantería, golpeando con el dorso de la mano la portada de El País, el periódico que cada una de todas aquellas tardes que pasé en Londres venía a comprar a Piccadilly, en el quiosco que aún existe junto a la boca del metro. Pero, ¿tú me oyes, Albertina? Hablo como si tuviera mil doscientos años. Parezco mucho más vieja que tú. Volví, a pesar de las mentiras, Albertina, que precisamente había descubierto cuando fuimos a Portmeirion desde Londres, agujero de gusano.

Cosas blanquísimas

 

 

La nieve.

La espuma del mar,  claro.

La ropa blanca en lejía.

El fondo de los ojos de Albertina.

Las azucenas con flores a María que madre nuestra es.

El Prisionero con traje blanco.

La pantalla del cine.

El muro de nieve.

El vestido de la chica de Reina por un día (buscar en el archivo de la web RTVE).

Rover.

La nave Géminis en las fotografías de la época.

Mi vestido de verano y el calor de Atenas.

La hoja de Word que es más blanca que la hoja de papel blanco.

Las muchachas en flor de Proust bajo sus pamelas blancas.

La perrita Marilín cínicamente blanca (buscar en el archivo de la web de RTVE).

Los molinos de viento que no son molinos, amigo Sancho, aunque lo parezcan.

La costa del Azahar.

Extrañamente las arenillas de mis riñones.

Rover.

La luz FFFFFF. La luz en las fotografías en blanco y 000000 (negro) del álbum familiar.

Los dientes pintados de blanco del blanco pintado de negro en los musicales americanos cuando existía el KK Sepulcros blanqueados Sólo lo he visto en la televisión.

Joyce en sí mismo blanco Finnegans Wake, lavado en alcohol.

Los números de la quiniela dominical pegados sobre una pizarra negra / Escala en Hi-Fi (buscar en el archivo de de la web de RTVE, Mochi blanco).

La clara del huevo frito para cenar en invierno.

La hipnopompia cuando no es roja.

La nieve.

Sara ante el espejo de Juan Muñoz.

Mi vestido de primera comunión demasiado blanco y ellos a mi lado no de blanco, de negro (ambos).

Ionesco

La tristeza blanca del rinoceronte.

Rover.

El vaso de leche antes de ponerle Nescafé por las mañanas.

Dadá.

La prisionera de Proust, pálida como el papel. Albertina.

Portmeirion.

Mary Julieta Taylor Lorca Hepburn Poppins

El recuerdo infértil. La traición inútil.  La nube varada siempre frente a la ventana. La enfermedad. El cierzo. El tiempo. La luz. 77. Rover (el gran globo blanco) y el sueño que llega. Entornar los ojos. La Luz en las mañanas del verano de la infancia antes de saber.

Google Earth bajo la nieve

Google Earth bajo una tormenta solar

Ver lugares en el pasado – abandonar

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El género humano no puede soportar tanta realidad

17:05 h

Siempre es la hora del té en alguna parte de nosotros mismos. En cualquier tiempo y en cualquier lugar nuestro umbral de realidad es limitado. La realidad es una bomba auto-programada para que vaya matándonos según demanda, sin ritmo fijo. La capacidad de destrucción de la realidad no se puede medir, no tenemos instrumentos para ello. La salvación está pues en lo imposible. Religión. Utopías salvajes. Cosas así. Ya lo intuye Eliot, Cuatro Cuartetos, T.S. Eliot (Frankestein Pound): él es quien lo enunció de esta forma (Burnt Norton, 1936), porque lo creía saber, pues para eso era cristiano con profunda necesidad de esperanza. Yo ya se lo decía a Patrick, cuando me leía a Eliot, en inglés, en un libro tomado de la biblioteca que tenía en su casa Mary Taylor Poppins, en Portmeirion, durante la visita que le hicimos aquel mes de julio de 1983 – muchas cosas importantes me han sucedido en el mes de julio; ahora mismo vuelve a ser julio, 2012, y en Londres están a punto de abrirse nuevamente  los Juegos Olímpicos, y yo continúo mi escritura en un acto que genera un tiempo que transcurre en un solo instante, como una única intuición brutal de toda mi vida; la escritura me permite permanecer quieta en un tiempo equis, que son todos los tiempos, mientras la vida se destruye, como Patrick se destruye, sin querer. Patrick, le decía, cuando me leía a Eliot: la filosofía no es poesía, pero duele, la religión no es poesía, pero ayuda. Patrick, le insistía yo: no me gusta la religión, no me sirve la filosofía. El ser humano no puede soportar casi nada.

Si no fuera por la hipnopompia, hace tiempo que yo no hubiera podido soportarlo. “El tiempo presente y el tiempo pasado acaso estén en el tiempo futuro y tal vez al futuro lo contenga el pasado”: esto es evidente, querido Mr. Eliot, T.S, le hubiera dicho, de haber tenido la oportunidad de hacerlo, Mary Taylor Poppins. Eso me dijo en su biblioteca de Portmeirion, cuando nos encontró a Patrick y a mi leyendo a Eliot (si hubiera llegado un poco antes, no nos habría encontrado leyendo, me acuerdo y me divierte, porque sexo y Eliot no dan la sensación de combinar bien, aunque el aire psicodélico de Portmeirion todo lo facilita), y ahora yo se lo hago recordar a ella, en St. James Tavern, cuando la veo charlar con Albertina, ambas deambulando siempre entre la devoción y la repulsión mutuas, flotando ambas sobre mi cabeza, cada una con su taza de té, flotando en el tiempo de la posibilidad, tan real como otro cualquiera, querido Mr. Eliot, pienso yo, y lo reescribo en mi pantalla, porque

Lo que pudo haber sido y lo que ha sido tienden a un solo fin, presente siempre.

Memoria o hipnopompia o presentimiento, de los que la lógica aristotélica es tan apenas la punta del iceberg, Patrick, y todo esto porque seguramente no puedo soportar toda la realidad de tu ausencia absoluta. Mi humildad es infinita ante tu ausencia.

La Barraca

16:20 pm

Patrick decía que había venido a España para saber por qué había venido a España, durante la guerra civil del 36, su abuelo, un poeta de quien tanto le hablaba su abuela, y cuyos versos había leído muchas veces.  Para saber también por qué había venido su abuela, la periodista llamada Rose Mary Taylor. Porque, decía Patrick, sabría todo eso de alguna manera si averiguaba cómo era el país al que habían decidido venir, para jugarse el tipo, de forma bastante intempestiva. Yo estaba encantada con toda esta historia que él me contaba, pero le contestaba que realmente a mí me parecía que él había venido a España por el Mundial de Fútbol. No podía dejar que notara demasiado mi fascinación por las cosas que él me contaba. Y en todo caso, digo yo que vendría un poco por las dos cosas, por saber y por el fútbol. Siempre dije que si me lié con Patrick fue por lo que me contaba sobre su abuela periodista y su amante poeta, encontrándose en mitad de la guerra civil española. Protagonizaban la clase de historias dramáticas y totales que alimentaban mi juventud por aquel entonces. ¿Y cómo no me iba a colgar de un tipo inglés, guapo y pelirrojo, que hablaba español casi mejor que yo, que era actor, y que tenía una abuela reportera, que había estado en Zaragoza en los epílogos de la República, en la guerra civil y que se había enrollado con un poeta bajo las bombas de Franco? En la España de la Transición (“transición”, RAE 1.f.: acción y efecto de pasar de un modo de ser o estar a otro distinto) no enamorarme de inmediato de Patrick hubiera sido sencillamente impensable, impracticable, imperdonable. De idiota.  Además yo añadía a toda esta ensalada, una empatía de colegas (yo estaba estudiando en la Escuela de Teatro, y Patrick era actor). Y también me gustó una enormidad su manera de moverse. El movimiento es un misterio. Patrick se movía como un secreto a punto de ser descubierto. Nos conocimos en Bilbao. Yo tenía familia en la ciudad e iba de vez en cuando. La selección inglesa venció allí a Francia y a Checoslovaquia: tengo que recordar (porque nuestra memoria colectiva actual es muy leve y delgada) que el Muro de Berlín aún estaba en pie en 1982, que todavía no había ocurrido la cruelísima e impensable guerra de los Balcanes ni sabíamos los mortales quién era Gorbachov. Faltaban unos meses para que ganara las elecciones en España el PSOE por primera vez. A Patrick, el 28 de octubre por la noche, cuando ganó el PSOE y Alfonso Guerra lo anunció primus inter pares por televisión, en un alarde de moderna exactitud estadística, le dije en un bar de Zaragoza -a Patrick-  que no me gustaba que el PSOE hubiera ganado por aplastante mayoría absoluta. En este país no somos nada ponderados, le expliqué. Luego le besé mucho esa noche, porque entonces estaba muy enamorada de él y muy contenta de vivir en un país que se hacía moderno y contemporáneo a toda carrera, mientras yo me echaba un novio inglés. También le besaba tanto porque Patrick me siguió hasta Zaragoza, para mi asombro y fortalecimiento de mi vanidad -qué tonta, yo no sabía nada de nada- y le besaba mucho además porque tenía miedo de que se volviera a Inglaterra, si se daba cuenta de todas las sombras, si olía las miasmas que llegaban desde atrás, desde la historia. La historia abrumadora estaba muy cerca, ni siquiera a una decena de años de distancia de nosotros, se la oía respirar sobre nuestras nucas. Hablábamos nosotros de historia y de pasado en aquel tiempo, pero no lo eran todavía. Todo el siglo veinte se materializaba ante nosotros a cada paso por las calles, exigía digestión acelerada. Nos lo habíamos perdido el siglo 20. Nos habían robado todas las referencias que por generación nos correspondían. Al siglo 20 nos  lo encontramos una mañana de golpe los hijos desclasados de millones de hombres y mujeres que habían vivido reprogramados (sindicato, municipio y familia: todo en vertical, todo mentira, todo silencio).

Me explico. Por ejemplo, yo trabajaba en una tesis sobre la Generación del 27 y el Romanticismo europeo. Yo, trabajaba yo en mi tesis. Pero esa Generación del 27 era presente, era ahora mismo. Casi nada teníamos más propio que aquella Generación emblemática para nosotros, que nos cobijaba en aquel año de 1982 en los pasillos de Filosofía, la vetusta facultad universitaria (muchos desclasados pululando por esos pasillos: los universitarios hijos de los menestrales y los obreros, el orgullo de un país decían, la Gran Filfada, pienso –(ir, o volver, al respecto hasta la parte sobre el Efecto-goma , allí intento constatar algo de esto). Digo que nos parecía más cercano a nosotros aquel pasado que una gran parte del presente, aunque algunas cosas contemporáneas y cercanas entonces sí que había, claro: Nacha Pop y otras cosas así. Pero no una referencia que nos sirviera si sólo mirábamos un poco por detrás de nosotros, algo en lo que apoyarse de manera inmediata, no encontrábamos casi nada. Un gran salto en el tiempo. Un gran agujero. No era justo, Albertina. No era mi vida. Chica de ayer. Era la tuya, Albertina. Tu vida más que la mía. Nacha Pop y Lorca, Siniestro Total y Alberti, Alaska y los Pegamoides y Dolores Ibarruri: dos orillas sobrevolando un abismo de más de medio siglo, una interferencia de larguísima sombra. Yo pensaba que si Patrick descubría esa sombra se marcharía: la sombra en este país siempre fue maldita; la sombra mató a aquel poeta inglés a quien amó Mary Taylor bajo las bombas de Franco.

 

– Eras una enamoradiza, Rose Mary Taylor.

– Bueno, un poco sí lo era, lo reconozco, Albertina. A estas alturas, qué voy a decir.

– A buenas horas, Rose Taylor. Podías haberlo pensado antes. Haberme ahorrado la vida que tuve que vivir en parte por tu culpa.

– ¡Pero es lo contrario, Albertina! Pudiste escapar en cierta forma, gracias a mí. ¡No te hagas ahora la víctima, sólo para darte importancia con Helia!

-Callaos las dos. Dejadme en paz. Aún no es vuestra hora. ¡Callad!

 

Luz. Alegría. No sombra. No más sombra, decía Ferreras, Manuel Ferreras, que hablaba en la radio a gran velocidad, supongo que para escapar de la sombra. Suena quizás demasiado alto La chica de ayer, demasiado volumen para St. James Tavern a estas horas tempranas de la tarde, un mes de Julio, 2012, veintidós. No me he puesto los auriculares. Si conecto  los cascos del portátil perderé toda referencia temporal y espacial real, St James Tavern, 2012. A veces la hipnopompia me juega malas pasadas. Y no puedo arriesgarme a que Patrick no me encuentre cuando venga a buscarme. Tengo que cuidar de él hasta el final, si es que la muerte lo es.. Mi dolor anticipado por la muerte próxima de Patrick no es mucho mayor ahora que mi dolor anticipado de 1982 por su presentida ausencia a causa de las sombras. Bien, decía (yo, ahora, 2012, pensando en 1982): Ferreras, velocidad de la palabra, acelerar el presente. La Barraca. Radio 3.

Ferreras en estéreo. Empeñado en la fusión. En el entusiasmo. Radio-teatros imposibles, más orsonwellianos que Welles: hibridación. Me gustaba la mezcla. Siempre me ha gustado la tendencia al infinito de la mezcla. No cerrar. No ocluir. Mezclar y prolongar. La Barraca se expandía en el despacho-sala de mi casa sobre los buffles-pilares, articulada por mi imaginación. Escribiendo a máquina (cinta empapada de tinta y typex) mi tesis sobre la Generación del 27 y el Romanticismo europeo. Nuestra actitud, la ilusión de la gente, en aquellos años en general era la del espíritu de La Barraca (la compañía teatral lorquiana de los años treinta del siglo veinte y también el programa de Radio3): difundir, generar actividad, generar cultura, vida (veníamos de lo seco), moverse, cultura para todos, para todos, generar, extenderse. Permeables. Lo estás haciendo muy bien, muy bien. Semen Up. Amistades peligrosas. Golpes Bajos. Golpes bajos, golpes bajos, a traición. Malos tiempos para la lírica. La lírica tendría que haber sido contagiosa.

La actitud o el clima eran los de La Barraca (la de Lorca): teatro geográficamente permeable, atravesando todas las clases sociales, radio para crecer, para ponernos al día (“era un tributo al ambulante teatrillo de García Lorca en la inhóspita España de los años 30, pero también un concepto amplio de querer estar en todo, y en todas las Españas” , afirmó años más tarde el propio Ferreras-  HYPERLINK “http://personal.telefonica.terra.es/web/alberstone/labahia/ferrerasCD/index.htm” )

 

Cosas que hacían  en La Barraca ( Radio 3):

Por ejemplo, viajar a Almería al cumplirse los cincuenta años del estreno de Bodas de sangre (ay, Federico García, llama a la guardia civil). Recuerdo. Busco. Vuelvo a escuchar la voz de un testigo real de la tragedia real en la que se inspiró Lorca para escribir. La tragedia sólo es bella en la ficción.

(Dennos teatro, por favor. Teatro para digerir. Por eso soy actriz, para poder digerir lo que duele, lo que aburre, lo que traiciona. Albertina, la mayor de las actrices: tú y la otra, la Albertina prototípica, la proustiana, la que fuiste una vez. Por el camino de las muchachas en flor, La Prisionera, Bodas de sangre.)

Oigo ahora, -aunque su voz es de 1984-, en un podcast que incluye fragmentos de La Barraca, a ese  testigo real, ya octogenario, contar que la cosa sucedió a principios de siglo 20 en lo que llamaban la Casa de la Jícara (el Cortijo del Fraile había leído yo y sigo leyendo). Paca la Coja llama él a Francisca Cañadas. La Novia la llamó Lorca. Paca la Coja, La Novia,  tenía dientes como lobos, dice el testigo todavía vivo en 1984. En 1984 también vive ella, Francisca Cañadas, aún (no morirá hasta tres años después); pero al testigo no le da empacho asegurar que ella era muy fea y que se iba a casar por “el capital”. Pero no llegó a casarse. Coja y todo y con dientes de lobo se la llevó su primo Francisco Montes Cañada, a galope tendido sobre su caballo. Les salieron al paso los parientes y mataron a Paco Montes. No mires a los ojos de la gente, siempre miente. La Barraca. Transición. Había que hacer aflorar la parte de la historia que se había quedado enterrada en los cementerios y en los paredones y en los caminos y en las cunetas y también en los ahorros confiscados, en las casas requisadas. No mires a los ojos de la gente. Golpes Bajos. Había que hacer que aflorara desde las tuberías, desde la sombra. No fue posible. Denme teatro para poder digerir. Pero no podíamos. No podíamos escapar de la realidad. No debíamos. La Barraca.

Escribe Ferreras (sobre su programa, que se hizo nuestro): Los primeros títulos de Secciones respondían a epígrafes como “Arcón de héroes, monstruos y otros mitos”, “Rincón de ensueños”, “Rutas de aventureros y caminantes”, “Los rostros de papel”, “El Falsario”, “El veneno de los clásicos”, “El álbum de oro de…” (por ahí aparecían J.M. Costa, A. Casas, Tena… de la mano ¡de Beatriz Pécker! ¡Olé!) y otros de similar ingenuidad, que daban paso lo mismo al Grupo de Folk de los Trabajadores Andaluces en el Pozo del Tío Raimundo, que a Pilar Miró ante Gary Cooper, Carlos Saura recreando la boda lorquiana, la Charanga de la Doctora, el Grupo de estudios de la Montaña Asturiana o la recreación de Fu-Manchú. Avanzando el tiempo pudimos escuchar a Jorge Grau entrevistando a Federico Fellini, a Rosa Chacel hablando de Julio Verne, a los Oskorri, a Benito Lertxundi, a José Luis Alonso o Luis Escobar, a Ignacio Sotelo… ¡Era una juerga de ingenio!.

Tecleaba yo para mi tesis que en este país los verdaderos románticos (en el sentido filosófico del término) lo fueron -a destiempo-  (como siempre en este país, enfatizaba en mi escritura) los poetas de la Generación del 27 y seguían muchos argumentos, especialmente referidos a Cernuda y otra vez a Lorca (no romántico inglés, él no): la Elegía a F.G.L.,  diseccionada comparativamente con el Adonais de Shelley, y Ferreras (medio hombre, medio radio, Frankestein en ondas) y la FUE (Federación Universitaria de Estudiantes), y pensar en la crisis económica por el petróleo, y Cesepe y Moriarti y Raúl del Pozo y Ouka Lelé y Pedro Atienza y Fernando Poblet y Almodóvar y Siniestro Total. Ya había muerto el no-abuelo Basilio. No abuelo: me daba pena no poder sentir ya pena por él. Habíamos vuelto de Londres Patrick y yo. También se me había muerto ya Albertina. Pasaba las mañanas escribiendo la tesis y las tardes ensayando alguna obra de teatro. Muchas mañanas Patrick me acariciaba los pies y me repetía que La Movida había estado muy bien pero que nosotros viviríamos mejor en Londres, que Londres era el corazón del teatro en el mundo. No quise. No podía. Luego publiqué la tesis y llamé al libro La Barraca. Qué inocente. La Trampa, tendría que haberse titulado. Ahora Picadilly, Julio 2012. En Londres, finalmente. Has tenido que ir a morirte para que te haga caso. Qué bruta. No te tardes, Patrick. No te tardes, carcelera, -podría decirme él con su ironía inglesa-, que me muero.

En reflexión, 1

Con varios amigos en estas últimas semanas he mantenido diferentes y similares conversaciones acerca de la brevedad y la inmediatez.  Quiero decir en el hecho de escribir. Bueno a la hora de escribir, digamos, una obra, quiero decir.empo Realizar un trabajo unitario y cerrado durante y en un tiempo determinado.

Todos somos conocedores y conscientes de que los ritmos de consumo se han acortado exponencialmente (me refiero a consumir como sinónimo de gastar, de utilizar desgastando, alterando la función de lo que se consume hasta el punto de convertirlo en un deshecho, estén agotadas o no sus posibilidades). Los ritmo y tiempos de consumo  se han acortado – y se han hecho mucho más superficiales, en consecuencia-   impelidos por la voracidad del mercado, es cierto. Pero la voracidad del mercado está alimentada tanto por su propia hambre avariciosa, como por la ingente producción de información y la facilidad y rapidez con la que la misma se encarna en un formato (cualquiera que sea), se difunde, se digiere, se solapa de hito informativo en hito informativo, se deshecha.

De ambos factores el que más me interesa es el segundo. Porque es el que atañe directamente a las transformaciones que está sufriendo nuestra comprensión del hecho informativo, creativo (crear al fin y al cabo en los humanos es igual a re-in-formar a través de los instrumentos personales).

 Respecto a la apariencia literaria de la información, o sea, respecto a la creación literaria, a la literatura comprometida con la investigación del lenguaje y sus estructuras de comunicación, la tecnología de la información está cambiando muy profundamente cualquier fenómeno que le incumba. No solo lo referente a la distribución, eso es evidente. También en todo lo que atañe a los modos de producción, incluyendo las costumbres y usos personales del propio escritor. Y no solo por lo que le puede aportar la disponibilidad de información, la facilidad de difusión, etc. Si no, lo más importante: por el cambio de sentido que se está produciendo en la actuación creativa misma.

Entre otros, estos cambios de sentido atañen al sentido del tiempo dedicado a una «obra». Incluso al sentido de esa «obra» como tal. La fragmentariedad (que no fragmentación), la inmediatez, la obsolescencia vertiginosa, la simultaneidad de ideas, éticas, costumbres, incluso tiempos histórico-geográficos -disimiles entre sí y coetáneos y coexistentes en nuestra red neuronal- producen todo eso. Ya se ha dicho en muchas partes.

No importa demasiado (en términos creativos) si un libro se transmite sobre soporte papel o se lee en un e-reader o en la pantalla de una tableta o lo que sea. Lo que importa, sobre lo que debemos reflexionar y experimentar es sobre la propia fórmula del libro como unidad de creación literaria. Eso sí que afecta y afectará al proceso de invención, apropiación, comunicación. Como ya afectó en su día cuando todo ello debió adaptarse al libro precisamente.

Y solo redundo en esta reflexión (que considero ya bastante habitual entre los inquietos) a propósito del camino Pop-pins. Quizás a Pop-pins no le convenga el libro. Quizás al menos no le convenga solamente el libro. No primero el libro.

En reflexión.

1…

Cosas que no debería decir

Muchas veces estoy a punto de suspender (no digo  abandonar) este Proyecto Pop-pins / Chuse Fernández (TEA FM) lo llama así y me gusta.

Me ocurre cuando comparo mis ritmos de escritura y producción con la de otros. Entonces pienso que soy una tortuga. También pienso que quien mucho abarca poco aprieta. Que tanta diversidad de obligaciones y responsabilidades -buscadas, adquiridas, impuestas – acabará sino conmigo, con mi renqueante capacidad para escribir algo un poco decente.

Cosas que he hecho estos días, mientras pensaba cómo articular el siguiente capítulo de Pop-pins /a ratos solamente:

Trabajo del que da de comer y vestir  y un techo (como todos)

Premio Novela Histórica

Literatúrame -plataforma para distribuir con mucho cariño e-books de pequeñas editoriales (cada vez más actividad)

Acudir al Juzgado

Varios supermercados (como todos)

Congreso Internacional de Radioteatro I

Un poco de jardinería (imprescindible para aliviar las jaquecas)

Revista Imán (de la AAE, que tendré que terminar en estos días: maquetación digital)

Sonrisas y lágrimas (un placer acompañar a Daniel)

Asistir a la presentación del excelente libro de Jesús Jiménez (Frecuencias, Visor) al que acompañaron Miguel Ángel Ortiz (cuyo libro Un día me esperaba a mí mismo, de la editorial JekyllandJill Editores, ha sido considerado el mejor libro editado en Aragón en 2011) y Manuel Vilas (que encontró en la librería su propio nuevo libro Gran Vilas, Visor)

Acudir al Hospital

Leer, claro (por ejemplo, El mapa y el territorio -Houellebecq-, Universos paralelos – Randall-, Señales en tiempo discreto – Silvia Castro-, Elogio del libro digital – José Manuel Lucía-, y empiezo Antagonía, Luis Goytisolo : todo a ratos, y cada vez me gusta más e-leer en el e-lector, tan ligero y portátil)

Bien,  acumulación:

—————- No me quejo: la mayor parte de las cosas son cosas buenas  (bueno a veces sí me quejo, como ahora, por agobio, pero ya sé que esto es más o menos lo que le ocurre a todo el mundo)———–

// También he pensado que Pop-pins se está articulando mediante unos mecanismos bastante poéticos y que por eso no termino de imponer mi ritmo —-> a la narración la puedes buscar y provocar, la tramoya poética suele aparecer desde el cerebro inconsciente, que diría Punset (bueno, por pensar, y supongo que por justificar). No es que tenga gran experiencia efectiva -ésto me preocupa ahora mismo, porque quizás soy solo un proyecto todo el tiempo – lo soy (está bien, claro)-, pero así viví la escritura de Pan de Oro, frente a como sucedía siempre la escritura poética, y desde luego frente a cómo ocurrió luego situarse en Las esquinas de la Luna.\

En cualquier caso el ritmo de Pop-pins y el mío parecen confluir y eso también me hace pensar: que iremos pues a nuestro ritmo, y hasta posiblemente pensemos formas de ir publicar el resultado no consideradas en el inicio del Proyecto .

 

I Congreso internacional de radioteatro: intervención Pop-pins

 

Aproveché la intervención en el I Congreso internacional de Radioteatro, organizado por TEA FM en Zaragoza, para explicar algunas cosas acerca del teatralización sonora previa y posterior al libro Pop-pins. Ambos, con este making-on, las intervenciones en medios y lo que vaya surgiendo, conforman el Proyecto Pop-pins.

Como dice Fernando (Sarría), la novela no se sabe si estará, pero darle vueltas, le damos. Pop-pins va creciendo a través de cultivos diferentes. Lo que resultará de la mezcla es impredecible: es lo que tienen las mezclas: garantizan aparecer en un sitio diferente del que venimos.

Por cierto, recomiendo absolutamente el resto de podcasts con las ponencias:

http://www.ivoox.com/podcast-i-congreso-internacional-radioteatro-zaragoza_sq_f136687_1.html

La Pop-pins congresista

 

 

 

Tengo que decir que me da mucho respeto, mucho, compartir mesa y tertulia mañana con gente como:

http://www.teafm.net/congresoradioteatro/actividades.html (ver panel 2)

Pero a la vez que siento miedo (mucho), me hace una enorme-enorme ilusión: voy a aprender un montón de una tacada.

La gente de TEA FM han hecho posibles las píldoras del radioteatro Pop-pins, que preceden en sentido al texto escrito. Han creído que esa experiencia podría estar representada en el I Congreso Internacional de Radioteatro y Ficción Sonora que ellos han organizado, y en el que participan gentes tan significativas e importantes para la radio y el radioteatro como esos cuyos nombres habéis podido leer en el panel 2, y otros tantos y tan importantes como ellos que participan en los demás paneles (pinchad otra vez y leed el elenco completo y los talleres y representaciones previstas (incluido un radioteatro en directo versionando el Compromiso de Caspe: da impresión todo, y por eso estoy tan cohibida – al fin y al cabo yo lo único que he hecho en este territorio es escribir unas pildorillas/soy absolutamente neofita, nueva, no tengo ni idea de técnica radiofónica, etc, etc; lo que sí tengo es una gran admiración por el medio y una gran afición como oyente: desde siempre)—

Lo cierto es que es un lujazo para Pop-pins estar tan viva ya durante su proceso de gestación. Y este Congreso, como lo hicieron los reportajes en prensa, radio y televisión, se incorporan al proceso en marcha de este proyecto Pop-pins, que no sé cuándo ni cómo terminará, ni siquiera muy bien cómo continuará:

(de momento, afianzando los puntos para el próximo capítulo a escribir -Demigrationis-: viajamos a los años 50-60)

Recordadme que debo algunos apuntes sobre la manera en qué se conciben los capítulos, se planifican, se escriben, y luego se montarán para conseguir una cierta narratividad.

Por ahora, Pop-pins os invita ya al Congreso:    http://www.teafm.net/congresoradioteatro/

Pensé que no podría

con este capítulo dichosísimo de La ley del desierto.

Pero en su primera redacción ya está.

Habrá que ver si finalmente sobrevive. Espero que sí.

Creo que ha quedado un tanto fantasmagórico. No a causa de que se hable de 1984. A causa de las sensaciones, supongo, que yo tengo al respecto.

Bueno. Por hoy.

 

Música relacionada (de bar en bar):

 

 

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