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Las Hipnopómpicas

Territorio Poppins

Autor

Luisa Miñana

Pan de oro, 2006 Las esquinas de la Luna, 2009 y 2022 Ciudades inteligentes, 2014 Este es mi cuerpo, 2019, 2025 2ª edición Saldo mínimo, 2020 Las Hipnopómpicas, 2021 Pulmón de vacío, 2023 No morir, 2024

Monegros

Monegros
Monegros. La ley del desierto

Un jersey de ochos

10:55 h.

 

Si sigo leyendo en Internet información sobre la viruela y viendo fotos de personas infectadas llenas de abultamientos lunares a punto de la purulencia, acabaré vomitando el café con leche que me acabo de tomar. Me ha preguntado la camarera si no iba a querer nada de comer para acompañar. He estado tentada. La repostería inglesa me parece siempre visualmente muy atractiva. Menos mal que enseguida he sido consciente de que cuando la pruebo nunca es, sin embargo, de mi gusto, y me resulta o demasiado dulce o demasiado sosa. También le he dicho a la camarera que prefería esperar a almorzar ya luego, un poco más tarde, en St. James Tavern. No se ha molestado por esta observación; o si lo ha hecho, no se le ha notado nada. Me ha sonreído, incluso. Yo creo que le da igual. No puedo evitar echar frecuentes ojeadas hacia fuera, a Picadilly Street, un planeta alucinante para mi provinciana mirada europea acostumbrada a una pequeña ciudad del sur. Yo también he sonreído a mi vez a la camarera, al tiempo que inclinaba la pantalla para ocultarle las terribles fotografías de infectados de viruela. Hay que evitar alarmar gratuitamente a los demás, hay que colaborar en mantener la intensa calma de esta mañana de domingo en Londres. La camarera me pregunta si he venido a los Juegos Olímpicos. Le contesto que muy posiblemente permanezca en la ciudad mientras se celebren los Juegos, pero que no sé si asistiré en directo a ninguna competición. Casi no quedan entradas, al menos para las pruebas más importantes, apostilla. Ya, he decidido el viaje un poco improvisadamente, cierro la conversación con un gesto amable, pero conclusivo, que viene a decir bueno se acabó, tú a lo tuyo, yo a lo mío.

¿Cómo he llegado a la viruela? Quería explicar, amigo lector, que cuando recibí la llamada de Patrick la primera imagen que me vino a la cabeza fue la de un jersey de ochos, blanco, que yo tenía y que llevé mucho en los años universitarios. Un jersey gordo y enorme, que prácticamente hacía las veces de  abrigo en los días de invierno, si no eran demasiado fríos. Durante un par de cursos estuvieron de moda los jersey de ochos, recios y largos como vestidos, anchos. Los llevábamos con bufanda de varias vueltas y guantes de colores. Puse ese jersey en mi maleta cuando vinimos con Patrick a Inglaterra, al principio de nuestra relación, y lo utilicé bastante mientras estuvimos en Portmeirion. Me resultaba cómodo y acogedor. Ese jersey me protegía del frío como un iglú. Me protegía del frío y de otras amenazas ante las que todavía no había aprendido a defenderme, excepto escondiéndome dentro de iglús como mi jersey blanco de ochos, una verdadera envoltura física que evitaba exponer al mundo todos mis contornos. Protección e identidad, claro. Claro. Vestíamos siempre esos jersey durante las manifestaciones; nos permitían movernos delante de la policía mejor que los abrigos. También eran más prácticos para ir de vinos, para entrar y salir en la rueda de los bares de la zona de San Juan de la Cruz. En ocasiones podíamos hacer ambas cosas a la vez, manifestarnos e ir de vinos, y no había en ello frivolidad. Si usted es un lector joven no sabrá quizás que las manifestaciones, que ahora en 2012, recorridos ya algunos dolorosos años de crisis económica brutal y feudalizante, son tan habituales, ya lo eran cuando yo empecé a llevar mi jersey blanco y gordo de ochos, casi tan largo como un vestido corto. Lo tejieron a medias Albertina y mi madre –yo diría que no hicieron juntas muchas más cosas que tejer ese jersey-. Reconozco que me gustó que ambas se ofrecieran a tejerlo al alimón. Nunca he sido demasiado inclinada a las sagas familiares, ni he cultivado realmente sentimientos de pertenencia incondicional a la mía propia: dada nuestra historia, hubiera sido un propósito inverosímil. Pero reconozco que un hilo eléctrico invisible recorre las generaciones una tras otra, y que ese hilo a veces emite un destello, siempre intenso, aunque sea brevísimo y a menudo anacrónico. Las mujeres tejiendo en el salón de nuestra casa constituyen para mi uno de esos contradictorios y paradójicos destellos. Reconozco que es una sensación absurda por mi parte. Pero la vida colecciona cosas y hechos absurdos, a menudo trágicamente absurdos. Seguramente forman parte de las indescifrables –al menos por ahora- transiciones cuánticas, esas que parecen regir el caos de nuestras vidas, nuestra naturaleza tan altamente cruel y contradictoria, como toda la naturaleza lo es. De alguna manera el equilibrio cuántico de mi jersey blanco de ochos, mi iglú, estalló en Portmeirion, tontamente. El amor de Patrick nunca fue un amor al uso. El amor de Patrick era un camino minado. La viruela. No es una metáfora, la viruela, paciente lector -o lectora– (bien, incluyo aquí la apelación al dimorfismo sexual del posible lector o lectora, y espero que todos comprendan que cada vez que me dirija a uno o una de ustedes tendré siempre en cuenta que efectivamente puede ser usted hombre o mujer, según, o incluso hombre y mujer al mismo tiempo; espero que con esta aclaración, hecha ahora como podría hacerla en otro momento o secuencia de pantalla –según el soporte elegido- , se me exima de cualquier descalificación en este sentido; pero lo cierto es que sólo utilizaré el genérico “lector”; no voy a lastrar mis pequeñas narraciones con la pesadez continuada de la diferenciación y quedaré muy  agradecida por la comprensión de las personas más suspicaces en este asunto). No, no es una metáfora la viruela. decía. Mi madre y Albertina tejieron mi jersey durante el mes octubre de 1978. Ellas querían que fuera parecido al de una amiga, que era tricolor y muy espectacular. Pero yo insistí en algo más radical, como el blanco absoluto. El día que discutíamos sobre los colores de la lana del jersey, hablaban en el telediario del mediodía sobre las deliberaciones en las Cortes Constituyentes del texto de la Constitución española, al que darían visto bueno a finales de ese mes. También hablaban de  la muerte en Inglaterra de una mujer, que había tenido lugar en septiembre,  a causa de la viruela. En Inglaterra, fíjate, decía Albertina, yo pensaba que la viruela ya sólo se daba en países pobres (siempre acaba resurgiendo la identificación enfermedad y pobreza). Mi madre nos recordó que yo era portadora de algunas leves señales de la viruela: te hizo reacción la vacuna, nos dimos un susto grande, pero al final no fue nada. Entonces mi madre todavía se acordaba de las cosas. Respondí que yo había oído que se pensaba que la viruela se iba a dar prontamente por erradicada. Y de hecho así fue. Recordando todo esto que he contado, he ido a Google a reunir algunos datos en torno a la enfermedad terrorífica, por simple curiosidad. No por hacer metáforas. He leído que Janet Parker, una fotógrafa de Birminghan, fue la última víctima mundial registrada a causa de la viruela. Se infectó por accidente, al parecer por una falta de seguridad en un laboratorio que manipulaba virus de la viruela –Variola virus, se llama el bicho-, y que estaba junto a su estudio. Las dos últimas víctimas de la viruela fueron accidentales, por problemas en los laboratorios, no por contagio entre humanos, o sea que a efectos reales no cuentan. La viruela mató durante siglos de manera cruel y bastante repulsiva a millones y millones de seres humanos, incapaces de evitar el contagio piel a piel, fluido a fluido, la propagación de un virus excesivamente complicado para ser combatido con profilaxis. De hecho, según he leído, las vacunas eran siempre inestables (experiencia propia) y fueron conseguidas empíricamente,  y no porque se hubiera llegado a descifrar la naturaleza esquiva del virus. Leo que la viruela se declaró oficialmente erradicada en 1980. Erradicada gracias a la vacunación mundial. Sólo el virus acabó con el virus. Dos únicos laboratorios conservan en el mundo muestras hoy en día del microscópico demonio. La razón de su conservación es precisamente esta del desconocimiento de su comportamiento. No sabemos cómo es el mal, que sólo podemos combatir con el mal. O, al menos, eso dicen. Tampoco sabemos cómo es la muerte, una batalla perdida. Entiendo que Patrick, a pesar de sus recursos de hombre de teatro necesite un poco de apoyo. ¿Y a quién le iba a pedir complicidad y empatía sino a mí? ¿A quién se la pediría yo sino a ti, Albertina, y también a ti, Rose Mary? El jersey de ochos también era un disfraz, o , mejor, una máscara, una forma de estar que tenía el poder de generar una forma de ser. No era un número. Era una forma de libertad.

La carcoma carcomiendo…..

http://goo.gl/9Lf8lx

El sonido de la carcoma

(The beatle death clock)

Patio de colegio- década 60 siglo xx
Patio de colegio- década 60 siglo xx

y la Carcoma, la verás si haces click en la imagen

Ya me gustaría a mí hablar de sexo en Internet

17:40 h.

 

Albertina se balancea sobre mi cabeza, recostada sobre una vieja mecedora invisible y sonora, rítmica como un reloj, como la carcoma. Albertina se repite mucho, como todos los viejos. Me da el corazón que Patrick finalmente no vendrá, Helia, ya verás, insiste, – no sin mala leche. Sé que nunca perdonó a Patrick que fuera el instrumento que me llevara hasta Mary Taylor. No le perdona a Mary Taylor que me invitara a Portmeirion –hace ya mucho de eso, Albertina, le insinúo, aunque ella no se da por aludida-, que pusiera a mi alcance la otra historia de la familia, su historia, la historia de Albertina, mi propia historia. Dice que esta chismosa de Mary Taylor aguanta muy mal el paso del tiempo. Y lo dice una vez y otra, siguiendo el ritmo de su mecedora, muy mal lo soporta, y gesticula como diciendo mírala llena de arrugas y contorsiones propias de la corrosión. No te pases, Albertina, le corto. Qué hace ahí afuera, mirando hacia todos los lados de la calle, vuelve a la carga, qué espera, ese nieto suyo no vendrá; no vendrá, Helia, Patrick, no vendrá. Tampoco va a perdonarme a mí que las haya reunido, aunque sea en este universo hipnopómpico, y encarado una frente a otra, una al lado de la otra, intercambiadas entre sí. Es que no le veo la necesidad, insiste. Pero, yo sí. Es que no debemos mezclarnos; producimos extrañas interferencias, argumenta Albertina, y cuando lo dice siento asomarse sobre mi arco superciliar derecho la sombra de la migraña, espesándose por momentos, taladro y alquitrán colmatándome el nervio óptico. Quizás, digo yo, debisteis ser una sola, y no dos y tan dispares. Si fuerais una única, quizás la historia no hubiera cojeado, digo, la nuestra, la mía. Helia, de verdad, eres una pelma. Deberías haber escrito sobre sexo. Sobre sexo en Internet. Es un buen tema. Todo el mundo habla de eso, le rebato. Justamente, eso es lo bueno, Helia. Eres una pelma, le das vueltas a cosas sin remedio, pareces tonta. De sexo, podrías escribir sobre sexo. No puedo hablar de sexo, Albertina; estoy esperando a Patrick. Patrick se muere. Yo no puedo hablar ahora de sexo. Si pienso en sexo, pienso en que Patrick se muere. Y no quiero pensarlo. Yo quiero hablar contigo y con Mary Taylor, y con quien se ponga por delante, sobre cómo sin saber hemos llegado hasta aquí, hasta este pub de Londres, vosotras colgadas del techo, como títeres hipnopómpicos (me gusta mucho escribir hipnopómpico y me gustan los títeres, siempre un poco exagerados), yo misma hipnopómpica, encadenada siempre a esta pantalla especular como a un escenario. O hablar, quiero, en cómo no hemos llegado hasta aquí o hasta ninguna otra parte. ¿Dónde estamos? Especulemos. No desbarres, Helia, mejor hablar de sexo, Helia, siempre mejor hablar de sexo. No importa lo que quieras saber. Si hablas de sexo, lo sabes, sabes lo que necesitas saber y nada más, sin interferencias. Albertina, tú sí que eres una pelma. Ya me gustaría a mí hablar de sexo. Más aún, me gustaría mucho hablar de sexo en Internet, porque a mí me gustan las interferencias, incluso en el sexo. Pero no hablaré de sexo estando tú delante, aunque seas un ente hipnopómpico. En cambio, yo sí hablé de sexo contigo, cuando había que hacerlo; porque sabía que tu madre no lo haría, no hablaría contigo de ciertas cosas. Albertina, tú hablaste conmigo porque siempre te has sentido culpable de lo que sucedió el día aquel en que vino Franco a Zaragoza. Y no deberías. Pasó más veces luego. La violencia sexual estaba en el aire. El sexo y la muerte estaban en el aire, aunque todas las consignas lo negaran. Cada vez que pasaba, yo sentía una gigantesca indignación. Cada vez que sucedía algo, Albertina, me iban arrancando pedazos de cuerpo. Cada vez que algún conocido o desconocido se me echaba encima sin mediar palabra, yo perdía pedazos de confianza en la humanidad, pedazos de ilusión y de ganas de ser amada. Nadie me decía que el sexo fuera otra cosa que sentirse arrebatada de si misma de repente. Mi madre me decía, Albertina, que una “mujer como es debido” tenía que ponerle límites a los hombres, que podías dejarle a tu novio tocar un poco, que al sexo había que descender peldaño a peldaño, para que ni tu novio ni la gente piense que eres una cualquiera (fíjate: cu-al-quie-ra), que había que ir ampliando los límites poco a poco, y nunca sobrepasar lo decente. Nunca le dije nada. Qué tendrían que ver el sexo y la decencia. Nunca le dije que los límites se destrozan y violentan sin más. Que a los once años yo no sabía dónde estaban los límites. A los once años te meten mano durante un recibimiento multitudinario a Franco y te quedas de piedra y callas. Por vergüenza o por miedo, por perplejidad. Y te callas también después, a los doce, Albertina, aunque un asqueroso tipo con sotana te hubiera una tarde sentado en sus rodillas, mira reina a las damas se juega así, y otra vez muslo arriba, hacia arriba, y ya no volví, ya no quise volver -¿te acuerdas?- a aquel colegio de curas nunca más, aquel colegio donde los sábados por la tarde los críos del barrio íbamos a jugar y a ver películas. Por dios, Helia, ¿qué me estás contando? Todo es sexo, Albertina. Hablo de sexo. Querías que hablásemos de sexo. ¿De qué sexo querías que hablásemos? Todo es sexo decías hace un momento. ¿Por qué estás enfadada conmigo, Helia? A los dieciséis te vuelves a callar, te callas por dolor, por miedo y por vergüenza, y cuando te callas a los dieciséis después de que un desconocido te ha tumbado contra el puto suelo de la calle una noche a la puerta de tu casa, te ha sujetado y golpeado, te ha destrozado la ropa, te ha destrozado, y tú, después de que todo ha pasado eres capaz de callarte, eres capaz de sentarte escondida en las escaleras de tu casa hasta tranquilizarte lo suficiente, lloras, respiras, eres capaz de entrar en silencio en tu casa, de irte en silencio al baño y asearte, y gritar desde el baño que hace mucho calor y quieres darte una ducha, y luego decir que te duele mucho la cabeza (será por el calor) y te vas a la cama, y casi ni lloras en tu habitación, y eres capaz de callar durante años, desde que tenías dieciséis, callar ante todotodotodo el mundo, callar ante ti, Albertina, ante mi madre, porque si hablas sabes que te dirán eso te pasa por volver tarde a casa, aunque ni siquiera esa vez volvieras tarde, aunque daría igual, sabes que te dirán que la culpa es tuya por salir, por querer vivir, por respirar, que ya te he dicho mil veces que no sé qué haces por ahí, que por ahí sólo van las putas o casi putas, que quépensarálagente,quédirálagente,señor, cuando ha sucedido todo esto, cuando te han hecho  todo esto, cuesta mucho volver a hablar, Albertina. Cuesta hablar de sexo, aunque aprendas a hacerlo con el tiempo, reeducación y ganas, cabeza fría sobre la miasma circundante, no respires, respira. Yo te hubiera ayudado, Helia, ¿por qué no hablaste conmigo? De sexo no se hablaba, Albertina. Yo sí lo hice contigo. Tú me hablaste de amor. Albertina, ¿sigo contándote? ¿Hubo más, Helia? Hubo más. En el autobús, en el metro, en la Universidad, tú lo sabes, estaba en la calle, en el aire, santas o putas. Si santas, admiradas y aburridas; si putas, putas. Una vez, por ejemplo, Albertina, en el metro, en Madrid, -era mi primer viaje a Madrid, un viaje universitario al Prado, santo Prado, yo puta, al parecer, como todas- de pronto una polla desnuda y abultada trepando contra mi trasero; el metro iba repleto, muy repleto; el tío asqueroso –porque lo era- se la había sacado, pegándose a mi lado. Grité, le grité, asqueroso, qué haces, no me  toques. Grité muy alto. Nadie, nadie, nadie me preguntó qué sucedía, nadie me miró, nadie se atrevió a enfrentarse a mi ira, a mi desvalimiento (cada episodio eran todos los episodios y hubo unos cuantos). El tipo se fue escabullendo hasta el otro extremo del vagón, la cabeza encogida sobre su polla a medio esconder, supongo que dispuesto a buscar a otra jovencilla tierna. Nadie se movió, Albertina. Eso te hacía perder cualquier fe en este país. Sólo le había contando estas cosas a Patrick (excepto lo de Franco, eso no se lo había contando a nadie, ni a Patrick, a nadie, como si no hubiera ocurrido), con  nadie más he hablado; con ningún otro hombre, con ningún amante. Nunca. Tampoco con ninguna amiga, ni contigo, Albertina, que siempre me has cuidado. Tampoco nunca ninguna mujer me habló de situaciones parecidas. ¿No les ocurrieron? ¿Todas callábamos? Ya me da igual. Todo aquello no me importaba realmente por mí misma, porque me sucediera a mí; cuando sucedía, yo sabía que no me ocurría por ser yo. Ocurría. Estaba en el aire. El sexo como abuso y el poder como terror. En Portmeirion, recuerdo, Patrick me dijo con suma ternura que se alegraba mucho de que tanta mala experiencia no hubiera arruinado mis ganas de sexo. Se lo debo al cine francés, le expliqué. Milagroso.

 

(FALL OUT) El Prisionero  ——>ES un capítulo que aparecen en «Territorio Pop-Pins», libro

Marcel Proust

Marcel Proust, por Ray Man
Marcel Proust, por Ray Man

Es el retrato de Proust difunto. De él se habla algo en el capítulo «El Prisionero», en el libro «Territorio Pop-Pins» (desde finales de febrero 2017 en librerías)

Hotel Ritz, París

"L´hotel Ritz. Paris". Pierre Penon. c. 1925. Óleo sobre lienzo
«L´hotel Ritz. Paris». Pierre Penon. c. 1925. Óleo sobre lienzo. / Hacer click para leer el capítulo de Pop-pins, «París, España»

Marcel Proust Interview en 1913 – Retranscription audio

En estos momentos de transiciones culturales, quizás se haga ya preciso la revisión de la obra de Proust, incorporando nuevas ópticas. No es lo que hace, en absoluto, el capítulo

París, España

Arrivederci Roma

Vacaciones en Roma:

Vacaciones_En_Roma_(Edicion_Especial_Coleccionista)-Caratula

   Ojalá a mi madre le hubiera gustado el cine

http://www.ivoox.com/vacaciones-roma-audios-mp3_rf_450976_1.html

Guía buena esposa

Sección Femenina, guía de la buena esposa
Sección Femenina, guía de la buena esposa: CLICK EN LA IMAGEN

Smile

Tiempos Modernos,

Rose Mary Taylor Poppins, es el capítulo incluido en el libro «Territorio Pop-Pins» al que nos referimos (en librerías desde finales de febrero de 2017)

Canal Imperial

Canal Imperial de Aragón
Canal Imperial de Aragón, principios del siglo XX

 

De alguna forma me recuerda a la inglesa Rose Mary Taylor Poppins, una de las protagonistas de esta historia que contamos aquí en esta web y el libro «Territorio Pop-Pins». Allí, en el libro, un capítulo se llama así Rose Mary Taylor Poppins.

Estación de Francia

Estación de Francia
Estación de Francia  (aunque hubiera podido ser la Estación del Norte) – SALDO MIGRATORIO

Saldo Migratorio es un capítulo que puede leerse en «Territorio Pop-Pins», libro

Cine Victoria

Cine Victoria (la imagen procede de http://eltranvia48.blogspot.com.es/)
Cine Victoria (la imagen procede de http://eltranvia48.blogspot.com.es/)
Sala del Cine Victoria - la imagen procede de http://eltranvia48.blogspot.com.es/
Sala del Cine Victoria – la imagen procede de http://eltranvia48.blogspot.com.es/

pinchando en cualquiera de ellas, puede leerse el capítulo La Poppins, en el que este cine es fundamental.

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