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Las Hipnopómpicas

Territorio Poppins

Autor

Luisa Miñana

Pan de oro, 2006 Las esquinas de la Luna, 2009 y 2022 Ciudades inteligentes, 2014 Este es mi cuerpo, 2019, 2025 2ª edición Saldo mínimo, 2020 Las Hipnopómpicas, 2021 Pulmón de vacío, 2023 No morir, 2024

Google Street

09.15 h

Esta mañana, antes de coger el metro para venir a Piccadilly,  he buscado en Google Maps para refrescar en mi memoria el lugar donde está exactamente St. James Tavern,  un pub en el que  sirven cosas ligeras para comer, y al que íbamos a menudo Patrick y yo durante el tiempo que estuvimos en Londres, hace prácticamente treinta años. Entra y sale mucha gente todo el tiempo del local, pero ese tráfico, si pillas una esquina protegida, no incomoda demasiado para leer y escribir. Es justamente lo que necesito para este largo día de espera, un poco de compañía intermitente e indefinida. Me ha parecido el sitio perfecto, regresión temporal incluida. St. James Tavern, que se encuentra en la esquina de Great Windmill Street con Shaftesbury Avenue, no abre hasta las 12 del mediodía, a la hora del almuerzo. Pero yo quería llegar temprano a Piccadilly. Quiero que este día, hasta que me encuentre con Patrick, sea un día de espera verdadera. Esperar en el centro del mundo (para mi, Piccadilly lo es) se convierte en una espera absoluta. Es conveniente que alguna vez en la vida hagamos algo de manera total y absoluta. El centro del mundo, el centro abarrotado del mundo, es el mejor lugar donde ocultarse hasta que llegue Patrick a nuestra cita, como sea que Patrick llegue y con lo que traiga. Puesto que  St. James Tavern no abrirá hasta el mediodía, he buscado  otro bar donde tomar un par de cafés mientras tanto. No podía dejar a la improvisación estas elecciones. Para mí es importante el espacio: compréndanme, soy actriz. Pero, aun estando habituada a las situaciones teatralmente inverosímiles,  me siento extraña en esta tarea de esperar a  alguien que en realidad viene desde el pasado (seguro que alguna vez, lector, también le ha sucedido esto: esperar a alguien que llega con todo tu pasado en sus manos; que viene además para casi no quedarse, o más bien con la intención de marcharse, eso sí, anclando en ti una huella puñeteramente definitiva). Es lo que sucederá cuando Patrick venga y luego muera.

            Instalada ya en esta mesa del Caffé Nero de Piccadilly Street, conecto mi ordenador y me sumerjo en Google Street y realizo de nuevo el corto trayecto que antes he recorrido a pie desde el metro, doy una vuelta por los alrededores y vuelvo a entrar en este local, y me siento a la mesa donde ahora ya escribo. Auto-realidad aumentada. Reconozco mi adicción a Google Street. Una vez que con los años (y también gracias a la aceptación de mi inexcusable herencia genética, con la que he terminado por llevarme bien casi en todos sus aspectos) he asimilado mi específica condición de hipnopómpica, puedo permitirme sin remordimientos ciertos lujos y algunos caprichos – siempre bastante razonables (no soy persona de excesos). En Google Street me siento cómoda, supongo que por el asunto de la ubicuidad. Los hipnopómpicos somos ubicuos en tiempo y en espacio. Bueno, en mi caso y por fortuna (mi cerebro es muy limitado, no sabe todavía desenvolverse en estado de extrañamiento extremo)  la ubicuidad solamente  se manifiesta en los momentos del tránsito. Tránsito: lo digo así para que, a usted, lector, le resulte muy plástica la sensación. Pero no se trata estrictamente de un tránsito ese estado hipnopómpico que vacila entre el sueño y la vigilia, mezclándolo  todo, también las conjugaciones del tiempo y a menudo los lugares. Como si dobláramos y desdobláramos un pañuelo, truco mágico. Decir tránsito viene bien como concepto reconocible, que todos de alguna manera entendemos, es cierto, aunque la ciencia lo vaya volviendo obsoleto. En fin, siempre he sido hipnopómpica, aunque al principio no lo sabía. Sin embargo, quizás no siempre fui exactamente Helia. Ese es mi nombre desde hace ya unos cuantos años, pero no nací con él. Bueno, no sé realmente con qué nombre nací o si ni siquiera tenía nombre al nacer. Quería decir que Helia no es el nombre bajo el que viví una gran parte de la vida. A Helia la tuve que extraer desde donde estaba oculta, un lugar o tiempo que no puedo definir exactamente, una dimensión en la que Helia se hallaba como desconfigurada, informe y confundida con otros materiales; he tenido que pelear con esa dimensión, como enseñaba Miguel Ángel que debía hacer el escultor con los bloques de mármol. O sea que no he sido siempre Helia, aunque Helia haya existido siempre. De hecho la he reconocido asomada a una ventana de un edificio de la avenida Felipe II de Barcelona. Tecleo exactamente:  “Felipe II” + Barcelona.  Google Street es una alfombra mágica: vuelo por la avenida a ras de suelo, luego más alto, luego bajo otra vez a media altura y corro hacia la plaza Virrei Amat, hacia la infancia. Veo esa infancia tras una ventana por la que han transcurrido décadas. Si atravieso la ventana -materia que atraviesa la materia- veré a la Helia que entonces no lo era todavía manifiestamente porque no podía, pero que ya estaba allí, con vocación de ser, dentro de mí. Sin embargo, no me atrevo a tanto y me quedo mirando desde afuera fijamente la ventana de mi cuarto infantil. Una ventana que pertenece a un territorio propio, aunque ahora se abra a una calle que ya no reconozco en su actual aspecto. Una calle a la que para llegar debo arriesgarme a traspasar transiciones en blanco, viñetas huecas: veo su transformación desde las imágenes antiguas que recuerdo hasta las actuales, o casi actuales, (en todo caso me sirve), en Google Street, pero no veo su transcurso, debo saltar sobre un vacío, paradójicamente no puedo recorrer un tránsito que ocurrió. Pero el transcurso es, sin embargo, lo importante. Es el viaje, la mutación. Aunque lo que busco ahora no está en Google Street. Google Street no transita hacia atrás. Google Street me trae a un espacio que hubiera podido ser posible para mí en el tiempo actual, y que si embargo es un espacio que no ha sido. Es una extraña melancolía. La nostalgia de lo que fue posible. Pero no deseo esa otra posibilidad. El viaje que debo realizar es una interrogación y sus respuestas, como todo viaje lo es. De niña deseaba fervientemente que fuera cierta la posibilidad de saltar de mundo en mundo, de época en época, a través de las fotografías (vivir dentro de cientos de películas posibles). Mi deseo inocente,  -al parecer un plagio inconsciente del viejo H.G. Welles-, debía estar químicamente motivado por mi naturaleza hipnopómpica, aunque entonces no me lo podía ni imaginar. Una inclinación natural la juzgo hoy sin embargo, una ventaja (un riesgo, también: es la contrapartida – siempre la hay, es lógico). Mi naturaleza hipnopómpica me ha permitido al cabo de décadas encontrar a Helia, que estaba en su mundo dentro de mí y también dentro de quienes me han amado o me han detestado (nunca dentro de quienes me han olvidado): las emociones atraviesan personas. La he encontrado como en una película -no sé si hipnopómpica o no- de los hechos, los que fueron y los que hubieran podido ser, pues lo que no ha ocurrido tuvo tanta importancia para nosotros (o más) que aquello que vivimos. La nostalgia de lo que no ha sido es la más cruel y peligrosa de las nostalgias. No hay magdalena capaz de volver presente lo no ocurrido. Por eso no soy adicta a las magdalenas  -ni al dulce en general- y sí a Google Street, que por lo menos permite viajar hacia afuera y es ácido. Aunque tampoco Google Street solucione mi problema. Y por eso es por lo que escribo, mientras aguardo a Patrick. Esta vez le espero yo. Escribo para volver al lugar donde encontré a Albertina la primera vez. Alguno (usted, lector) dirá: claro, a la infancia. Bueno. Bien.

La Barraca

16:20 pm

Patrick decía que había venido a España para saber por qué había venido a España, durante la guerra civil del 36, su abuelo, un poeta de quien tanto le hablaba su abuela, y cuyos versos había leído muchas veces.  Para saber también por qué había venido su abuela, la periodista llamada Rose Mary Taylor. Porque, decía Patrick, sabría todo eso de alguna manera si averiguaba cómo era el país al que habían decidido venir, para jugarse el tipo, de forma bastante intempestiva. Yo estaba encantada con toda esta historia que él me contaba, pero le contestaba que realmente a mí me parecía que él había venido a España por el Mundial de Fútbol. No podía dejar que notara demasiado mi fascinación por las cosas que él me contaba. Y en todo caso, digo yo que vendría un poco por las dos cosas, por saber y por el fútbol. Siempre dije que si me lié con Patrick fue por lo que me contaba sobre su abuela periodista y su amante poeta, encontrándose en mitad de la guerra civil española. Protagonizaban la clase de historias dramáticas y totales que alimentaban mi juventud por aquel entonces. ¿Y cómo no me iba a colgar de un tipo inglés, guapo y pelirrojo, que hablaba español casi mejor que yo, que era actor, y que tenía una abuela reportera, que había estado en Zaragoza en los epílogos de la República, en la guerra civil y que se había enrollado con un poeta bajo las bombas de Franco? En la España de la Transición (“transición”, RAE 1.f.: acción y efecto de pasar de un modo de ser o estar a otro distinto) no enamorarme de inmediato de Patrick hubiera sido sencillamente impensable, impracticable, imperdonable. De idiota.  Además yo añadía a toda esta ensalada, una empatía de colegas (yo estaba estudiando en la Escuela de Teatro, y Patrick era actor). Y también me gustó una enormidad su manera de moverse. El movimiento es un misterio. Patrick se movía como un secreto a punto de ser descubierto. Nos conocimos en Bilbao. Yo tenía familia en la ciudad e iba de vez en cuando. La selección inglesa venció allí a Francia y a Checoslovaquia: tengo que recordar (porque nuestra memoria colectiva actual es muy leve y delgada) que el Muro de Berlín aún estaba en pie en 1982, que todavía no había ocurrido la cruelísima e impensable guerra de los Balcanes ni sabíamos los mortales quién era Gorbachov. Faltaban unos meses para que ganara las elecciones en España el PSOE por primera vez. A Patrick, el 28 de octubre por la noche, cuando ganó el PSOE y Alfonso Guerra lo anunció primus inter pares por televisión, en un alarde de moderna exactitud estadística, le dije en un bar de Zaragoza -a Patrick-  que no me gustaba que el PSOE hubiera ganado por aplastante mayoría absoluta. En este país no somos nada ponderados, le expliqué. Luego le besé mucho esa noche, porque entonces estaba muy enamorada de él y muy contenta de vivir en un país que se hacía moderno y contemporáneo a toda carrera, mientras yo me echaba un novio inglés. También le besaba tanto porque Patrick me siguió hasta Zaragoza, para mi asombro y fortalecimiento de mi vanidad -qué tonta, yo no sabía nada de nada- y le besaba mucho además porque tenía miedo de que se volviera a Inglaterra, si se daba cuenta de todas las sombras, si olía las miasmas que llegaban desde atrás, desde la historia. La historia abrumadora estaba muy cerca, ni siquiera a una decena de años de distancia de nosotros, se la oía respirar sobre nuestras nucas. Hablábamos nosotros de historia y de pasado en aquel tiempo, pero no lo eran todavía. Todo el siglo veinte se materializaba ante nosotros a cada paso por las calles, exigía digestión acelerada. Nos lo habíamos perdido el siglo 20. Nos habían robado todas las referencias que por generación nos correspondían. Al siglo 20 nos  lo encontramos una mañana de golpe los hijos desclasados de millones de hombres y mujeres que habían vivido reprogramados (sindicato, municipio y familia: todo en vertical, todo mentira, todo silencio).

Me explico. Por ejemplo, yo trabajaba en una tesis sobre la Generación del 27 y el Romanticismo europeo. Yo, trabajaba yo en mi tesis. Pero esa Generación del 27 era presente, era ahora mismo. Casi nada teníamos más propio que aquella Generación emblemática para nosotros, que nos cobijaba en aquel año de 1982 en los pasillos de Filosofía, la vetusta facultad universitaria (muchos desclasados pululando por esos pasillos: los universitarios hijos de los menestrales y los obreros, el orgullo de un país decían, la Gran Filfada, pienso –(ir, o volver, al respecto hasta la parte sobre el Efecto-goma , allí intento constatar algo de esto). Digo que nos parecía más cercano a nosotros aquel pasado que una gran parte del presente, aunque algunas cosas contemporáneas y cercanas entonces sí que había, claro: Nacha Pop y otras cosas así. Pero no una referencia que nos sirviera si sólo mirábamos un poco por detrás de nosotros, algo en lo que apoyarse de manera inmediata, no encontrábamos casi nada. Un gran salto en el tiempo. Un gran agujero. No era justo, Albertina. No era mi vida. Chica de ayer. Era la tuya, Albertina. Tu vida más que la mía. Nacha Pop y Lorca, Siniestro Total y Alberti, Alaska y los Pegamoides y Dolores Ibarruri: dos orillas sobrevolando un abismo de más de medio siglo, una interferencia de larguísima sombra. Yo pensaba que si Patrick descubría esa sombra se marcharía: la sombra en este país siempre fue maldita; la sombra mató a aquel poeta inglés a quien amó Mary Taylor bajo las bombas de Franco.

 

– Eras una enamoradiza, Rose Mary Taylor.

– Bueno, un poco sí lo era, lo reconozco, Albertina. A estas alturas, qué voy a decir.

– A buenas horas, Rose Taylor. Podías haberlo pensado antes. Haberme ahorrado la vida que tuve que vivir en parte por tu culpa.

– ¡Pero es lo contrario, Albertina! Pudiste escapar en cierta forma, gracias a mí. ¡No te hagas ahora la víctima, sólo para darte importancia con Helia!

-Callaos las dos. Dejadme en paz. Aún no es vuestra hora. ¡Callad!

 

Luz. Alegría. No sombra. No más sombra, decía Ferreras, Manuel Ferreras, que hablaba en la radio a gran velocidad, supongo que para escapar de la sombra. Suena quizás demasiado alto La chica de ayer, demasiado volumen para St. James Tavern a estas horas tempranas de la tarde, un mes de Julio, 2012, veintidós. No me he puesto los auriculares. Si conecto  los cascos del portátil perderé toda referencia temporal y espacial real, St James Tavern, 2012. A veces la hipnopompia me juega malas pasadas. Y no puedo arriesgarme a que Patrick no me encuentre cuando venga a buscarme. Tengo que cuidar de él hasta el final, si es que la muerte lo es.. Mi dolor anticipado por la muerte próxima de Patrick no es mucho mayor ahora que mi dolor anticipado de 1982 por su presentida ausencia a causa de las sombras. Bien, decía (yo, ahora, 2012, pensando en 1982): Ferreras, velocidad de la palabra, acelerar el presente. La Barraca. Radio 3.

Ferreras en estéreo. Empeñado en la fusión. En el entusiasmo. Radio-teatros imposibles, más orsonwellianos que Welles: hibridación. Me gustaba la mezcla. Siempre me ha gustado la tendencia al infinito de la mezcla. No cerrar. No ocluir. Mezclar y prolongar. La Barraca se expandía en el despacho-sala de mi casa sobre los buffles-pilares, articulada por mi imaginación. Escribiendo a máquina (cinta empapada de tinta y typex) mi tesis sobre la Generación del 27 y el Romanticismo europeo. Nuestra actitud, la ilusión de la gente, en aquellos años en general era la del espíritu de La Barraca (la compañía teatral lorquiana de los años treinta del siglo veinte y también el programa de Radio3): difundir, generar actividad, generar cultura, vida (veníamos de lo seco), moverse, cultura para todos, para todos, generar, extenderse. Permeables. Lo estás haciendo muy bien, muy bien. Semen Up. Amistades peligrosas. Golpes Bajos. Golpes bajos, golpes bajos, a traición. Malos tiempos para la lírica. La lírica tendría que haber sido contagiosa.

La actitud o el clima eran los de La Barraca (la de Lorca): teatro geográficamente permeable, atravesando todas las clases sociales, radio para crecer, para ponernos al día (“era un tributo al ambulante teatrillo de García Lorca en la inhóspita España de los años 30, pero también un concepto amplio de querer estar en todo, y en todas las Españas” , afirmó años más tarde el propio Ferreras-  HYPERLINK “http://personal.telefonica.terra.es/web/alberstone/labahia/ferrerasCD/index.htm” )

 

Cosas que hacían  en La Barraca ( Radio 3):

Por ejemplo, viajar a Almería al cumplirse los cincuenta años del estreno de Bodas de sangre (ay, Federico García, llama a la guardia civil). Recuerdo. Busco. Vuelvo a escuchar la voz de un testigo real de la tragedia real en la que se inspiró Lorca para escribir. La tragedia sólo es bella en la ficción.

(Dennos teatro, por favor. Teatro para digerir. Por eso soy actriz, para poder digerir lo que duele, lo que aburre, lo que traiciona. Albertina, la mayor de las actrices: tú y la otra, la Albertina prototípica, la proustiana, la que fuiste una vez. Por el camino de las muchachas en flor, La Prisionera, Bodas de sangre.)

Oigo ahora, -aunque su voz es de 1984-, en un podcast que incluye fragmentos de La Barraca, a ese  testigo real, ya octogenario, contar que la cosa sucedió a principios de siglo 20 en lo que llamaban la Casa de la Jícara (el Cortijo del Fraile había leído yo y sigo leyendo). Paca la Coja llama él a Francisca Cañadas. La Novia la llamó Lorca. Paca la Coja, La Novia,  tenía dientes como lobos, dice el testigo todavía vivo en 1984. En 1984 también vive ella, Francisca Cañadas, aún (no morirá hasta tres años después); pero al testigo no le da empacho asegurar que ella era muy fea y que se iba a casar por “el capital”. Pero no llegó a casarse. Coja y todo y con dientes de lobo se la llevó su primo Francisco Montes Cañada, a galope tendido sobre su caballo. Les salieron al paso los parientes y mataron a Paco Montes. No mires a los ojos de la gente, siempre miente. La Barraca. Transición. Había que hacer aflorar la parte de la historia que se había quedado enterrada en los cementerios y en los paredones y en los caminos y en las cunetas y también en los ahorros confiscados, en las casas requisadas. No mires a los ojos de la gente. Golpes Bajos. Había que hacer que aflorara desde las tuberías, desde la sombra. No fue posible. Denme teatro para poder digerir. Pero no podíamos. No podíamos escapar de la realidad. No debíamos. La Barraca.

Escribe Ferreras (sobre su programa, que se hizo nuestro): Los primeros títulos de Secciones respondían a epígrafes como “Arcón de héroes, monstruos y otros mitos”, “Rincón de ensueños”, “Rutas de aventureros y caminantes”, “Los rostros de papel”, “El Falsario”, “El veneno de los clásicos”, “El álbum de oro de…” (por ahí aparecían J.M. Costa, A. Casas, Tena… de la mano ¡de Beatriz Pécker! ¡Olé!) y otros de similar ingenuidad, que daban paso lo mismo al Grupo de Folk de los Trabajadores Andaluces en el Pozo del Tío Raimundo, que a Pilar Miró ante Gary Cooper, Carlos Saura recreando la boda lorquiana, la Charanga de la Doctora, el Grupo de estudios de la Montaña Asturiana o la recreación de Fu-Manchú. Avanzando el tiempo pudimos escuchar a Jorge Grau entrevistando a Federico Fellini, a Rosa Chacel hablando de Julio Verne, a los Oskorri, a Benito Lertxundi, a José Luis Alonso o Luis Escobar, a Ignacio Sotelo… ¡Era una juerga de ingenio!.

Tecleaba yo para mi tesis que en este país los verdaderos románticos (en el sentido filosófico del término) lo fueron -a destiempo-  (como siempre en este país, enfatizaba en mi escritura) los poetas de la Generación del 27 y seguían muchos argumentos, especialmente referidos a Cernuda y otra vez a Lorca (no romántico inglés, él no): la Elegía a F.G.L.,  diseccionada comparativamente con el Adonais de Shelley, y Ferreras (medio hombre, medio radio, Frankestein en ondas) y la FUE (Federación Universitaria de Estudiantes), y pensar en la crisis económica por el petróleo, y Cesepe y Moriarti y Raúl del Pozo y Ouka Lelé y Pedro Atienza y Fernando Poblet y Almodóvar y Siniestro Total. Ya había muerto el no-abuelo Basilio. No abuelo: me daba pena no poder sentir ya pena por él. Habíamos vuelto de Londres Patrick y yo. También se me había muerto ya Albertina. Pasaba las mañanas escribiendo la tesis y las tardes ensayando alguna obra de teatro. Muchas mañanas Patrick me acariciaba los pies y me repetía que La Movida había estado muy bien pero que nosotros viviríamos mejor en Londres, que Londres era el corazón del teatro en el mundo. No quise. No podía. Luego publiqué la tesis y llamé al libro La Barraca. Qué inocente. La Trampa, tendría que haberse titulado. Ahora Picadilly, Julio 2012. En Londres, finalmente. Has tenido que ir a morirte para que te haga caso. Qué bruta. No te tardes, Patrick. No te tardes, carcelera, -podría decirme él con su ironía inglesa-, que me muero.

La confabulación de los Rover

 

11:20 h.

 

Dejé de ser niña a la edad de seis años. Esa es una  realidad consolidada y corroborada por todo cuanto ha sucedido después en mi vida. Otra realidad es este bucle de error cíclico que reproduce sin interrupción la cualidad expectante del tiempo de mis seis años. Una cualidad de carácter muy superior a cualquiera que haya adquirido con posterioridad. Esa espiral paralela es por tanto para mí algo irrenunciable: como la energía de un generador auxiliar. Cuando tenía seis años, y a la vista de que mis rasgos hipnopómpicos comenzaban a revelarse en mí y de que yo mostraba cada vez más consciencia de ellos, se produjo a mi alrededor una obstinada confabulación para lograr amputarlos. Mi madre los consideraba un tremendo peligro. La hipnopompia no constituye una herencia genética inevitable ni directa; como, en mi caso, puede ser retrospectiva. De hecho, mi madre siempre ha estado muy ajena a la hipnopompia, ella se ha movido en una única dimensión, definida por algo así como un alto sentido del deber. El sentido del deber nunca interroga por las razones más allá de lo mínimo necesario para interpretar el entorno bajo una apariencia armónica y suficiente para la vida. También, por supuesto, era hipnopómpica Rose Mary Taylor Poppins. Sin embargo, a mi madre nunca le ha gustado el cine.

Cuando yo tenía seis años la nave tripulada Geminis 5 circunvaló la tierra 120 veces y la Geminis 7, 206. Las cápsulas Geminis  tenían un espacio habitable de igual volumen que el que ocupaban los asientos delanteros en un Wolkswagen Escarabajo. Lo contaban en los Telediarios. Cuando yo tenía seis años  los Telediarios empezaban con una imagen planetaria de la Tierra, y yo empecé a preguntar todas las tardes, después de la siesta, si cuando yo fuera mayor podría ser a la vez cantante pop y astronauta. Aunque ahora ya estoy algo cansada, siempre me gustó ser varias (personas) y hacer varias cosas (todas muy bien). Lo del pop lo decía por los Beatles. Yo tenía seis años cuando vinieron a Madrid y Barcelona (que no eran entonces exactamente España). Por cierto: hoy es 3 de julio (el mismo día de mes en que los Beatles tocaron en Barcelona). Por eso hoy es 3 de julio y estoy en Londres y dentro de unas horas Rafa Nadal perderá la final del torneo de Wimblendon ante Djokovic, pues estamos en 2011, aunque también en 2012 y es 22 de julio o el aún futuro 22 de septiembre, el día en que habrá muerto Patrick – un día es el día y todos los días que han cobrado significado relevante (el tiempo entre ellos apenas cuenta, no transcurre el tiempo interior) y continúo en Londres, y luego seguiré  esperando (un poco más) hasta que llegue Patrick. Aunque esperar no es el verbo adecuado: ya se sabe que vivir es aquello que se hace en tanto que uno espera hacer lo que desea. Ya no deseo a Patrick. Pero eso no tiene nada que ver con el amor. Fue por amor, no tengo duda, que mi madre intentó cercenar mis veleidades hipnopómpicas. Las intuyó apoderándose de mí cuando yo tenía seis años, como digo. Pop y astronauta eran dimensiones no visibles en la vida plana de España. Cuando yo tenía seis años, mi madre me dijo que los Beatles y los astronautas eran sólo cosa de la televisión, algo irreal según ella. Nunca me preguntó qué quería ser de mayor. Yo creo que no podía imaginarme como una persona. Dejó que los globos Rover llegarán hasta mi habitación y que ocuparan mi camino hasta el colegio. Los globos Rover, vigilantes amenazadores que no dudarían en darme una lección si me desviaba hipnopómpicamente en algún momento del camino estricto y correcto. Los globos Rover no son una invención de los guionistas de la serie El Prisionero. Los globos Rover estaban ya, cuando yo tenía seis años, en los Telediarios de TVE. Y en el colegio. Y en la familia. Eran blanquísimos, como los sepulcros. Y muchos años después Albertina me confesó que ella llevaba viéndolos toda la vida. Por eso, me dijo la noche que murió el abuelo Basilio, me gusta cantar contigo quiero seeerrr un bote de cooolónnnn

 

La ley del desierto

13:10 h.

 

Albertina se suicidó el mismo día en que murió Julio Cortázar. Y el mismo día en el que miles de personas murieron.  ¿Cuántos muertos, pues, al día, cada día? Febrero es el mes de la muerte por agua. No lo es en las calles azotadas y vapuleadas por el viento de Zaragoza, en las calles temerosas: en Zaragoza, febrero es el mes del Cierzo. Mucha gente se suicida por culpa del viento que no cesa. Ya sé, Albertina, que no te gusta que hable de ello. No hay más remedio ahora, sin embargo. Siempre llega un momento inevitable para hablar de lo que nunca se habla. Debemos hablar de la ley del desierto. No viene el viento desde el desierto, al este de la ciudad. Por el contrario fue el viento frío del norte quien labró el desierto que nos rodea. Después de que te quitaras la vida, el teatro fue mi salvación. Suicidarse al cabo de tantos años de empeñarse en vivir, Albertina, no parece demasiado coherente. Pensé que estarías enferma y habías preferido, por una vez en tu vida, tomarle la delantera a lo que ha de ser. Pero el forense lo negó. Después de tu suicidio, adopté la ironía como forma de vida.  Decidí fingir con convicción, que viene a ser lo mismo. El teatro fue mi salvación.  Y cuidar de Patrick, mientras él quiso ser cuidado, mientras se quedó a mi lado. Le cuidaba procurando que pareciera que no lo hacía. Los seres melancólicos tienden a escapar y a menudo aparentan un orden y una fortaleza excesivos. Lo hacen para no andar cambiando de naturaleza todo el tiempo.  Por el contrario, a los hipnopómpicos cambiar de naturaleza nos sienta bien; alivia la presión y el estrés de cada día. Siempre supe que Patrick regresaría a la bruma de Inglaterra y que yo no iría con él.  Supe -inteligencia emocional-, desde el principio, que me abandonaría.  Pero eso no tiene nada que ver con que yo ahora  haya acudido sin pensar  a su llamada.  He venido porque ante la muerte todo otro dolor cede. Hay una profunda corriente entre los dos que nunca desaparecerá.  Ni siquiera con la muerte se diluye.  Cuidar a Patrick, siempre tentado por la melancolía inglesa, era la única forma en que podía amarle sin abrirles la puerta a las sombras. El teatro fue mi salvación, y el pequeño Macintosh 128K, al que llamábamos cabezón, -se le ocurrió a Patrick-,  y al que tratábamos como a un habitante más de la casa.

 – Patrick no vendrá, Helia.

Ya  me decías entonces, Albertina, que los ojos de Patrick sufrirían mucho con la luz implacable de España, con el resplandeciente desierto. Los desiertos obligan a las sombras a concentrarse en puntos muy concretos del mapa y del tiempo. Las sombras concentradas producen, cuando estallan, guerras interminables de guerrilla. En este país -España, digo-  es imposible ordenar los paisajes, por eso los habitantes de este país -digo España-  no somos melancólicos. Somos coléricos. No hay ley en el desierto, pero el desierto invade la ciudad e impone su no ley, las tormentas de arena llegan cíclicamente y el desierto ocupa hasta el más escondido rincón de los armarios, de las trastiendas y de los corazones. Es más fácil gobernar un pueblo bajo la bruma y la melancolía. No somos gente de gobiernos razonables la gente colérica a la que rodean los desiertos. Y mientras me intentaba inculcar estas cosas, Albertina se suicidaba. Por culpa mía. Por culpa de la bruma de Portmeirion. Por culpa de Rose Mary Taylor, la Poppins. ¿Qué hora es? Londres es un lugar sin horas. Un no lugar. Un no tiempo.  Agujero de gusano. He citado a todas las dimensiones de mi pensamiento en Picadilly. Van viniendo. Es alrededor del mediodía. Ellas, Albertina y Rose Mary, vendrán a la hora del té; Patrick a la hora de las cervezas. La vida en los bares es a menudo la salvación. Estoy en St. James Tavern y no actúo, no soy actriz ahora porque no oculto nada: escribo.

Otras veces, muchas veces, he estado en otros bares. Creíamos en 1984 que hasta los bares no alcanzaba la ley del desierto,  sólo la ley del mar. Pon la radio, por favor, le decía siempre a un camarero que, cuando yo era niña, trabajaba en un bar de la Plaza Real de Barcelona: alguna vez íbamos a tomar calamares y cerveza. Íbamos todos, antes de que ella se desvaneciera.  Ella ha sido mi madre. A Albertina no le gusta que hable así de mi madre. A Albertina no le gusta que hable así de nada.  Me dice que, aunque tenga razón, no debo ser cruel. Pero yo no hablo. Sólo actúo. Ahora no, ahora cuento. Y lo que cuento, quién sabe si ocurrió, dónde, cómo. Todo, lo ocurrido, lo pensado, lo imaginado está ya solamente disponible en mi pensamiento. ¿Quién distingue? Todo está ya bajo la ley del desierto. Los bares, decía, el mar.

 

Parecía una  epidemia. El suicidio, digo.  Los suicidios parecían una plaga. Una maldición. Y el sida. La ley del desierto. Pero decíamos que en el desierto no hay ley… Albertina, falta mucho aún para la hora del té, no debes llegar todavía, déjame sola, déjame ahora hipnopómpicamente sola, déjame a mí, sola un rato. Te aguantas si no te gusta lo que escribo. El día que compramos el Mac 128 K, se suicidó M.H. Lo compramos a plazos. Era un lujo para nosotros ese Mac, pero no sabíamos Patrick y yo que fuera a ser tan importante en nuestras vidas. Hicimos muchas cosas con  el cabezón: escribimos mucho, diseñamos unas cuantas escenografías que nunca salieron de su pantalla, empezamos nuestras tesis que nunca  terminamos. Intuimos con perspicacia de actores que lo importante de comprar aquel Mac 128 K era que él tenía mucho más futuro que nosotros; quizás podría arrastrarnos. Era una esperanza. En cambio, a M.H. lo encontraron un viernes por la mañana junto a la barra del Modo.  El Modo era un bar forrado por entero de blanco y plata, precedido de un largo túnel. Si lo piensas, el Modo terminó siendo un largo pasillo hacia la muerte. A mi me hacía pensar en Kubrick y Lorca, La Casa de Bernarda Hal, exclamaba yo cuando quería llamar la atención. Hacíamos muchos ejercicios de improvisación en la Escuela de Teatro, pero no estábamos preparados para el suicidio de M.H., y él no estaba preparado para el sida; aunque desde siempre era como si ya supiésemos que todo sucedía por encima de nuestras cabezas. Para el suicidio de Albertina nunca he estado preparada. Ni siquiera ahora, casi treinta años después de que ocurriera.

–       Ya pasó, hace mucho, Helia; hasta yo misma lo he olvidado.

Cualquier cosa sucede en todo tiempo, Albertina. Y algunas cosas es como si no hubieran llegado a ocurrir, especialmente si otro hecho tuvo tanta importancia para nosotros que no dejó ya espacio para casi nada más. Pero las cosas y sus acontecimientos se quedan suspendidos, detenidos, en alguna recámara del tiempo y a veces de repente surgen proyectados. Del año en el que tú te suicidaste recuerdo melodías y canciones y bares y el desierto. Me daba miedo ir hacia el mar porque para llegar al mar desde Zaragoza siempre hay que cruzar antes  un desierto. Cuando pienso en ti, suicidándote, Albertina, suicidándote a los ochenta años, pienso siempre en el desierto. Tengo un sueño hipnopómpico, cuando pienso en ti suicidándote: estás en Portmeirion, en casa de Número 6, y tomas  tus pastillas (¿quién te dio las pastillas, Albertina?) con el té, y dices con voz profunda que nunca fuiste un número, que siempre tienes miedo y que ya no puedes responder a nada; pasas la mano por el reverso del tablero de mármol de la mesa y lees tu nombre, y al volver tu cabeza para mirarme es mi rostro el que veo; no mi rostro de ahora, sino el que se habrá ido quedando en los espejos de los bares de Zaragoza durante 1984, rotos-detenidos contigo.

 

Escucha, escucha: Cuatro Rosas, Escuela de Calor, Deseo carnal, Tonight, Lobo-hombre, On love… Bailábamos Patrick y yo, porque yo no podía dormir y las noches eran inacabables y dolían. La música había cambiado tanto en unos años. La música flotaba sin más. Todos flotábamos bajo la tierra de repente. Todos flotábamos, autopropulsados, como los astronautas en el Espacio: recuerdo esa imagen en televisión, pero no recuerdo las del hambre horrible en Etiopía ni las de la muerte en Bhopal. Tampoco recuerdo las Olimpiadas de Los Ángeles, y si recuerdo a los astronautas flotando en el Espacio quizás sea porque ellos regresaron a tierra firme justo el día anterior a que Albertina se suicidara.

 

Ha sido un acto de amor, recuerdo que me dijo Patrick, a los pocos días, aunque yo no lo entendí. Rose Mary me escribió. Patrick le había telefoneado para contarle lo tuyo, Albertina. Decía sentirlo mucho, y también entenderte; insistía en que ahora que era como si yo ya no tuviera más familia que a Patrick y a ella misma (eso lo decía aunque mi padre y mi madre vivían en alguna parte), y que ella me acogía como su nieta. Cuenta siempre pues conmigo, un beso, firmado, Rose Mary. Pero no lo hice. Y eso que Rose Mary me entendía bien.

 

 –       Era difícil, lo sé, querida Helia.

Por favor, Rose Mary, tú tampoco puedes venir aún. Falta mucho para la hora del té. ¿No habrás visto a Patrick?

La nieve

La ciudad fue llenándose de un silencio maravilloso y abrumador. Siempre crea silencio y sosiego la caída de la nieve, pero el de la jornada de Navidad del año 1962 será perpetuamente recordado como el de una ciudad paralizada, yerta e inmóvil, de cuyas calles fue retirándose todo signo de vida, a medida que la tarde iba cayendo. Sólo se oía de vez en cuando la sirena de algún coche de bomberos que se lanzaba a la arriesgada aventura de transitar para acudir, con el celo de siempre, a alguna llamada urgente.

 Mientras tanto la caída de la nieve ha borrado el desnivel entre bordillos y calzadas, desdibujando el trazado de las calles, bloqueando puertas y accesos, posándose sobre los aleros y las marquesinas. Su precipitación dificultaba intensamente la visibilidad y creaba un misterioso reflejo en el aire con una luz azulada e indefinible que convertía en irreales todos los perfiles y poblaba la calle de peligros y amenazas (La Vanguardia, 27 de diciembre de 1962, http://hemeroteca.lavanguardia.com/preview/1962/06/17/pagina-3/32724968/pdf.html).

 

 

Siempre que nieva es 1962 y nieva dentro de un balde de cinc. Nunca he visto nevar sobre el mar. Ya no sé qué día es hoy: el mismo que hace unas horas cuando llegué a Picadilly o cualquier otro día pasado o futuro de mi vida. Es el día que sea cuando escriba lo que tenga que escribir en ese momento, porque, mi querida Albertina, todo se reduce a la misma y única melodía vibrando en un único tiempo detenido: la nieve sobre el balde de cinc. Un único tiempo que es no tiempo, en el balde de cinc: el círculo del baño infantil, el círculo de la nieve que las máquinas han amontonado permitiendo caminos de ida y vuelta: 27 de diciembre de 1962, ¡sujétate bien, Helia!, grita mi madre antes de desaparecer, hoy, ahora todavía; ahora sé que yo soy Helia, entonces aún no me llamaba así. Albertina, toda la vida la he echado de menos. A mi madre. Pero, querida niña (dice Albertina con suavidad, -la hipnopompia es lo que tiene, siempre puedes encontrar a alguien a tu lado para conversar-) ella no se fue. No, contesto a mi vez: quizá se volvió blanca del todo como la nieve. Cuando la nieve se derritió, todo había cambiado, Albertina, y ella sólo pensaba en desvanecerse.  Luego me hice actriz. Elegí el teatro para no huir nunca, para no abandonar a nadie.  La nieve es engañosa, Helia. Ya lo sé, Albertina, en realidad la nieve no existe. También he echado mucho de menos siempre el mar. Lo siento mucho, niña.

 Bueno, me conformo.

La Poppins

15:00 h.

 

Albertina y Basilio vinieron a pasar con nosotros las Navidades. Mi hermana, que no es hipnopómpica, tenía un año recién cumplido y yo ya había conseguido reubicarme en el seno de la familia, tras los extraños meses que siguieron a su nacimiento. Fue en esos meses cuando yo comencé a manifestar los primeros síntomas de la hipnopompia,  propiciados sin duda por el repentino y lógico desplazamiento que sufrí dentro de mi entorno más próximo, que éramos madre, padre y yo misma (pues yo misma comprendía que mi amor por la pequeña niña crecía día a día y me llevaba a realizar actos y a albergar emociones y pensamientos en contradicción evidente con mis intereses; los niños pensamos muy deprisa porque lo pensamos todo de golpe, planteamiento y conclusiones).  Albertina vio rápidamente que mis temores nocturnos eran una de las consecuencias de la progresión de la hipnopompia: esos temores persistirían muchos años, hasta que conseguí -ya adulta- encarar la naturaleza híbrida, metafórica y multidimensional de mis percepciones en tanto que persona hipnopómpica. Téngase en cuenta que no hay literatura psiquiátrica, ni siquiera esotérica (hubiera sido al menos un placebo) que explique muchas de las situaciones y los fenómenos que le acaecen al ser hipnopómpico. La ignorancia personal sobre lo que a una le ocurre sólo puede así ser solventada a partir de las propias experiencias vividas, gota a gota, una costosa, dolorosa y a menudo (créame, estimado lector) arriesgada maduración.  La hipnopompia, por contra de lo que suele creerse, no es únicamente un estado pasajero de la consciencia que regresa del sueño; es en realidad una cualidad de la evolución cerebral. La llamada locura u otros extravíos mentales diversos (como la esquizofrenia) suelen ser algunas de las formas en las que, a mi modo de ver, desemboca una hipnopompia no reconocida o mal gestionada. Los seres hipnopómpicos somos diferentes. Esto es así. Albertina era hipnopómpica, como yo. Lo cual parece indicar -además de por otros casos conocidos- que la hipnopompia puede ser contagiosa además de hereditaria, y parece igualmente que, en ambos casos, sólo por vía femenina, aunque afecta a mujeres y hombres. Por ello, en el caso de un varón, la hipnopompia no progresa en sus características mucho más allá de cómo haya sido recibida, pues el varón hipnopómpico es un eslabón final, una especie de vía muerta. Sin embargo, las mujeres hipnopómpicas asumen además la responsabilidad de evolucionar dentro de la singularidad hipnopómpica y de transmitirla. Por fortuna para mí,  Albertina ha sido mi instructora y mi salvavidas. No es que la chiquilla no tenga imaginación, le dijo a mi profesora justo antes de las vacaciones de Navidad, cuando aquella me reprochó su falta al escribir el cuento inevitable de todos los años; lo que le pasa es que tiene mucha y le da miedo usarla, porque usar la imaginación en un cuento de Navidad puede traer muy malas consecuencias. Bueno, refunfuñó la señorita Pilar (sesenta años más o menos): explíquelo como usted quiera, pero que la niña lea cuentos no le vendrá mal. Pues no, concluyó Albertina tirando de mí hacia el pasillo -mi madre, espectadora medio petrificada-, no le vendrá mal; si eso es todo lo que se le ocurre a usted…, felices fiestas, señorita. Subrayo el apelativo, porque Albertina (que sabe, cuando quiere, tener muy mala entraña) le soltó la despedida con el retintín que en aquella época volvía equivalentes señorita y solterona.

Desde aquel despacho, sin dejar de arrastrarme con determinación casi telúrica, olvidándose por completo de mi madre, que no se apuró un ápice para alcanzarnos, llegamos en un boleo a las puertas del Cine Victoria, en el paseo Fabra i Puig, donde pasaban de estreno Mary Poppins, que arrasaba (y por eso, porque arrasaba, supongo que la ponían en un cine habitualmente de reestreno: todo un universo la cultura del cine de reestreno, ligada, claro está, a una época en la que el tiempo era duración). Albertina permaneció inmóvil y muda durante toda la proyección, y cuando terminó, me empujó fuera del cine con la misma fiereza con la que me había llevado adentro, impasible a mi petición infantilmente insistente de que nos quedáramos a ver la otra película de la sesión doble continua  (en realidad, Mary Poppins se pasaba en segundo lugar porque era la cinta más importante, y americana; la primera que había ya terminado cuando nosotras llegamos era una de Marisol, y ahora volvía cíclicamente a comenzar -recuerdo bien que en algunas de estas sesiones dobles yo repetía pase: disfrutaba mucho más con la segunda visión de la película, porque podía detenerme en detalles;  los detalles son un asunto que importa mucho a los niños-).

 

  – ¡La Poppins ésta, gruñó Albertina, es de poco fiar, la conozco bien!. ¡¿No te lo crees, eh?! ¡¿No te lo crees?! Pues créetelo.

No entendía yo mucho todavía a Albertina; no sabía qué pensar,  aún menos qué decirle aquella tarde del 21 de diciembre de 1965, mientras ella insistía:

 – A la Poppins ésta me la he encontrado ya en otras ocasiones, en algunas incluso la he tratado de cerca. Mírala ahora, se pasea por Londres, enfundada en ese traje bobo de niñera; pero no hay que dejarse engañar: es inteligente y puede ser cruel. Es la Encantadora. Vaya que si hemos hablado ella y yo… te diré, algunas veces, de tú a tú estuvimos hablando…, como nosotras ahora, más que eso, te diré…

¿Cuándo ha sido eso?, pregunté (tenía que preguntar algo, pensaba que Albertina lo esperaba, aunque seguramente no era así, ella solamente, quizás, hablaba): hace mucho, dijo con cierta brusquedad. Frenó Albertina su paso y su ímpetu entonces, y durante un rato caminamos tranquilas, aquella tarde templada de diciembre, por Fabra i Puig (entonces Fabra y Puig), la gran avenida de mi infancia, en silencio absoluto. En la plaza Virrei Amat (entonces Virrey Amat) había un gran arenero y un tobogán. Puedes tirarte un rato por el tobogán, me dijo Albertina, y también dijo, mientras yo me lanzaba repetidas veces: Mary Poppins Taylor vino a mi casa en Zaragoza a principios de la guerra civil, el día de la muerte de León Ponce, y a Mary Gilberta Swann Poppins la conocí en París el día de la muerte de Marcel Proust. Antes de lanzarme por última vez, la interrumpí: ¿quiénes eran? Ya lo sabrás, ahora no importa todavía; fíjate, añadió con cierta tristeza, Mary Gilberta vino con Man Ray, un fotógrafo que le hizo a Proust muerto un retrato muy famoso; yo creo que también era un espía.

– No sé, Albertina, no sé de qué me hablas, grité dejándome ir tobogán abajo (atravesando mi propia vida hasta llegar a hoy).

 –  ¡La Poppins está por todas partes!, se enfada Albertina, aunque ya no nos escribamos, nunca me dejará en paz. ¡A casa, niña, se pone frío!

Visité el 8 de septiembre de 2011  el Museo Reina Sofía de Madrid y vi allí unas fotografías de Man Ray. Esas imágenes casi desaparecen debido a la pulsión inasible de la luz y el movimiento, la pulsión inasible de la vida. En cambio, la inmovilidad literaria y absoluta del cadáver de Proust que él retrató parecen indelebles. Busco  ahora esa fotografía en Internet y he vuelto al tobogán. Hoy es 8 de septiembre de 2011 y estoy en Madrid, y es 22 de julio de 2012 y estoy en Londres, y es 16 de agosto de 1936 en Zaragoza, y es 21 de diciembre de 1965 y estoy en Barcelona, y 22 de noviembre de 1922 en París, porque puedo recorrer esta línea de mi universo personal en todas las direcciones y pensar en unas cosas mientras hago otras y asumir otras que me corresponden sólo por herencia o empatía y, de alguna manera que no comprendo bien -acaso sea gracias a la hipnopompia-,  sentir la realidad de todo ello y vivir tantos reestrenos como sea capaz de soportar mi delicado corazón hipnopómpico (es una metáfora, una forma de aludir al umbral de dolor personal): porque ese corazón, unas veces es Helia y late en Londres y espera a Patrick que se va a morir, otras es la que escribe inmaduramente sobre Helia, otras Albertina, la que guarda el silencio y el miedo porque hay que seguir viviendo, otras Rose Mary Taylor instalada en su universo medio lisérgico, y casi siempre todas a la vez en casi todas partes.

 

 

 

La Villa

 

12:25 h.

 

Portmeirion me tenía atrapada en una cruelísima contradicción, subyugadoramente misteriosa para una niña.

– Me hablabas de ese pueblo, -me dice Albertina-, como si se tratara de una ciudad encantada

(A menudo es una voz que llega nítidamente desde el sueño, y que conozco y reconozco, la que me trae a la vigilia; el sonido, la voz,  no necesitan variar su densidad ni su apariencia para hacerse perceptibles, esté dormida o despierta).

 

 – Te hablaba de La Villa, contesto, el escenario imprescindible de la serie El Prisionero. Que La Villa es Portmeirion lo supe años después. Solamente contigo podía hablar de las series de televisión que tanto me gustaban, y de cine. A mi madre no le gustaba el cine y mi hermana nunca me escuchaba.

– No deberías hablar tanto conmigo, querida: estoy muerta hace mucho tiempo.

– Ya, pero mi ser hipnopómpico puede transitar sin ningún problema entre los distintos estados de mi conciencia – tú me lo enseñaste, tú eres en realidad un estado de mi conciencia, Albertina. Hablar contigo no es muy diferente para mí a escribir, leer o ver series de televisión, -ya que hablamos de una-, o películas, o transitar por cualquier otra forma de realidad, como un antiguo palacio o una calle de Zaragoza.

– El Prisionero no era un programa para niños, no debí dejar que lo vieras.

– Qué tontería. Mira, ahora te puedo mostrar en Internet las fotos de Portmeirion, el lugar de rodaje; La Villa era para mí como una casa de muñecas. Me hubiera gustado tener una maqueta idéntica a La Villa para jugar con todos los personajes. Ni siquiera los niños son inocentes.

-¿Dónde estás, Helia? De repente, me he despistado.

 – En Londres, Albertina, ya lo sabes: espero a Patrick.

– Por eso a lo mejor has recordado ahora El Prisionero; como es una serie inglesa, y Portmeirion está en Gales y el protagonista siempre te había gustado mucho…

– Albertina, Gales e Inglaterra no son lo mismo. Ten cuidado aquí con lo que dices. Nos montarán un pollo. Patrick Macgoohan, se llamaba el actor.

– Patrick, ¿ya murió no hace mucho, no?, Patrick Macloquesea, digo…

– Murió. Sabes decir su nombre. No te hagas la tonta. Le has nombrado intencionadamente. Me gustaba, aunque no escapó de La Villa, ya lo sé, Albertina; nadie escapa de sí mismo. Ni los hipnopómpicos. Un aburrimiento. La Villa era una casa de muñecas. Yo ya sabía entonces, siendo niña, que era una representación, La Villa. Nada más real, Albertina, que el teatro. Las casas de muñecas son mausoleos. Nada mejor que el nomadismo. La vida sedentaria, Albertina, nos está matando.

 – Hablas como la Poppins, Helia, y no me parece mal, no crea

 – Pues mi madre siempre decía que Mary Poppins era una soberana tontería.

– Es culpa mía que ella pensara de esa manera y que sea como es. Teníamos que habernos ido  de España cuando la Guerra. Tenía que haber pensado menos en el porvenir y más en la vida.

 – Es posible, no lo sé, pero tampoco la disculpes, Albertina. La vida es difícil; la vuestra, además, estuvo llena de injusticias. Hay que decirlo, no lo hemos dicho bastante. Tú te resignaste; ella prefirió el convencimiento, la ignorancia. Déjame sola, ahora.  Quiero estar sola en Londres, en este bar, en este mínimo punto de exilio y exorcismo. Lejos.

 – Nunca estás sola, Helia, nadie está solo y cada uno acaba siendo su propio controlador, su Número 1. ¿Ves? Yo también me acuerdo de la serie. Número 1, el poder invisible aunque omnipresente. Por tu propio bien hubiera preferido que tus referencias infantiles, las que ya nunca escapan de nuestros personales agujeros negros, estuvieran más próximas a Mary Poppins y a DisneyWorld que a El Prisionero.

 Quizás Albertina tiene razón y pienso en La Villa, en El Prisionero, simplemente por algo así como un resorte simpático: llevo ya un rato escribiendo aquí -Saint James Tavern-,  yendo y viniendo necesariamente por mi historia, que no es únicamente mía. Tengo recuerdos no demasiado nítidos de aquella serie de televisión mítica. Los recuerdos no son muy claros, y sin embargo son muchas las impresiones absolutamente hipnopómpicas que se han colado desde la serie en mi vida y resurgido en muchas ocasiones. Esperar a Patrick y su muerte es otra forma de prisión. Todos somos prisioneros, decía Macgoohan, Patrick (también): y no lo decía

(ver HYPERLINK

http://www.quintadimension.com/televicio/index.php?id=40)

de manera metáforica o por inclinación neoplatónica, lo decía refiriéndose a la más real de las realidades. También escribir estas historias ahora es como estar en La Villa, aunque parezca lo contrario: todo resulta posible, pero no es verdad. Lo único cierto es el estado de conciencia de cada momento, y para mí ni siquiera eso, por la hipnopompia, claro: a menudo me cuesta deslindar sueño y vigilia, diferenciar lo que pienso de lo que hago o digo, separar la escritura de los hechos, digamos, fenomenológicos (me gusta mucho esta palabra); me cuesta, sí, experimentar el presente mondo y lirondo, sin incorporar a ese instante también los momentos pasados que condujeron hasta él, sin adivinar con cierta pasmosa facilidad lo que traerá. Necesito mucha concentración para organizar todo esto, y a veces me cuesta no asustarme.

 

Verá, lector, casi al mismo tiempo que imaginé-soñé los hechos (que son reales y no), de esta novela (que también es otra cosa) recordé, re-ubiqué mis emociones pasadas generadas cuando veía en televisión El Prisionero. Pero he necesitado ir y venir  mucho por Google y las diferentes páginas dedicadas a la serie para delimitar y reconstruir, con cierta solvencia, esas emociones, y sobre todo para revivir las imágenes que vi entonces. He encontrado muchos datos que no conocía; esos datos  han aparecido después de toda mi vida hasta hoy: se han superpuesto a un montón de otros datos procesados durante años. Cuando vi la serie casi no tenía ninguna información acumulada en mi memoria. Así que esta recuperación ha conllevado recorrer toda mi vida de nuevo. Pero no importa: de eso trata este ejercicio de representación (sea lo que sea   la representación: una novela, un holograma transcrito, un monólogo, un sueño: en la serie los sueños de Número 6, que era un hombre libre, estaban monotorizados y podían ser mostrados a los espectadores). Al principio de mi vida yo tampoco sabía muchas cosas de mi historia (de los hechos que me incumben, y  de los que me precedieron, delimitándome en ciertas cosas antes pues de mi existencia) que ahora sé y que he ido descubriendo. No hubiera sido lo mismo si hubiese conocido algunas de esas cosas cuando tenía quince, veinte años. No hubiera tenido la misma vida,  Albertina. ¿Estas ahí, Albertina?

 –  Ahora me has llamado tú. Sí, aquí estoy, Helia. Ya lo entiendo, entiendo tu zozobra, hija, pero a pie de obra uno sólo hace cada día lo que puede.

– Eso no es tuyo, eso lo estás tomando prestado de algún lugar de mi cerebro, eso se lo escuché yo al poeta Joan Margarit, Albertina, en un recital en Zaragoza al que asistió muy poca gente, qué lástima.

-Lo que yo te digo, Helia: la vida a pie de obra; no hay inocencia, nadie es inocente, aunque todos seamos prisioneros. Como en La Villa, o algo así. Y no lo digo, Helia, como propia justificación. Lo que no entiendo es cómo llegaron a emitir una serie como El Prisionero en la televisión única y sacrosanta del franquismo.

-Por ignorancia pura, supongo. O a lo mejor, por todo lo contrario; por agudeza maligna: lo verdaderamente peligroso para el Número 1 de la España de Franco hubiera sido que el Número 6 ( o sea el buen agente secreto desengañado y castigado), hubiera conseguido mutar en Mary Poppins (sin dejar de ser Número 6, Número…, Número…). Pero todos los Números 6 de España acabaron pareciéndose a Número 1, como en la serie, aunque fuera unos segundos. Unos segundos son suficientes para morirse. Incluso para morirse en vida. No soy un número, insistía capítulo tras capítulo el pobre Patrick Macgoohan, Número 6, no soy un número, soy un hombre libre gritaba frente al mar y el gran globo Rover.

– Esta conversación ya no va a ninguna parte, Helia, hija.

– Pues, es verdad.

Luces de la ciudad

09:45 h

 

La cola de gente que parte desde las taquillas del Teatro Circo desciende San Miguel abajo, sobrepasando Blancas. Estrenan Luces de la ciudad. Es 27 de abril, lunes. También será lunes el 27 de abril de 1959, el día de mi nacimiento. Me empeño en no mezclarme demasiado con los acontecimientos que son de otros y a los que asisto mientras duran los procesos hipnopómpicos. Me esfuerzo en no parecer excesivamente un personaje de novela. Pero hay convergencias en el tiempo. Hay puntos de conexión, ondas en los espejos y en algunas corrientes de aire. Helia Álvarez nace el 27 abril de 1959. Aunque entonces no fuera Helia, sí era yo. Albertina lleva un fular con los colores de la bandera republicana mientras espera en la fila del Teatro Circo el 27 de abril de 1931. La bandera lo es oficialmente de España desde ese mismo día, decreto en la Gaceta mediante. Se han confeccionado y vendido en los días anteriores muchos fulares iguales al de Albertina, fulares tricolores. Las combinaciones tricolores siempre fueron revolucionarias. Está en la naturaleza asimétrica del tres. Esto es una tontería que se me ocurre (mezclar la revolución con la naturaleza de lo trino), pero es que la fila del Teatro Circo no avanza y algo he de pensar. También pienso que pasaron menos años entre 1931 y 1959 que entre 1975 y 2012. Y sé bien por qué digo lo de la menor cantidad de tiempo transcurrido. 1931, el año de la Revolución y 1959, cuando yo nazco, se parecen humanamente más entre sí que 1975, el año en que Franco murió en su cama de hospital, y 2012, cuando escribo.  Hay que tener en cuenta que he recorrido, de una forma (hipnopómpicamente) u otra forma (convencionalmente, digamos, día a día) ambos segmentos temporales. Que incluso como ahora, aburrida en la fila que no avanza nada del Teatro Circo, para entrar al estreno de Luces de la Ciudad, aúno en mí los dos transcursos, protagonista que soy y espectadora profundamente implicada, en un mismo perfil que cambia y muta. Según. Albertina sigue también en la fila del Teatro Circo esperando para entrar a ver Luces de la ciudad, con su fular tricolor al cuello, y sigue ahí, mirando intensamente al anarquista León Ponce, su compañero, y lo mira precisamente porque yo sé que estaba allí mirándolo. Ahora mismo la veo. No estoy loca. Puedo ser hipnopómpica, pero no estoy loca (al menos no todavía). La historia son ondas en continuo flujo. Hoy sé que no fue justo para la gente de mi generación tener que retroceder tanto para coger impulso en nuestras vidas. Hablo de nuestros años de la adolescencia en la década de los setenta del siglo XX. Retroceder en mi caso hasta la misma puerta del Teatro Circo el 27 de abril de 1931. Nadie lo haría ya. Hoy ya no. Yo no podría hacerlo ya, Albertina, no podría ser tan generosa. Por eso entiendo ahora (y no antes) tu elección. 1975 y los años siguientes parían corazones como Eras en cada concierto y mucha gente crédula, todavía. Entonces uno, un individuo quiero decir, una persona, nunca terminaba en sí mismo, y comprender hacia fuera era un acto y una actitud fundamentales. Ya no, hoy en día ya no. No cultivo nostalgias. Simplemente han cambiado las cosas y los términos de las cosas que hacen que uno se sienta bien.

Estoy en la fila del Teatro Circo o no, depende de mi pensamiento. Depende de la sensibilidad. En la gran entrada del Teatro Circo, que sin embargo es un cine, el cartel de la película con el busto extraño de Chaplin (hongo y clavel no combinan), su gesto forzado y tenso entre la devoción y la vergüenza, también seguramente de fastidio por tener que soportar las impertinencias de la novata Virgina Cherrill. El cartel no produce ternura (lo pego, pin-neo en Pinterest para que pueda comprobar, lector, esto que digo, pero por si acaso desaparece dentro del puzzle del panel Proyecto Pop-pins de Pinterest, puede también ver ese cartel maligno en esta url:

http://www.cartelespeliculas.com/galeria/albums/032/23p115752032.jpg,

confío en que siga vigente cuando usted decida acceder, pero nunca se sabe, así es Internet).

La verdad es que siempre hemos ejercido la escritura y desarrollado el lenguaje pegando imágenes de una u otra forma. Pienso que decimos de una u otra forma como diciendo de cualquier manera. Y sin embargo, la forma en que hagamos algo es determinante respecto a lo que hagamos. También cuando construimos nuestras referencias y cuando nuestras referencias aparecen aquí y allá en nuestros textos. Y no  porque alguien pueda llamarnos imitadores o plagiadores: este es un concepto muy simple, absolutamente mercantil. No es un término de pensamiento, ni ético tampoco. Imitar nunca fue malo, tomar modelos y repronunciarlos fue práctica común, e incluso exigida, antes de que todo lo inundara el valor de uso del mercado, que necesita la originalidad y su deterioro posterior para justificar el valor de compra-venta.

A Albertina el cartel de Charlot tampoco le produce ternura. Más bien le causa desconfianza. Es de naturaleza distanciada Albertina. Sabe que lo excepcional requiere demasiada energía y que esta se gasta pronto. León Ponce le pasa el brazo sobre los hombros. Es un ademán protector, también confiado, también libre. Estoy junto a ellos. León Ponce no me verá nunca. Albertina me vio desde el primer momento y me sonríe sin que se le note, cómplice. Todo esto que ocurre, le dice a Léon, parece una película. Hace días que la gente está en la calle a todas horas, en los cafés, en los locales de las organizaciones. Reunidos siempre. Juntos a todas horas. Demasiada energía sin control, piensa Albertina, aunque no sabe de dónde le viene semejante reparo, ni por qué piensa en la energía. La jornada de proclamación de la República anduvo con León y los demás compañeros de aquí para allá por la ciudad. Todos estaban contentos y bastante  histéricos, muy nerviosos. Muchos querían ya acabar con la República recién proclamada e implantar la utopía asamblearia. Cuánta prisa, pensó Albertina, mientras el cenetista León le entregaba a Venancio Sarría, socialista,  la bandera republicana que este izó en lo alto de la Delegación del Gobierno, pasadas ya las diez de la noche. Luego León Ponce le había propuesto que se fueran a vivir juntos. León decía que todos tenían la obligación de acelerar ahora la historia para recuperar tanto tiempo perdido. Albertina amaba el entusiasmo de León. Pero le hubiera gustado casarse, una pequeña ceremonia civil sin más. No lo dijo. Nunca. A nadie. Le hubiera gustado que, por lo menos, León le hubiera propuesto lo de vivir juntos unas horas antes, después de hacer  el amor en su pensión. Pero no lo dijo. La veo un poco triste y algo cansada. Pienso que las mujeres siempre dudamos, y también pienso que el gesto de Charlot en el cartel le da repelús.

 

Con flores a María…

Escucharlo como evocación irónica de

Cosas blanquísimas:

La espuma del mar
La espuma del mar

Tumbas anarquistas

hermanos-Ascaso-en-Ramblas

Huecos, vacíos, desapariciones …, por eso

este audio puede preceder a la lectura de

Carta al padre (desaparecido) – Capítulo en el libro «Territorio Pop-pins»

(pincha en la imagen para acceder al audio sobre las «tumbas anarquistas»)

Descubrir la historia

Descubrir la propia historia —–>

xxxxxxxx  Carta al padre (desaparecido)

en el libro «Territorio Pop-Pins» está este capítulo xxxxxxxx

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Ojalá a mi madre le hubiera gustado el cine

15:45 h.

 

Según las estadísticas, en 1954 Zaragoza no alcanzaba ni 300.000 habitantes.   Cuenta Julián Ruiz (Crónica de Zaragoza) que en ese año los cines se llenaban con más de 100.000 espectadores a la semana. Es decir, más de un tercio de la población iba al cine todas las semanas. Mi madre, no. En 1954 hubo un congreso mariano (sobre algo acerca de la Virgen María quiero decir) en la ciudad, y durante todo el verano también hubo obras en la plaza de las Catedrales, precios desorbitados en los hoteles, desembarco de autoridades (incluido Franco, que -por lo que leo – venía con cierta frecuencia a la ciudad),  y mucha ranciedad. Hubo todo eso, aunque lo que me parece realmente destacable de aquel 1954 es, por un lado, que Elvis Presley grabó su primer disco en Memphis (para regalárselo a su madre) y,  por otro, la gran cantidad de gente que fue al cine ese año en Zaragoza. Las mujeres sólo podían salir para ir al cine o al Pilar: no se consideraba adecuado que fueran a los bares, ni a las cafeterías, menos aún a los cabarés, a las salas de fiesta o a la Universidad. Pero en Zaragoza nos gusta mucho salir y algo tendrían que hacer las mujeres. Por eso había tantos cines, más de veinte, con tantas películas -incluidas japonesas- y tantas sesiones (cuatro al día, asegura en sus crónicas Julián Ruíz).

La ciudad vivía alimentándose de ficciones delante de la pantalla y fuera de ella, en la oscuridad. Muchas de esas ficciones eran engaños que poco a poco fueron convenciendo a gran parte de los espectadores de la ciudad, se hicieron realidad y conformaron sus vidas. Sin embargo, de vez en cuando otros mundos paralelos y casi siempre inasibles aparecían en las pantallas mágicamente. Entonces los habitantes de la ciudad volvían a ser libres de alguna manera y aunque fuera brevemente. Por desgracia, a mi madre el cine no le ha gustado nunca, y además el no-abuelo Basilio le llenaba la habitación de libros y folletos de la Sección Femenina, que, a falta de otras referencias, poblaron la insegura mente de la muchacha que luego fue mi madre. Mi madre nunca habla de 1954, el año en que conoció a mi padre. Nunca habla de su juventud. Como si no hubiera tenido juventud. Es muy posible que por aquel entonces la gente, al menos en España, no fuera nunca joven. Siempre he pensado que ella hubiera sido una persona diferente si hubiera visto, por ejemplo, “Vacaciones en Roma”, con Audrey Herpburn volando por las calles italianas sobre una vespa, libre como un pajarillo. Quizás entonces hubiera sido capaz de recordar en qué pensaba aquel año, con qué soñaba. Camino a su lado y junto a mi padre una de las primeras veces en que salieron juntos. Van por la tarde a ver una función llamada La pasión y muerte de Jesús, de la compañía de Rafael Martí, porque el no-abuelo Basilio ha puesto como condición para dejarles salir que fueran a ver algo decente, como La pasión, que la ponen en el Teatro Principal, les ha aconsejado, y les exige que mi madre le enseñe las entradas a la vuelta.  Es agosto y el sol cae a plomo este sábado a las cinco de la tarde.  Tu madre se ha puesto un poco mala en la fila del teatro, me cuenta mi padre, con expresiones faciales que quieren decir: ya ves, qué vida. Mi madre no se acuerda. No se acuerda ahora ya de nada mi madre. Si mi padre se hubiera quedado con nosotras, hubiera insistido ahora con retranca: sí, mujer, que el Cristo se moría al final en la cruz, pero antes levantaba un poco la cabeza y decía: “muchas gracias, distinguido público, mañana domingo cuatro funciones, matinal, dos por la tarde y en la noche, no me falten”. Pero mi madre me mira y no se acuerda y mi padre, a quien yo casi no recuerdo, me mira y se encoge de hombros.

Respiración

Respiración —– http://es.audiomicro.com/tracks/dialog/939325

 

pasadizo reba

es la pista para el capítulo

Puente de América (Capitulo del libro «Territorio Pop-pins»)

 

 

Matrix

what is truth —-  Capítulo en «Territorio Po-Pins», libro

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