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Las Hipnopómpicas

Territorio Poppins

Autor

Luisa Miñana

Pan de oro, 2006 Las esquinas de la Luna, 2009 y 2022 Ciudades inteligentes, 2014 Este es mi cuerpo, 2019, 2025 2ª edición Saldo mínimo, 2020 Las Hipnopómpicas, 2021 Pulmón de vacío, 2023 No morir, 2024

El séptimo sello

https://www.youtube.com/watch?v=QnVbpq6vQfc

Sobre ganarle tiempo a la muerte (más o menos) va el capítulo «What is truth» — Escuha el diálogo entre el Caballero y la Muerte y luego lee el capítulo  en el libro «Territorio Pop-pins» ( a partir del finales de febrero 2017 en librerías)

París, España

15:20 h.

 

Los territorios imaginarios son realidades en las que no hemos podido poner pie todavía, en las que aún no hemos llegado a vivir, pero que son. Los territorios imaginarios se ubican con facilidad en cualquier espacio simplemente posible, también en cualquier cerebro. Se tele-transmiten a través de las ondas cerebrales, de persona a persona, y así amplían su dimensión y potencian su influencia, multiplican sus probabilidades de acontecer en un momento dado y en un lugar concreto de la materialidad histórica, aunque ello, ciertamente, suceda muy pocas veces. Los territorios imaginarios adoptan muchas apariencias, según quien los proyecte, y en general no son reconocidos por casi nadie, o como mucho vienen a ser catalogados en el espectro del intelecto que pertenece a la locura, la excentricidad, la enfermedad mental, también a la hilarante imaginación de algún autor de vanguardia, o quizás al cálculo visionario de la ciencia. Pero yo te aseguro, Helia, que estuve en París a comienzos de los años 20, a la sombra de Proust. Viví en París hasta que Proust murió y ya no tuvo sentido que siguiera allí. Murió Proust y casi al mismo tiempo mi padre, como hizo el tuyo décadas después, se marchó. Los padres, y en general los hombres, han practicado la huida habitualmente en todas las épocas. Mujeres creciendo entre mujeres, territorio proustiano. Territorio cadáver. O la transformación. Territorio Poppins, ya me entiendes. Supe que no podía ser.

 – ¿Por eso te quedaste con Basilio?, Albertina, ¿porque él no se iba a marchar?

– Quizás tengas razón. Pensé siempre que lo hice por tu madre, para protegerla. Pero es lo mismo, al fin y al cabo.

– Basilio era bastante tirano.

– Es que no son capaces, Helia, los territorios imaginarios de distorsionar la evidencia histórica hasta el punto de procurarnos una vida completamente buena y justa.

– Mira, me gustaría que alguna vez me dieras datos concretos, hechos verificables. Tanta hipnopompia me está matando. Necesito alguna apoyatura documental. Lenguaje claro.

– Ningún dato te procurará ninguna seguridad, ninguna verdad. De todas formas, no tengo inconveniente en relatarte algunos hechos positivos, claros, como tú dices. Eso sí, ni se te ocurra convocar a Mary Taylor mientras yo estoy hablando ahora contigo.

–  Ya te he dicho que no espero a Mary Taylor hasta la hora del té. ¡Qué cansinas, las dos, con tantas susceptibilidades, toda la vida y la no vida!

 – Sólo hay vida, Helia. Eso que llamas la no vida no existe, la nada no existe. Mira hacia esta calle de Londres, se ha quedado asombrosamente casi vacía. Pero la vida está, aunque no se vea. Como Mary Taylor Poppins, que dices que no está, pero con la que te he oído hablar hace un momento. Procedo al relato que exiges, pero no cambiará nada, insisto. Mi padre era médico (esto ya lo sabes). Cuando él se marchó a Argentina y nos abandonó, yo abandoné a mi vez definitivamente París, porque tuve que ayudar a mi madre a sacar adelante a la familia. Esto también creo que te lo he explicado, no sé bien si en vida o en esta dimensión de la hipnopompia en la que nos hallamos. No importa.

– Sí que importa, Albertina. El orden y el tiempo en el que las cosas se hacen, o no se hacen, es esencial. El orden de factores sí que altera el resultado. Siempre. Pero en fin, ya no tiene remedio.

– Eres muy dura, Helia. No me das sosiego. Pero te comprendo, hija, aunque te noto un tanto obsesionada, ¿qué quieres que te diga?. Bien, vamos por orden. Primero, pues, París.

 

Empecé a trabajar en la Biblioteca pública de Zaragoza en cuanto se inauguró. Eso fue en 1920. No había biblioteca antes de ese año en la ciudad. Estaba la biblioteca de la Universidad, eso sí, y yo me había ofrecido para ayudar en ella. Era el lugar más cosmopolita de Zaragoza. Leía yo mucho, además. Siempre he leído mucho. Como bien sabes, Helia, los himnopómpicos somos lectores especialmente preparados, perfectamente capaces de, como dicen los exégetas banales, vivir la lectura como si fuera una realidad más. Son banales porque piensan y sienten en un solo plano. No entienden que la lectura es efectivamente una realidad, no como una realidad. Es una realidad cristalizada desde las posibilidades que baraja quien la piensa; cada escritura, lectura y relectura constituyen evidentemente una nueva realidad. Los hipnopómpicos leemos viviendo lo que leemos. Al igual que vivimos lo que soñamos. Bueno, son formulaciones físicas y psicológicas ya muy antiguas, en fin, la incertidumbre, los sueños, el inconsciente, en fin, tú ya sabes bien todo esto: has estudiado arte dramático, te lo contarían, lo habrás experimentado. Ser hipnopómpica y actriz, Helia, es un salto doble mortal. Intento cuidarte, niña. París. Sí. Disculpa.

Me empeñé en ir a la Universidad.  Cuando yo era joven no se estudiaba arte dramático. Me matriculé en Historia. No había otra opción para una mujer en Zaragoza por aquel entonces. Pero la hipnopompia ayuda también a sortear la realidad, es lo  que tiene: te da valentía. Trabajé duro cuando estudiaba bachillerato en el Instituto. Eran los años finales de la Primera Guerra Mundial y yo pensaba que cuando la guerra terminase me iría lejos a estudiar, me iría a París, o a Londres, o a América. Mucha gente se iba entonces a América. Mi padre también se fue a América. No sé muy bien por qué. Cuando estudiábamos mi hermana y yo en el Instituto, mi padre nos pasaba libros y revistas. En 1920 en los Estados Unidos aprobaron el voto de las mujeres,  y mi padre nos dijo: algún día llegará para vosotras. Para mí no llegó nunca. Bueno, una sola vez, en 1933, porque los obligatorios simulacros de Franco no cuentan, claro. Tenía que haberme ido fuera de España yo también. En el 36, tenía que haberme ido, y haberme llevado lejos a tu madre, teníamos que habernos ido a Inglaterra, o a América. Me echaron de la Biblioteca ese verano del 36. Ya no volví a trabajar. Si Basilio hubiera intervenido, claro, hubiera podido seguir trabajando después de la guerra. No te hace falta nada, decía, ¿para qué?. Es mejor que te quedes en casa, insistía, para que todos sepan sin duda que ya no tienes nada que ver con el pasado, decía, decía; siempre tenía algo que decir. Y yo temblaba, y pensaba también que sí, que mejor en casa y en silencio. París. Perdona, Helia, los viejos nos extraviamos mucho por la memoria, y aún más los viejos hipnopómpicos, con tanta facilidad para las asociaciones mentales, qué te voy a decir… París, sigo.

Si te digo la verdad, no sé o no recuerdo cómo caí en las manos de Proust. Aparecí de pronto una noche en su cuarto del 44 de la rue Hammelin. Proust escribía siempre. No le extrañó mi presencia. Yo tampoco me extrañé de estar allí. Siempre escribía, aunque algunas noches salía de soirée al Ritz, y yo iba con él y me presentaba, claro, a todos sus amigos y conocidos: Madame de Sevigné, que me sometió a todo tipo de preguntas, que yo no podía contestar, o Saint Loup; una vez vi a Odette, bueno, ya sabes, Helia, todos ellos… Eran bastante fantasmones en general. Proust le dijo a Céline que me acompañara a las mejores tiendas de ropa de París, para que pudiera ir bien vestida cuando saliéramos. No tenía mucho dinero Proust. Pero yo no lo sabía. No sé quién pagaría. Me volvía loca la ropa de París. Proust no escatimó. No era nada sexual. O al menos nada explícitamente sexual. Me refiero a nuestra excelente compenetración. No por su parte. Yo hubiera podido amar a Proust o a cualquiera que me comprara aquella ropa y me llevara a sitios como el Ritz, o el Grand Hotel, aunque fuéramos a esos sitios tan apenas cuatro o cinco veces durante todo el tiempo que viví en París, en la casa de Proust. Él me dijo  que le recordaba a Gilberta, su primer amor, me mintió. Yo no le dije nada. Alguien muy cercano a él ya me había dado a entender que a Proust no le gustaban las mujeres. Se trajo a cuento, de paso, el nombre que Proust, así me lo contaron, jamás había vuelto a pronunciar desde que lo había abandonado.  Alfredo Agostinelli, me susurraron una única vez.  Quiso ser aviador. Los aviones hacían furor, tan llenos de futuro. Alfredo Agostinelli, me informaron, se había matado en 1914, volando.  Pero yo no esperaba nada. Me dejé atrapar. Me dijo que necesitaba una prisionera. Proust me dijo que era seguro que no le quedaba mucho tiempo de vida, que él se daba cuenta y eso le angustiaba enormemente; pensaba que podía morir a cada minuto, y tenía miedo, un miedo intolerable. Necesitaba una prisionera en quien fijarse para componer el último gran personaje de su novela. Necesitaba un modelo, porque no quería hablar de sí mismo. Fui una magnífica prisionera hasta el mismo día en que murió. Aunque a veces, cuando los medicamentos le aturdían, me escapaba un par de horas, necesitaba respirar, necesitaba recorrer París.  Me vestía con mis hermosos vestidos de Patou, de Poiret, y me iba a Longchamp un ratito, a veces a Bon Marche, y otras veces al café Dôme, o a la Coupoule. Iba casi siempre sola, porque en París no pasaba nada si una mujer iba sin compañía a un café. Tampoco si entablaba conversación con un desconocido. Yo hablé con alguna persona muy pocas veces. Una vez con Picasso, quien me dijo que no le caía nada bien Proust –pero yo sabía que no le conocía, que Picasso sólo pretendía impresionarme-. Me dijo que todo el mundo hablaba de que Proust era un tipo muy raro. Además me informó de que todo París sabía que yo era la española prisionera de Proust y me dijo que ni se me ocurriera quedarme con él, que huyera, que los artistas españoles que vivían en París me ayudarían. Pero yo insistí en que había ido a París en buena parte por Proust, que no se preocupara. Picasso no iba a preocuparse, seguro, eso lo vi enseguida. Me dijo, al despedirse, que no conocía Zaragoza; le respondí que debería ir alguna vez, al menos para ver las pinturas de Goya en el Pilar y en la Cartuja. Se lo dije para que viera que yo era una mujer instruida, que entendía de pintura, porque me daba igual que no conociera Zaragoza. Y supongo que a Picasso le daba igual si una mujer entendía o no de pintura. Yo era muy feliz cuando me escapaba a recorrer París. Bueno, también en Zaragoza una mujer podía ir sola a un café, al Ambos Mundos, por ejemplo. Cuando ya no se podía ir sola a los cafés fue años más tarde. Después de la guerra ir a un café se volvió algo malo, y para castigar a la mujer que se atrevía a hacerlo todo el mundo se ponía todo el rato a hablar pestes de ella, hasta que enloquecía. Enloquecieron muchas. Yo dejé de ir a los cafés. Tampoco tenía tiempo para salir mucho, entre ayudar en el colmado a Basilio y atender la casa. A trabajar ya no volví nunca, bueno te lo he dicho antes, y ya lo sabías. Hay muchas formas de cárcel, ya sabes. Disculpa otra vez. Esta cabeza. París. Poco más ya que decir. París era divino. Pero tuve que volver cuando murió Proust y además mi padre se fue a América. Mi madre me lo contó sin rodeos y me tranquilizó asegurándome que ella ya se lo esperaba, que no me preocupara, que no cambiaría casi nada. Entonces me centré mucho en mi trabajo en la Biblioteca. Pedí trabajar más de lo que lo había hecho antes, e incluso me llevaba tareas a casa, como hacer fichas y sipnosis, esas cosas. Así podía seguir leyendo. Un par de años después vino un día a la Biblioteca León Ponce, pero no teníamos lo que él buscaba, lo recuerdo bien, un libro de Sebastian Faure, publicado apenas hacía un par de años, en 1920; pero no lo teníamos, no eran habituales ese tipo de libros en la Biblioteca. Yo ya sabía que se iba a reír, pero como no teníamos lo que buscaba, le ofrecí a León otro libro de un francés, traducido ya al castellano, muy nuevo también, le dije, mire éste es, Por el camino de Swan. El traductor, le dije, es un poeta español, Pedro Salinas. ¿Un poeta?, se rió, efectivamente. Déjame ver eso, anda: ¡pura perifrastia burguesa reaccionaria! ¿Tú lo has leído?, me dijo. Da igual, me gustas lo mismo. Vendré a buscarte luego, si me dejas invitarte a un café. Amé mucho a León Ponce, pero jamás le perdoné ni le perdonaré en toda la eternidad que nunca me dejara contarle cómo era París.

– ¡Hombres!

– Quizás.

Patrick on

10:35 h

 

Tener un novio inglés era lo más.

Contextualicen, por favor, esta aseveración en las coordenadas espacio-temporales correspondientes (cronotopía, me gustaría decir –añade volumen al sentido-, si no estuviera fuera de lugar en este registro tan conversacional que hemos acordado usted, paciente lector, y yo): latitud, 41°39′ Norte; longitud, 0°52′ Oeste; primeros años de la década de los 80, siglo XX. 1.000 desérticos kilómetros cuadrados de extensión. En ese  duro  territorio sólo era posible moverse de bar en bar, en invierno debido al  frío, en verano por el calor extremo. De bar en bar, o también precariamente de trabajo en trabajo, impelidos por la urgencia de tomarnos en serio a nosotros mismos, acorralados por la inflación galopante, por la carestía especulativa y política del petróleo, por la Historia, por nuestra propia dignidad, críticamente concienciados de la necesidad de no tirar la toalla, costase lo que costase. Incluso si costaba la cordura. Incluso si a alguno además de la cordura, le costaba la vida. La vida, insisto, y no exagero. Parecía que teníamos más de lo que realmente la ciudad podía darnos. Casi nada. La ciudad parecía algo sólo si solamente te fijabas en el interiorismo renovado de los bares. Concreto más: parecía que la ciudad tenía bastantes nutrientes con que alimentar la urgencia de la juventud. Pero realmente no había prácticamente de nada. Ni paisaje casi. Ni siquiera teníamos un río, aunque existiera, porque por entonces era como si el río no estuviera, no sabíamos de la vida faraónica que puede crecer en torno a un río. Éramos solamente hijos del desierto, de la ley del desierto que invadía la ciudad – Radio Futura, qué gran metáfora, pensando esto desde hoy, 22 de julio de 2012, futuro desierto/ desierto futuro. Cualquier cosa que entonces deseáramos estaba como muy cerca en Madrid, a más de 300 kilómetros, o en Barcelona, a otros trescientos kilómetros. Era de lo que hablábamos en los bares los prisioneros del desierto. Y de Londres o Nueva York. Hablábamos como si supiéramos mogollón de cosas. Y ya decíamos mogollón, claro. Sobre todo en los bares. Y sobre todo cuando aparecía alguien de fuera. Mogollón era lo más. Por ejemplo, mi novio inglés molaba mogollón. Patrick. Lo decía todo el mundo. Pero lo decían como si no lo dijeran. O sea, lo decían como si estuviéramos en  cualquier pub del  mismísimo Chelsea (hablo del Chelsea de los años 70 y comienzos de los 80, entiéndase, el barrio irreverente y punk) y no en la Tía Petaca, BV 80, Bohemios o El Central -por ejemplo- (la transición cultural nos teletransportó de golpe de la taberna revival a los locales fashion, es lo que tienen los territorios desérticos de los países totalitarios). De todas formas, Patrick no era punk. Más bien era, yo diría, como un intelectual del rock. El rock ampliamente considerado, pudiéramos apostillar. Y divertido. Era alto. Más bien pelirrojo. Y no abrumaba con el sexo: entonces esto, en un país en el que todo el mundo hablaba sin parar de follar (había que decir follar) y sus derivados,  me pareció un alivio, la verdad; me hacía sentir paradójicamente libre. Patrick quiso venir a España porque su abuelo había sido brigadista republicano durante la Guerra Civil. Estas cosas, como lo de tener interés en comprender de qué manera afectaba el pasado a nuestro presente, o sea tener interés en la Historia, aún sucedían en los años 80. Los hechos importantes mantenían su significado durante un par de generaciones por lo menos. Europa era todavía bastante decimonónica y la gente necesitaba cerrar círculos. Como si un círculo cerrado no fuera algo absolutamente imaginario. En fin, el brigadista inglés y abuelo de Patrick desapareció en la Batalla del Ebro. Era poeta, pues había publicado ya un libro y la familia conservaba muchos poemas inéditos. No encontraron su cuerpo. Desapareció, contaron durante décadas allí en Inglaterra, combatiendo en la Guerra Civil española. Como el Corto Maltés, exclamé sonriéndole a Patrick –no pude evitarlo-. No exactamente, sonrió él también (sonreíamos mucho los jóvenes de entonces, a pesar de todo): mi abuela que era periodista, (me explicó, y yo añadía asombro a la admiración)  e igualmente inglesa (y que por cierto, sonrió ampliamente, había estado en Zaragoza al principio de la guerra -¿de verdad?, me encandilaba yo-) descubrió poco después de desaparecer en el frente el abuelo que estaba embarazada y regresó entonces a Inglaterra, con todos aquellos textos suyos. Esto me contaba Patrick, sin contarme nada más. Yo no soy poeta, pero soy actor, ironizaba tontamente Patrick. Ya…, me reí con ganas, como yo, estudio en la Escuela, teatreros los dos, grité alborozada, y recuerdo que le besé mucho y mucho tiempo, mesándole el cabello rojo, como en las películas. Era casi feliz con Patrick, aunque todos los días tenía que pellizcarme para creer en su existencia. Patrick era mucho mejor a mi juicio que Robin Tripp, un inglés moderno y con chispa, nada machista, al que había yo en mi adolescencia llegado a conocer durante un tiempo: el que duró la emisión de la serie Un hombre en casa (Man about the house). Hace años que no le veo, a Patrick. Bueno, no es verdad, lo he visto muchas veces en mi territorio hipnopómpico: siempre con el mismo aspecto que cuando le conocí. Entonces, cuando conocí a Patrick, yo no sabía nada de León Ponce, pero él, Patrick, ya lo sabía  todo al respecto. Eso me hizo sentirme un tanto defraudada luego, cuando supe que él sabía y que me había mantenido en la ignorancia hasta que pudiera yo conocer a Rose Mary Taylor, su abuela, la periodista. Da igual. Ni los sueños donde he seguido viendo a Patrick ni su relativo engaño del comienzo de nuestra relación cuentan ahora, porque Patrick se muere y yo estoy en Londres, en Piccadilly, y frente a mi ordenador, preparándome mientras escribo y escribo para el reencuentro y para la despedida nuevamente. A menudo pienso que Patrick nunca existió. Que era otro. Como Albertina. Como mi historia. Como yo misma, quiero decir.

Goooool de Señor!

http://www.cadenaser.com/deportes/audios/gol-senor-12-1-malta-cantado-jose-angel-casa/csrcsrpor/20070328csrcsrdep_6/Aes/

Que

Conduce al capítulo  12 a 1

St. James Tavern, London

The St. James Tavern
The St. James Tavern

Pincha en la puerta del pub, dentro están viendo un partido de fútbol (12 a 1 fue el resultado)

La violación de Lucrecia

La violación de Lucrecia, poema dramático de William Shakeaspeare, interpretado íntegramente por Nuria Espert, dirigida por Miguel del Arco:

La lógica del poder: «Así como la lluvia desgasta el mármol, las lágrimas no ablandan la lujuria… la culpa es sólo tuya… es tu belleza la que esta noche te tendió una trampa, y debes someterte a mi deseo con gran paciencia, porque te he elegido para mi terrenal goce»

(Ya me gustaría a mí hablar de sexo en Internet)

Quiero ser un bote de Colón

09:35 h

 

quieroserunbotedecolónysaliranunciadoporlatelevisiónquieroserunbotedecolónysaliranunciadoporlatelevisiónquieroserunbotedecolónysaliranunciadoporlatelevisiónquieroserunbotedecolónysaliranunciadoporlatelevisiónquieroserunbotedecolónysaliranunciadoporlatelevisiónquieroserunbotedecolónysaliranunciadoporlatelevisiónquieroserunbotedecolónysaliranunciadoporlatelevisiónquieroserunbotedecolónysaliranunciadoporlatelevisión

ah

ah

ah

ah

ahahahahahahahahah

 

(A comienzos de los años ochenta esta canción quería decir exactamente lo que dice.  La cantaban Alaska y los Pegamoides, que venían de ser Kaka de Luxe y luego fueron Alaska y Dinarama. Hay colgado en Youtube un video magníficamente generacional del programa “La Edad de Oro”  de la grande Paloma Chamorro).

 

Me emborraché la noche de la muerte del abuelo Basilio (que luego ha sido no-abuelo), y canté esta canción hasta vomitar. Mi madre no la soportaba. Seguramente a mí tampoco me soportaba. Yo solía cantarla a gritos, histéricamente, y chillaba aún más, a propósito, si ella estaba en casa. Es una canción emblemática, un faraónico corte de mangas, una canción que subvertía nuestra impotencia, la convertía en energía poderosa. Cuando volvimos a casa de madrugada, la noche que murió el abuelo Basilio -ahora, muchos años después, ya menos no-abuelo para mí, aunque nunca ya mi abuelo, – (sé, querido lector, que esto del abuelo Basilio no se comprende fácil, sobre todo si es usted un lector acostumbrado a leer según las reglas de la perspectiva de la imprenta y ha comenzado por el principio; es lógico que se pregunte ahora de qué le estoy hablando y le pido disculpas y le ruego pues un poco de esfuerzo extra y paciencia)- me puse a cantar la canción y Albertina la cantaba conmigo con fuerza insomne en la madrugada.  Las dos, ella y yo, cogidas del brazo insistiendo: quiero ser un bote de cooooolón, y mi madre indignada montó un escándalo casi de las mismas proporciones al que habían organizado unas horas antes Milans del Bosch y Tejero, con sus tanques y sus guardias civiles. ¡Qué sola estaba siempre mi madre entonces!. Siempre. ¡Qué sola! Luego me puse a llorar: fuertemente y mucho rato; no podía parar. Albertina me dijo que ni aun para encarar la muerte traía buena cosa emborracharse. Ella no lloraba. No la había yo visto llorar aún. Nunca aún. Hasta hace poco no entendí que la diferencia entre mi madre y Albertina estaba en la forma tan distinta en que cada una de ellas había sido joven. La diferencia entre ellas estaba en que lo que fue silencio puro en Albertina (rabia acallada) era en mi madre, una generación después, miedo, acomodada obediencia (que se transformaba en intolerancia activa —–(en otro momento hablaremos de esta actitud, de la autocastración y sus manifestaciones, o sea cosas que se hacían a causa de la castración colectiva, en los años de la dictadura de Franco).

¿Cómo soportar semejante transición y sus causas?:

Quuuiiieerooo ser un bote de cooooolón

 

 

 

 

 

 

o vivir en centrifugación. Perdón. Es una boutade. No he podido evitarlo.

Adagietto

Ciertamente, sin ser deseable el dolor, no deberíamos amputarnos la capacidad de sufrir

o lo que viene a ser el capítulo

(Ya me gustaría a mí hablar de sexo en Internet)

Rose Mary Taylor Poppins

16:55 h.

 

Si al anarquista León Ponce no se lo hubiera llevado el comienzo de la guerra, lo hubiera hecho Rose Mary Taylor, la Poppins. Eso me repetía Albertina. A nadie más se lo decía sino a mi. Para el resto, silencio como siempre. El resto tomaba esa insistencia como la chaladura de una anciana, que además ya se sabe que nunca ha estado muy en sus cabales: me miran de reojo entonces, porque todo el mundo piensa que yo doy signos de las mismas rarezas de Albertina, aunque tal convencimiento nadie lo enuncie formalmente. La Poppins murmuraba una y otra vez, reforzando con la ironía ese Poppins, que a mí me hacía gracia, pero que ella medio mascaba amargo y cabreada. Cuéntame qué te dijo cuando la viste en Londres, me pedía. No la vi en Londres, la vi en Portmeirion, y ya sabes tú lo que me contó. No le sigas tanto la corriente, se quejaba mi madre. Dímelo todo, replicaba Albertina.  Yo le apretaba la mano e insistía en el ya te lo dije, sin explicarle de nuevo todo lo que en su momento ya le había contado que a su vez me había referido Rose Mary Taylor, cuando la fui a visitar con Patrick a Portmeirion, unos meses antes.  Estupefacta y herida como me sentía (no sé por qué, no tenía derecho), a mi regreso a casa encaré brutalmente a Albertina con el relato de Rose Mary. No debes repetir nunca lo que hemos hablado me contestó ella. Ya no tiene sentido. Es lo que me pidió, mientras procuraba rebajar mi ira y apartar mi mirada impía. Aquellos días previos a tu muerte, Albertina, sin embargo, insistías e insistías en que te repitiera el relato de Rose Mary, y no te comprendí. Vivo con esta quera, de verdad. No haber comprendido tu necesidad de volver a escuchar la historia de Rose Mary Taylor, tu propia historia, como una revelación venida desde fuera, definitivamente, antes de morirte.

Rose Mary Taylor Poppins se presentó en casa de Albertina un día de mediados de agosto de 1936 para decirle que a León le habían reconocido aquella mañana, al poco de amanecer, algunos compañeros, aunque no pudieron rescatar su cadáver, acribillado a tiros en la playa del Canal Imperial, junto a Torrero. Rose Mary me aseguró que este episodio triste era verdad y no sólo un sueño terrible, como yo había creído hasta aquel momento. Si yo hubiera estado allí entonces en carne y hueso, y no de esta manera  en la que lo he vivido, como de aparecida o de sustancia holográfica, propia de los episodios hipnopómpicos, no le hubiera dejado abrir la puerta a Albertina, cuando llamó Rose Mary. Para qué. Ganas de complicarse. Pero Albertina, que ya sabe que yo soy insistente y que la miro y la vigilo en su casa, en esa mañana de agosto de 1936, me responde que no es tan fácil, que para callar es preciso saber antes. Porque de otra forma lo que guardamos no es silencio, sino ignorancia.

Rose Mary y León Ponce habían sido amantes desde hacía más de un año. Rose Mary era periodista y había llegado desde Madrid y antes desde Londres. Vino a Zaragoza porque la ciudad era un sin vivir de noticias continuas a causa de los conflictos sociales y políticos. Luego se quedó enganchada a León y definitivamente atrapada por el ambiente febril de los meses anteriores a la sublevación militar y a la guerra civil;  meses difíciles e intensos, siempre al borde del dolor y de la muerte. La intensidad engancha, genera adrenalina. Albertina mucho había barruntado de esa historia irremediable de amor y de fascinación entre León y Rose Mary, tan propia de la época pensaba yo, pensando en las películas de la época. Pero su algo más que intuición no la libró de la ira cuando se topó de golpe con la mirada de la inglesa, al abrirle la puerta de su casa, mientras Rose Mary le cuenta inconsolable, atropellada, en mal castellano, que León estaba muerto. Pero a Albertina ya se lo habían dicho: que lo habían tiroteado antes del amanecer. Basilio había subido temprano al poco de abrir su tienda de ultramarinos (la tienda está en los bajos de la casa: en el mismo lugar que reconozco décadas y décadas después oculta tras su transformación acelerada de los últimos tiempos en zapatería de barrio, al jubilarse mi madre, luego en verdulería, en tienda de venta de ordenadores, en etc., etc.,  – signo de los tiempos: durante casi un siglo inmutable ultramarinos y luego metamorfosis continua, morphing incansable…) Bien, al punto que se llevaron a León, tres días antes de la aparición de Rose Mary, Basilio les había dicho a sus correligionarios que cuando sucediera lo de León Ponce le hicieran el favor de ponerlo en su conocimiento. Le tenía aprecio a la viuda, dijo, era buena clienta suya, dijo, y prefería que se enterase por él que por otros, dijo. Dijo viuda. Aunque no estaban casados, Albertina y León no estaban casados. Aunque León todavía estaba vivo en ese momento en el que Basilio hablaba con los suyos. Al tercer día sus amigos, que hacían guardia en el cuartel de Ruiseñores aquella madrugada, se dieron prisa en contárselo. Basilio llamó al timbre mostrándole a Albertina un canasto lleno de alimentos en la otra mano. Hay que vivir, Albertina. Hay que vivir, señorita, repitió Albertina a Rose Mary Taylor, que seguía llorando apoyada sobre la mesa de la salita. Mi madre decía (antes de que se le nublara la memoria) que se acordaba de las cartas que en los años cuarenta y cincuenta llegaban desde un pueblo de Gales, llamado Portmeirion, y que Basilio, siempre le gritaba a Albertina que aquello se tenía que acabar. Como si el silencio tuviera principio o final, pensaba Albertina. Siempre es la hora del té en alguna parte de nosotros mismos.

 

Portmeirion – 2

El género humano no puede soportar tanta realidad
El género humano no puede soportar tanta realidad

Four Quartets

}}}}}}}}}}} nada que decir más, desde luego, sólo concluir que

El genero humano no puede soportar tanta realidad – es un capítulo

Mermelada de moras

http://goo.gl/0Nz3Sz  (Ronda de Boltaña) :::::

Mermelada de moras pringa el fondo del capítulo

SALDO migratorio (puedes leerlo en el libro «Territorio Pop-pins» -editorial Limbo Errante), a finales de febrero 2017 en librerías)

 

quilez2

Saldo migratorio

13:45 h.

 

En el año 13.699.900.000 aprox. del Universo uno de mis antepasados decidió emigrar, y no lo hizo solo. Long, long way. A veces recuerdo (o presiento) a todo aquel grupo humano recorriendo los andenes de la Estación del Norte de Barcelona. Están asustados mis antepasados y atónitos, están desorientados y no saben si dirigirse en la dirección por donde ven aparecer el sol (tierra de promisión inagotable será, si sale el sol una vez y otra y siempre), o hacia lo que ellos ni siquiera saben todavía que es el oeste -tanta fue al principio la ignorancia de todo-, sin luz (sin sombra, pues: la sombra habrá de ser por siempre traicionera, ya lo intuyen mis antepasados entonces, porque la ignorancia no impide la intuición). Por aquello de la seguridad, ascienden finalmente la montaña. Aunque enseguida se arrimarán un poco más al mar.

Cuando yo era niña todavía mostraba esa querencia genética y ancestral por el Tibidabo, por la montaña, una marca recidiva que mi padre, aprovechando la coartada de su negocio de ultramarinos bien instalado en una esquina un tanto deslucida de la calle Mallorca, quería ignorar y se empeñaba en eliminar de entre mis variadas, extrañas para él, inclinaciones.  Nosotros no tenemos nada que ver con la montaña, hija, me decía, somos gente de los valles, la montaña fue para nosotros algo accidental. Long way, le decía yo a mi padre. Y también le decía: el camino de arriba y el camino de abajo son el mismo camino y tanto da el Tibidabo como el Eixemple. Mi padre, que había hecho la mili en el cuartel zaragozano de Valdespartera, pateando (con los dientes apretados de rabia) en los desfiles sobre las fosas comunes de muertos y fusilados recientes todavía (veinte años no es nada), no entendía esto de la hipnopomía.  Insisto, yo le parecía una niña muy extraña, o eso me parecía a mí que le parecía a él. Una vez, Albertina intentó explicarle y hacerle comprender. Para que me ayudara y me protegiera en lo posible. Creo que se sintió sobrepasado, y se marchó. No voy a reprochárselo, ya no. Con el tiempo una acaba por entender casi todo. Más aún siendo hipnopómpica, ¿cómo no voy a esforzarme en comprender, si yo soy tan incomprensible, incluso para la ciencia? ¿Cómo no voy a comprender, si la vida era lo que era? Entre otras muchas cosas, mi padre no podía asumir lo que veía en mí, y sólo repetía: tú no tienes que fijarte ni en la gente de la Avenida del Tibidabo ni en la gente del Eixemple. Nosotros no somos ni de la montaña ni de la ciudad. Somos gente de los valles; la gente de los valles está demasiado apegada a la tierra que trabaja, siempre se mueve siguiendo los ríos y siempre estaremos sometidos al descenso depredador de la gente de la montaña o a la esquilmación insufrible de los poderosos especuladores en la ciudad. Pero Albertina dice, le contestaba yo a mi padre entonces, dice que todo es principio y todo es fin, por separado y a la vez, y que cualquiera puede ser lo que quiera ser, cualquiera puede ser otro, y lo puede ser en cualquier momento, y que no importa nada sino el poder del deseo y la imaginación, el poder de la transformación. Cualquier cosa puede ser todo, dice Albertina, le insistía yo a mi padre muchas veces en la trastienda del colmado. La loca de tu abuela …, se enfadaba él. Mejor si nunca viniera a vernos. Aprende esto bien, hija (¿podré, padre, alguna vez llamarme Helia?, -y él replicaba: pero, ¿es un nombre, eso, hija?-): no hay mayor desigualdad entre las personas que el lugar donde nacen.  Padre, yo nací en la Plaza Real, padre (le llamaba padre, no papá, en los momentos solemnes): ¿qué quiere eso decir, entonces? Nada, en tu caso no quiere decir nada, hija; la Plaza Real no es un lugar, es más bien un escenario, en todo caso un lugar de paso ¿entiendes?

¿Entiendes?

De eso se trata esto, de entender, pues. O no. Mi lugar natural: un escenario.

Rebobino y recompongo un poco todo  (ya me disculpara, amigo lector: una de las consecuencias de la hipnopompia es que muchas veces capas de ideas e imágenes acuden y se agolpan en mi cabeza, se atascan y atropellan y no guardan orden adecuado para su óptima transmisión). Bien:

Unas décadas antes más o menos de que mi padre prestara su servicio militar en el cuartel de Valdespartera (Zaragoza), su padre y su madre, recién casados, se fueron a Barcelona. Emigraron. Las gentes de los valles de Aragón que llegaban a Barcelona solían quedarse por entonces en Poble Sec. Nada ya de Tibidabo, me insistía, y en la calle Mallorca, hija, siempre nos verán como criados, me diría también mi padre. Él había aceptado unas cuantas cosas negociadas por decreto con el no-abuelo Basilio.  A cambio, pudo llevarse a mi madre a Barcelona, después de casarse. En una sola cosa se mostró intransigente mi padre: nunca debe olvidarse de donde viene uno, hija, me decía; en la forma que sea, hay que guardar memoria, no alejarnos en exceso del punto de origen. No creí que tuviera razón, hasta hace no mucho tiempo pensé que aquella sentencia de mi padre huido era un rasgo más de cobardía. El camino de arriba y el camino de abajo, decía yo, cuando no creía que mi padre tuviera razón. Hacerse a sí mismo … me ilusionaba, cuando recordaba, con rabia y los dientes apretados contra la almohada, a mi padre que se había ido y nos había olvidado, al parecer. Sin embargo, es verdad que es imposible alejarse del origen. El origen, el principio, siempre está. Mi padre ausente tenía razón. Lo malo es que en mi caso esta certeza no me ayuda nada, porque al ser hipnopómpica no puedo sino reconocer (o algo así) en mí varios orígenes. Y es así, en verdad, así es.

Decía yo que en una cosa se mostró intransigente mi padre con el abuelo Basilio: no viviría con su familia en la zona del Eixample; trabajaría allí, comerciaría allí, pero las pocas horas de vida que le restaban a la semana para él –se autoafirmaba- las pasaría lejos. Basilio se opuso a que mi madre y mi padre se instalarán en Poble Sec (un barrio poco recomendable, decía). Están construyendo buenos pisos en Vilapicina, cerca de Verdún, en una avenida que se llama Felipe II, le replicó mi padre a mi abuelo. Felipe II es una garantía, concedió Basilio (ex-falangista). Allí, por tanto, pasé una parte de la infancia. Y otra cerca de la calle Mallorca, en el colegio de monjas en el que las influencias del no-abuelo Basilio consiguieron que ingresara. Aunque yo no entraba nunca al colegio por la puerta principal, porque no quiso mi padre: entraba por la puerta lateral, la de la caridad, con la cabeza alta, -claro, padre- y si alguien te insinúa que has de hacer de criadita de esas niñas bien que van a ese colegio que te ha buscado tu abuelo (eso pasaba, sí, eso les pasaba a las alumnas que entraban al colegio por la puerta lateral de la caridad), se lo dices a tu padre, ¿me oyes? -claro, padre-. Pero no pasó, y no gracias al orgullo de mi padre, sino gracias a las amistades del no-abuelo Basilio, que había sido falangista, aunque yo no lo sabía).

Todos los días íbamos y volvíamos en tranvía entre el Eixemple y Vilapicina, el barrio donde vivíamos. Pequeñas migraciones diarias. Pequeñas y constantes migraciones que son el motor del Universo, que son los movimientos que tensan la red del espacio-tiempo, que nos convierten constantemente en otros aunque no nos guste, o aunque nos guste. Todas las células de mis antepasados trasladándose día tras día en tranvía.  Y antes en tren, bajo la carbonilla, desde el valle a la industria, células y máquinas para crecer, vivir, crecer, continuamente moviéndose, hasta que de repente, la muerte, por ejemplo. Todo o nada de repente. Un disparo que de repente se detiene contra el cuerpo del padre de mi padre, y el cuerpo a su vez se detiene, y una parte de la línea del tiempo se detiene en la mañana del 19 de Julio de 1936 en la explanada de la Bretxa de Sant Pau (Poble Sec).

¿Tú sabías esto, Albertina? Quizás, no. La gente se volvió desconfiada. Quizás mi padre nunca lo contó a nadie, excepto a mí aquella mañana de domingo. Alguien se lo contaría a él, quizás su madre. Sin embargo, tú, Albertina, no le contaste a mi madre lo sucedido a las orillas del Canal Imperial, pocos días después del suceso en la Bretxa (agujero, sima espacio-temporal). Tan próximos y paralelos los universos temporales de mi madre y de mi padre, y tan extrañas sus vidas, tan imposibles de armonizar. Tú lo sabías, Albertina, entre los dos sumaban demasiada sombra. Pero no hiciste nada. Y yo, sin raíces, flotando: demasiada sombra, demasiadas líneas rotas, demasiada realidad simulada.

– Sí que lo sabía, querida Helia, suelo saberlo casi todo. Es mi poder y mi debilidad. Contigo siempre ha sido mi debilidad. Sólo quería cuidarte y salvarte. ¿Nunca pararás, Helia?

– No puedo parar, Albertina. Nadie puede salvar a nadie (brechas, simas, agujeros negros diminutos e insondables, cruzando entre todos nosotros, perdidos todos)

¿Qué parte de mí se me perdió esa mañana de julio? (todo lo importante ocurre en julio). La Bretxa de Sant Pau. ¿Se rompe la cadena del movimiento migratorio eterno si una de las líneas del tiempo que conducen hasta ti no te alcanza? ¿Qué parte o qué partes de mi misma siguieron la trayectoria de aquel disparo en Poble Sec, qué partes de mi misma inmóviles y perdidas para siempre? Nada se pierde. Todas las células de mis antepasados se recomponen dentro de mí como en una fotografía, mejor, como en una película. Al fin y al cabo solamente es posible saber por aproximación.

 

Título: Saldo migratorio.

Sipnosis: Una joven pareja de aragoneses emigra a principios de los años treinta del siglo XX a la ciudad de Barcelona. Él es un obrero anarquista. El poco trabajo que hay en la ciudad aragonesa y los muchos riesgos que él corre ya por sus actividades (Zaragoza era un centro capital del anarquismo en aquellos años y las revueltas y sucesos se multiplicaban), les llevan a la capital catalana, a donde ya han llegado antes tantos paisanos, también muchos correligionarios. Poble Sec, en Barcelona, es un barrio de emigración y con fuerte implantación anarquista, sobre todo del sindicato de la madera. El porvenir de la joven pareja se trunca con el estallido de la contienda civil de 1936, pues el joven muere en los combates que tienen lugar en la Bretxa de Sant Pau, en Poble Sec, cuando la población civil logra frenar la entrada al barrio de los militares alzados en la ciudad. Años después, el hijo de este hombre debe hacer el servicio militar obligatorio en Zaragoza. Es el año 1954, y en plena dictadura, conoce a la hija de un ex-falangista y se enamora. Después de un estricto noviazgo, ambos se instalan en Barcelona. Todo parece ir bien. Pero, al cabo de algunos años algo ocurre (o no ocurre nada que impida las sombras), y él desaparece sin más explicación. Su mujer regresa a Zaragoza con las dos hijas nacidas del matrimonio, y allí son acogidas por los abuelos, Albertina y Basilio. Muchos años después, la hija mayor del matrimonio, Helia Álvarez, irá descubriendo esta historia que no conocía y algunas cosas más, de igual importancia y gravedad, que ahora no corresponde explicar. Todo ello la conduce a una total descontextualización de su identidad, acentuándose por ello claramente los rasgos de su personalidad hipnopómpica, sin duda acuciada por la necesidad de completar las posibilidades ignotas  y/o no formalizadas de su historia (piénsese que  “no formalizadas”, no quiere decir exactamente “no existentes”, ya que no hay nada ni nadie que no esté sometido a cambio constante, a endo-migración perpetua).

– Así, Helia, que de esto va todo este teatro al que llamas Pop-pins, otra vez.

 – Bueno, más o menos, Albertina. En todo caso, para eso estáis aquí convocadas Rose Mary Taylor y tú. Para que me expliquéis, Albertina. Muchas horas de archivos e hipnopompia he empleado en recorrer ese camino por mí misma. Ahora debéis hablar.

 – ¿Y Patrick?

– Ojalá no me hubiera abandonado

 – Ojalá no es nada, Helia, que no eras Helia, Álvarez.

Si te amo, morirás

14:40 h

Si escribo Patrick, escribo tu nombre. Tu nombre no me pertenece. No puede pertenecerme. Patrick es un nombre con mucha historia detrás. Es un nombre como un cometa, pensé algunas veces: y tú eres Patrick, y no edificaré nada sobre ti, sino junto a ti. ¿Cómo escribir tu nombre y no escribirte, construirte? Escribo ahora tu nombre, y escribo sobre ti. Compongo y recompongo mis pensamientos, reordeno los acontecimientos sobre los que pienso, reordeno y todo sucede de nuevo inevitablemente, ya se sabe: soy actriz (sí, soy actriz profesional, trabajo como actriz, pero no hablo ahora de esto, hablo de ser actriz de mi vida, en mi vida, no hay otra manera de vivir). Escribo sobre ti y hace un poco de calor en Londres, no como en el verano de 1982 en España, entonces hacía mucho calor: hola, yo soy Patrick y alguien me ha dicho que podría encontrarte por aquí, le oí decir. No le creí, claro.

 

– Se lo dije yo, Helia

– Lo sé, Rose Mary Taylor, me lo contó Patrick cuando me confesó quién eras, quién era él, quiénes eráis, quiénes éramos.

 

Yo había salido a dar una vuelta por Bilbao; pasaba unos días en casa de mi familia (una vía septentrional y antigua de la emigración). Conocía la ciudad. No pensé que la zona de Moyúa estaría de ingleses a reventar. No sé por qué no lo pensé. Pensaba en otras cosas, supongo. Entre miles y miles de ingleses, al acercarme a la barra de un bar de por allí, escuché: yo soy Patrick y alguien me ha dicho que podría encontrarte por aquí. No le creí, claro. Pero me colé con él al día siguiente en el partido de fútbol. Yo hacía cosas así en aquel tiempo; cosas como irme a un partido de un mundial de fútbol con un desconocido inglés (y no lo digo por el desconocido inglés), y otras cosas igual de tontas, pero más sosas, románticas y bohemias, como dormir en la playa, hacer autostop o beber ron en las pequeñas plazas que crecen sólo junto al mar Mediterráneo. Nada me gustaría más que vivir en una de esas plazas con mar, eternamente. Eso me gustaría mucho, muchísimo, igual entonces, en 1982, al principio, como ahora. Portmeirion tampoco estaba mal, aunque nada que ver con el Mediterráneo. Escribo tu nombre, Patrick, lo he escrito muchas veces. Algunas de ellas lo he hecho como si fuera una variación de mi propio nombre, o como si yo pudiera ser tú en algún momento, quiero decir que he escrito tu nombre amándote sin condición alguna. Ahora me gustaría escribir tu nombre como si pudiera cambiar tu s(m)uerte, como si en mi poder estuviera reescribir verdaderamente la línea del tiempo y las resoluciones que fuimos adoptando en nuestra vida. Simple. Deseo sempiterno. Palmario. Sólo cuando se ama, desea uno cambiar lo que ha sido o lo que es. Yo te amo, Patrick, siempre te he amado. No tiene nada que ver con que siempre supiera que te irías. Como ahora. Si pudiera, no te amaría ya. Tu muerte me hará muy desgraciada. Pero te amo. Tiene el amor muchas maneras de imponerse. El amor permanece porque su naturaleza es monstruosa, metamórfica, y puede matar. Puede matar inocentemente, como Mary Frankenstein Shelley Poppins. ¿Podría yo ahora cambiar el sentido de mi amor hace diez, veinte, treinta años? ¿Podría hacerlo? Si es posible modificar la luz que ya no existe a través de la luz que todavía vemos, ¿por qué no voy a poder amarte de manera que no fracase mi amor? Patrick, sería preciso que no murieras, y sin embargo.

 

– No vendrá, Helia.

– Déjame, Mary Taylor, déjame.

– Me has llamado.

– No. He pensado en Mary Shelley, con tanto poder. Poderosa y humillada. Desolada. Superviviente. Zombi.

– Da igual. Si piensas en ella, piensas en mí, y vengo.

– ¿Has visto a Albertina?

– Has pensado en mí ahora, no en Albertina. A ella no le gusta caminar por Londres. Si fuera París… Yo soy la que te acompaña ahora en tu breve paseo por este Londres dominical, ¿volvemos al pub?

– A mí sí me gusta pasear por Londres, Rose. Mary Shelley paseaba por Camdem Town de la mano de su pobre monstruo asesino. La gente les miraba. El monstruo estaba lleno de amor y sufría por los dos. Nunca la abandonó. Yo no abandonaré a Patrick.

– No vendrá.

– Déjame Rose Mary. Recuerdo muy bien el rostro joven de Patrick, el primer rostro de Patrick que amé. Recuerdo bien cuando paseábamos por Londres, abrazados o no. Déjame volver despacio.

– Has de escribir.

– Escribiré. Deja que vaya este rato por estas calles como si conectaran pasado remotísimo y futuro improbable. Todo cambia a cado paso. Londres morphing … Es muy raro escribir desde tiempos diferentes, en lugares distintos; una sola historia es poliédrica siempre y cada vez que la piensas, o te enfrentas a ella, cambia. No hay ficción, Mary Taylor; no es posible. Si estás convencida, Mary Taylor Poppins, de que no es verdad que vaya a venir Patrick, ¿por qué vuelves conmigo a St. James Tavern?, donde he quedado con él, donde voy a estar esperándole. Mary Taylor, ¿tú sabes dónde está ahora Patrick?

 

En 1982 sentí temor. La primera vez que soñé con Patrick tuve un sueño erótico, más bien sexual. Soñé con él la misma noche del día en el que él me dijo: alguien me ha dicho que podría encontrarte aquí. Durante un momento de ese sueño Patrick estaba muerto. Antes no. Luego tampoco. Recuerdo el rostro del Patrick muerto. Como una imagen subliminal dentro del sueño. Recuerdo el clima sexual del sueño. Nada más. El rostro de aquel sueño ha ido atravesando el tiempo dentro de mi pensamiento. El rostro joven de Patrick, el único que entonces conocía. Me asustó al principio. Luego lo reubiqué. Alguna vez resurgía (veía el rostro de Patrick muerto) en medio del acto sexual, o simplemente durante un viaje, o bajo la oscuridad del cine. A veces se iba durante años. Y siempre supe que era algo realmente producido por el lado autónomo de mi pensamiento, que ocupa casi todo mi cerebro, el lado conectado a la deriva hipnopómpica. No quería que fuera una premonición. Las premoniciones no te dejan ser feliz. Luego me convencí de que un rostro muerto es algo que todos llevamos con nosotros bajo todas las máscaras que van apareciendo a lo largo de nuestra vida, ese rostro, el último morphing …  Y que por lo tanto yo y mi hipnopompia no éramos causa; sólo una especie de detectores con hipersensibilidad. Me convencí; parece razonable el argumento. Y apuré el amor, día tras día. Nada es gratis. Y supe que Patrick se iría, ya desde el principio, incluso antes de que llegara. Una amiga mía siempre dice que todos los hombres se van. Siempre. Se van de muchas formas. Es muy posible que sea así. Pero Patrick no se fue de ninguna de esas formas propias de la especie. Se fue porque es muy difícil soportar la larga sombra de España, si no eres español o quizás, y en caso de ser inglés, historiador de fama.

– Creo que exageras.

 – Mira, Mary Taylor, exagero lo que me da la gana. ¿Cómo no voy a exagerar? ¿Cómo no voy a sacar las cosas de quicio, si estoy aquí, dando vueltas por Picadilly, esperando a Patrick, al que no veo hace años, y estoy aquí porque he venido como un rayo en cuanto él me llamó y me dijo ven por favor, quédate esta vez conmigo, quédate hasta el final?

-¿Tú te oyes, Helia?

– Sí, claro.

– Deberíamos comer algo.

– Yo ya he comido.

– ¿Cuándo? No te he visto, no me engañes.

– He comido algo en el pub, antes de salir a estirar las piernas un poco. Aún no habías venido, Mary Taylor. Y tú no puedes comer, ya no comes.

– Estás muy flaca, Helia. No piensas con claridad.

 

 La primera vez que vi su rostro muerto fue la primera vez que hicimos el amor, y eso fue después del partido Inglaterra-Checoslovaquia (existía entonces Checoslovaquia, faltaban nueve años para que estallase la locura de la Guerra de los Balcanes y algunos más para que Patrick se marchara de nuestra casa y yo y la compañía abriéramos el pequeño teatro de provincias: todos me decían, estáis locos, estás loca; hay pues tantas clases de locura como acciones humanas; abrimos el teatro y ahí está). Patrick se puso un poco borracho y muy eufórico (por el fútbol) y me decía hace calor, podemos ir al parque. Me miraba, me tocaba, pero con cierta timidez, como queriendo sobreponerse, como diciéndose no puedo cagarla. Y esa actitud me gustó, porque no hubiéramos hecho el amor esa noche del Inglaterra-Checoslovaquia si yo no hubiera querido, y no sentí con él la obligación de demostrarle nada, ni de demostrarle que la sombra de España no iba a decirme cómo y cuándo tenía que follar (y eso pasaba sólo porque Patrick era inglés; con los tíos españoles, por el contrario, era todo muy complicado por aquel entonces: querían mujeres muy modernas y muy antiguas al mismo tiempo; modernas para follar y muy antiguas para todo lo demás; era así incluso con los de veinte años, los que al parecer, te decían ellos, eran tus iguales, más o menos). Bueno, da lo mismo. No, no da lo mismo. Patrick era ligero. Patrick me amó, Patrick me enseñó quién era yo. Bueno, no. Yo era ya tal cual, hipnopompia incluida. Patrick, quiero decir, Patrick no le puso  peros  a nada. Incluida la hipnopompia (claro, él ya sabía de esta anomalía mágica por ti Mary Taylor, aunque yo no sabía que él sí sabía). Patrick se merecía todo, pero yo no quise quedarme a vivir en Londres. No me porté bien con él. Y encima tenía razón: este país guarda demasiados demonios en los jardines. Lo decía mucho Patrick; por la película. No hicimos el amor en el parque. Me dio la risa cuando me decía vamos al parque. Nos fuimos a casa de una amiga, que tenia un sofá cama en el cuarto de estar; como hacía tanto calor, sacamos la alfombra a la terraza. Hicimos el amor, y si ahora digo que hicimos el amor y no vi su rostro muerto, si digo, si escribo que nunca vi su rostro muerto, que nunca lo soñé, quizás sea posible que Patrick no me haya llamado para decirme que venga a Londres y quizás él no llegue, quizás no venga, para que yo no le ayude a seguir adelante hasta el final, y así no haya final.  Ojalá pudiera ser, aunque nunca le hubiera conocido y él nunca me hubiera amado y yo hubiera sido mucho más desgraciada.

– Pero, si has tenido el poder de escribir nuestro destino, ten ahora fuerza para aceptarlo: así le dice Byron-Remando al viento a Mary Shelly Frankenstein.

-Mary Taylor Poppins, no me toques las narices:  tuya es la culpa.

De bares

 

 

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La ley del desierto

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